Sugerencia

..................................................................................Recomiendo leer mientras se escucha la música que dejo en cada entrada..................................................................................
...................................................................................................................Advierto que tanto escribo elegante como soez....................................................................................................................
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domingo, 10 de septiembre de 2017

Tomemos algo.

El aleteo constante de un alma viviente
traspasa los ecos de la distancia
con decisión y savia.

Que nada se viene solo
a este nido de ruinas
sin un aire de esperanza.

Y una vez aquí
hay que plantarse, denodado,
con certezas claras.

Y está la parte no tan buena,
que es la que te contarán sinceros
los ojos tristes que aquí te encuentres.


lunes, 26 de junio de 2017

Cosiendo los retales.

¿Conoces esa sensación?

De estar sumergido en el silencio, mientras te abraza una agradable sensación de melancolía.

Un refugio agónico constante que te impide salir, pero que al mismo tiempo, no te hace desear escapar hacia ninguna parte.

Estás aquí y ahora, respirando tristeza mientras sonríes, ¿no te dice algo eso?
Igual te gusta sufrir.
Pero a esto, otros lo llamamos arte.

Y quiero quedarme con eso, con las noches a solas en rincones con encanto,
con la soledad o a veces, con la compañía de algún gato callejero que viene también a este lugar,
a dejarse ser.

Elijo deleitarme con el único sonido del agua brotar,
de las hojas rodando por el suelo en cuanto una leve brisa las guía hacia ningún lugar.
Elijo seguir sufriéndote en silencio mientras me quede corazón para amar.

Por las noches en soledad que también merecen la pena ser vividas.


jueves, 1 de junio de 2017

Sólo un texto más sobre ti.

A veces da igual el cómo, el cuánto o el por qué.
Simplemente hay que aceptar que lo que no es, no es.
Da igual cuántas ganas, empeño o buenas intenciones tengas.
A veces la única opción es el silencio, la resignación.
El nuevo camino.

Por más que lo intento no logro hacerme de hierro,
y quizás es eso lo que hace que aún siga escribiendo sobre el dolor.
Le sigo escribiendo a la soledad cada noche,
y añoro con pasión y ferocidad aquellos labios que nunca fueron míos.

Son esos labios a los que canto cada noche
a sabiendas que tengo que borrarlos de mi memoria porque ya
no tienen nada más que darme. Ni una palabra, ni un beso.
Nada. Ni siquiera una sonrisa de esas que me removían por dentro.

A veces da igual cuánto te quiera, cuánto te desee,
cuántas cosas buenas pueda ofrecerte.
Da igual cuántas ganas tenga de mirar el mar contigo,
o de acariciar tu mano, en lugar de agarrarla sin más.

No importa en absoluto cuánta dulzura tenga dentro
guardada para ti. Da igual.
Si es que tú ya ni me ves, si hasta tus ojos te los has llevado.
Y ya no consigo verlos ni en sueños, ni siquiera logro pensarlos.

Y no importa ya si me siento sola, y vacía,
y es que ¿cómo puede alguien sentirse vacía con tanto amor dentro?
Es complejo, lo sé. Quizás por eso te marchaste.
Y quizás por eso te llevaste contigo un saco lleno de esperanza.
Quizás no lograste entenderme, o lo hiciste y te asustaste.

A veces no hay más que aceptar que no existen respuestas,
que nunca voy a saber qué ocurrió, y por qué te llevaste contigo
todo aquello que me hacía feliz. Y convertiste mis rincones favoritos,
mi música favorita, mis aficiones, en cosas que sólo me traen dolor,
porque en todas ellas está ahora tu ausencia.

En todas ellas resuena ahora el eco de tu voz
como si fueses un fantasma que me persigue para atormentarme,
para seguir recordándome que estuviste aquí, y que te marchaste.
Maldito seas tú, y el amor que te guardo.
Y sean malditos todos aquellos momentos que vivimos,
y que se han ido contigo.

Que aún me viene al olfato de repente el olor de tu piel,
y siento en mis manos el tacto de tus dedos.
Maldito sea el instante en el que decidiste que yo no era suficiente,
o que quizás era demasiado.

A veces, como ahora, no me queda opción más que esta.
Escribirle a alguien que no me lee, que no lo hará nunca.
Que está en este momento en algún lugar del mundo
donde no estoy yo. Pero que sigue estando en mi mundo.
A todas horas.


jueves, 2 de marzo de 2017

El monstruo que siente y padece.

Se me echan encima las noches sin ti, se me escapan entre los dedos las historias que podríamos vivir para luego contar. Se me escurre tu mirada en mis adentros, como si se derritiera sin remedio. Y yo intento atraparla de nuevo para no perderla ni en mi recuerdo, pero no puedo. Te desdibujas suavemente y mis lágrimas, para colmo, limpian el camino de restos de ti que has dejado en mí. Pero yo no quiero que te vayas, a pesar de que recordarte, más daño me hace que desdibujarte para siempre de mis pensamientos.

Tus manos, perfectas. Podría esbozarlas sin problema de memoria, mientras sonrío e imagino cuánta falta hacen esas manos en el mundo. En mi mundo. Y luego pienso en que también las olvidaré, y que de mi mundo te las estás llevando.

Tu mirada, tan profunda. Con tantas historias que contar sobre tu atormentada vida. Esa mirada que lo cuenta casi todo, y deja un poco para el final. Para el que llegue a descubrirlo. Esa mirada que pide a gritos que le acaricien el corazón. Tu mirada. Una de mis cosas favoritas en este mundo. Esa con la que me paralizas al mirarme, con la que consigues que cada vello de mi cuerpo se erice, con la que me dices tanto, en tan poco. Esa mirada que ahora se desvanece, pues ya no me miras, porque has decidido no hacerlo. Para siempre, y nunca más.

Te veo en un túnel y me imagino corriendo hacia ti, pero tú te alejas cada vez más. Y no puedo alcanzarte, ni siquiera para despedirme de ti, y decirte cuánto te quiero. Porque te alejas, y no dejas de hacerlo. A cada paso que doy hacia ti, más lejos te tengo.

Y aquí estoy en esta madrugada, sabiendo que te vas para no volver, y sin poder hacer nada. ¿Imaginas cómo me siento? Rota, es la palabra.

domingo, 3 de abril de 2016

Sobre tumbas.

Cuando despertó, estaba echada sobre un montón de hojas secas. Al principio no lograba disipar la niebla de su mirada, pero una vez parpadeó un par de veces seguidas, vió claramente que estaba en el cementerio. A su lado estaba la tumba de su amado, y alrededor, la soledad.

Incorporó un poco su cuerpo, e intentaba recordar qué había pasado. Tragó saliva, y notó un sabor a hierro y a óxido. Era el sabor de la sangre. Notaba su cuerpo diferente, tenía la sensación de poder escucharlo todo, de poder ver con vasta claridad. Escuchaba el sonido de cada hoja, luchando por desprenderse de la ramita que le había dado la vida. Como si ya no encontrase razón para permanecer, como si fuese consciente de que su tiempo se había agotado. Escuchaba también el silbido del aire, mientras la hoja se deslizaba hacia el suelo con elegante tristeza. Sus ojos grises miraban con cautela y con asombro a su alrededor. Volteó hacia arriba la palma de su mano; tenía una herida que había dejado de sangrar, que podía verse tras el agujero de su guante roto. Levantó la vista, y recordó que el día estaba gris cuando llegó, pero aún era de día, sin embargo parecía que llevaba horas allí tendida en medio del camposanto, puesto que el cielo ya comenzaba a alzarse oscuro, amenazante con dejarla a oscuras. Se puso en pie, y se sacudió las hojas que habían quedado enredadas en su pelo, y adheridas a su traje. Se apresuró en voltearse para mirar la lápida por última vez antes de marcharse.

EL agua de la bañera se tornó marrón, resultado de la tierra y la sangre que permanecía cohagulada en las heridas de sus brazos. Cuando salió de la tina, se miró al espejo empañado y con la palma de su mano acarició su nebuloso reflejo para eliminar el vaho. Necesitaba mirarse a los ojos para comprobar que seguía ahí. Sus pupilas parecían más grandes que nunca, y casi impedían ver el bonito tono grisáceo que tanto le gustaba. Se percató sin esfuerzo de que en su cuello había una herida. No le dolía, y parecía estar cerrándose con rapidez. Era una mordida. Quizá de algún murciélago, o alguna rata. Una voz femenina interrumpió sus pensamientos de forma brusca. Era su hermana, que vivía con ella y la avisaba para cenar. Hasta entonces no se había percatado de que no había comido en todo el día, pero lo cierto era que no tenía hambre. Así que se disculpó con su hermana, y se metió en la cama. Encendió la vela de su mesa de noche, y la observó consumirse en silencio. Escuchaba con total claridad el sonido del esperma, mientras se derretía con cautela y empezaba a escurrirse vela abajo. Todo iba hacia abajo.

Era plena madrugada cuando un sonido apabullante la despertó. Notó un ardor en su interior que la hizo asustarse. Era hambre, un hambre voraz. Un hambre de locos. Y de repente echó de menos el sabor óxido y metálico de la sangre. Se atavió con su fina bata de cama y se dirigió a la ventana. Se detuvo en seco al pasar por delante del tocador. De repente un pánico paralizante se apoderó de ella, Se encontraba de lado frente al gran espejo. Volteó lentamente la cabeza para tratar de encontrar su reflejo en él, pero estaba vez no hubo mirada con la que encontrarse. Su otra yo, no estaba ahí. Presa de su terror descendió las escaleras lo más rápido que pudo, abrió la puerta y salió a la calle. Vacía, muda para cualquier mortal. Y de repente lo recordó todo.





Aquél cabello largo, aquellas facciones perfectamente delineadas, rectas y escuálidas, aquella voz limpia, que danzaba dulcemente en sus oídos. Aquella esbelta figura masculina, que parecía haber salido de otra época, se había abalanzado sobre su cuerpo tendido, que lloraba sobre el sepulcro del hombre al que su corazón tanto daño con su ausencia le había hecho. Tapó su boca con su gélida mano, y la miró a los ojos. En ellos veía su tristeza, su belleza. Y la belleza que a su vez había en su tristeza. Y pensó que eso era algo merecedor de ser inmortal, una lúgrube hermosura que vagaría por el mundo conviviendo con sus demonios para toda la eternidad, si así lo deseaba ella. De modo que quitó suavemente la mano de sus labios y la descendió a su mentón. Le alzó la vista y le propuso su pensamiento. Ella no opuso resistencia, al fin y al cabo, ya parecía estar muerta en vida, y a juicio del vampiro, el concepto opuesto, estar viva aún cuando hubiera muerto, era mucho más atrayente. Recordó cómo su mirada fue ocultándose bajo su cara, y lo fríos que estaban sus labios. Y recordó además que no la mordió directamente, sino que besó su cuello despaciosamente, con deleite. Y sintió cómo su sexo se encendía, tras tantos años de anhelo después de la muerte de su amado. Su lengua se paseó a la par que sus húmedos y glaciales labios, y ella lloraba de deseo. Fue tanta la excitación, y el sobrecogimiento del momento, que se desmayó en sus brazos.

Y allí estaba ella, sin darse cuenta de que había empezado a llover y su cuerpo casi desnudo estaba empapado e inmóvil en medio de la calle. Levantó la vista y le vió a unos metros frente a ella. La lluvia le molestaba en los ojos, y debía bajar la mirada y pestañear con continuidad. Pero sabía que aquella efigie oscura, era él.

El sonido de la lluvia al estrellarse contra las piedras que formaban la calle era casi adormecedor. Repetitivo, era un sonido que le inhundaba el alma. En el caso de que aún poseyera una. Pero el sonido se vio interrumpido cuando la voz de aquél Ser la llamó por su nombre.

- « Lucielle »...

viernes, 13 de noviembre de 2015

Alma.

Bien es cierto que el alma puede reflejarse en las personas. Sólo basta con observar a cada una con atención, pues algunas tienen la capacidad de ocultar en gran parte sus alegrías y sus temores, y otras lo gritan con la mirada. Pero cierto es que el alma se refleja ante cada uno de nosotros, como un espejo que nunca miente, y que nos habla de verdades aunque no queramos escucharlas. Pero si te encuentras cara a cara con este espejo, mirarás a tu propia alma directamente a los ojos con la máxima claridad. ¿Serías capaz de aguantar sus bramidos de desesperación sin apartar la mirada? O ¿sin echar a llorar? ¿Sabes lo que veo yo?...

Un callejón oscuro, de pavimento empedrado y atezados tabiques, mojados por una larga noche de lluvia, con una ligera niebla que parece alzarse del suelo, es ahora el lugar donde camino. Con las manos a los bolsillos de mi largo abrigo y cabizbaja, mirando las puntas de mis zapatos al deambular por aquél lugar. No sé a dónde voy, ni a dónde quiero ir. Sólo sé que camino por un angosto callejón cuyo techo es el cielo completamente negro, y en mi cara seguramente podría reflejarse claramente la amarga luz de la incertidumbre y, probablemente desprendería un cautivador aroma a muerte.

Y así es que... en mi casa ya no hay espejos. Con mi alma ya no quiero hablar, pues no me brinda sosiego alguno ni en esta vida, ni en la que se vé en mis reflejos.


sábado, 5 de septiembre de 2015

Broken.

Ella se sentía rota, y caminaba
al borde de las lágrimas, ensimismada en sus memorias.
Sumergida en el recuerdo de todas sus cicatrices.
De todas las traiciones que le regalaron.
Ella era gris, como el cielo que ahora cubría los tejados.
Su corazón, desolado, partido en dos latía con ternura en su pecho.
Ella, sóla entre cuatro paredes, o sóla en cualquier parte.
Se limitaba a hacer lo que mejor se le daba.
Sufrir en silencio.

Y a veces quería explotar,
y desaparecer.
 Extinguirse de repente entre una nube de polvo,
sin más.

 

martes, 19 de mayo de 2015

Richard.

Amanecía el día de nuevo para él. Richard Pascow abrió los ojos lentamente, a medida que la luz del sol bajaba por su cara, acariciandole cariñosamente como si quisiera no asustarle. Los pájaros cantaban en los árboles del jardín, era un sonido con el que estaba acostumbrado a despertar. Antes le encantaba despertar así: el sonoro y dulce cántico de los pájaros, el sol desplazándose a su anchas dentro de su dormitorio, el olor a una mañana de campo y el sonido de las hojas de los árboles. Solía beber un vaso de agua según despertaba, se estiraba y se encaminaba al cuarto de baño. Tras refrescarse, tenía la costumbre de despertar a Carla con un beso en la mejilla, y desearle un "buenos días" tras mostrarle ella su cara de desconcierto, como si parte de ella siguiera en sus sueños. Al reconocer a su padre, de ojos verdes y pelo rubio, de nariz afilada y sonrisa amplia, ella sonreía y le devolvía el deseo. Normalmente se abrazaba a su cuello. Su padre, su príncipe.

Richard seguía ahora tumbado sobre la cama. Hacía tiempo que no iba a trabajar, y que su mundo había dejado de tener sentido. Se preguntaba qué clase de Dios le arrebató a su hija, lo único que le daba fuerzas para continuar. Ella era lo único que tenía. Michelle había fallecido durante el parto, seis años atrás. Habían pasado sólo tres meses desde que Carla no estaba. A veces le parecía escucharla corriendo por el pasillo, riendo a carcajadas por alguna nimiedad. A veces deseaba con fuerza que su puerta se abriera de repente y ella estuviera allí, dispuesta a entrar y saltar sobre su cama para abrazarle. Era la niña más feliz y más cariñosa del mundo, y su padre, también lo era todo para ella.

La familia de Richard no sabía cómo ayudarle, a veces venían y preparaban una cena o comida familiar en su casa, sólo para los más íntimos. Sus padres, sus hermanos y respectivas familias. Por suerte en este momento, tenía dos sobrinos pequeños que, aunque no eran ni la mitad de cariñosos que Carla, daban cierta alegría a la casa cuando llegaban, para luego llevársela al marchar, dejándola dolorosamente vacía. Eran hijos de su hermana mayor, Lily. Su otra hermana y su hermano, no tenían hijos aún. Su padre era un hombre regordete de unos sesenta y tantos, y aparentaba ser mucho más duro de lo que era en realidad. Le brindó su apoyo más profundo cuando más lo precisó. Su madre era alta y llevaba el pelo corto y rubio. Sin duda los ojos verdes eran de ella. Y también los llevaba Carla. La mirada risueña de su madre había desaparecido por completo hacía tres meses. Ahora sus ojos desprendían una grave compasión hacia su hijo, y dejaban entrever también su dolor. Los abuelos de Carla habían cuidado inumerables veces de ella cuando su padre tenía turnos complicados en su trabajo, para ellos la niña era tremendamente querida, y ahora la añoraban con todas sus fuerzas.

Richard recordaba allí tumbado una de las cenas. Su madre había preparado unos muslos de pollo al horno que desprendían un olor sensacional que inhundaba toda la casa. Era muy buena cocinera y se había dedicado toda su vida a cocinar en acontecimientos familiares. Le gustaba hacerlo y se le notaba con frecuencia que la cocina era su pasión, pues no dejaba de hablar de ello. En cualquier conversación podía introducir perfectamente el tema de la comida, ya sea una receta, un sabor, un olor... siempre encontraba la manera de hablar de comida. Richard estaba preparando la mesa del comedor con ayuda de Dan, el marido de Lily, y el cuñado con el que más tenía afinidad. Ultimamente Dan no sabía cómo entrar en sintonía con él, sabía lo mal que lo había pasado, y sabía el dolor que encerraban sus palabras cuando hablaba de su hija. Por eso a veces se limitaba a hablar de cualquier otro tema, aunque no tuviese la más mínima importancia ni relevancia. Dan sentía la congoja de Richard, y por un momento se quedó con el tenedor que iba a disponer en la mesa, atrapado en su mano, y en la otra, el resto de grupo de tenedores. Se quedó mirándole con pena hasta que se decidió en dejar todos los tenedores apilados sobre la mesa, e ir hacia donde él estaba y ponerle la mano sobre el hombro, aprentándolo con suavidad. Richard se abrazó a él y rompió en llanto. Un llanto desolador que hizo que Dan dejara escapar también su pena en forma de lágrimas. Lo abrazó con fuerza, como si quisiera demostrarle que estaría siempre ahí para él.

Interrumpió su recuerdo, y en ese momento se sorprendió a sí mismo con la cara empapada. Las gotas habían estado corriendo por su cara y mojando la almohada, pero él ni lo había notado. Ahora debía buscar una razón para levantarse de la cama, y era su mayor lucha cada mañana. Pues lo único que quería era perecer allí y dejar de sufrir. Quizás reencontrarse con su hija; quizás le estaba esperando en alguna parte, con el camisón verde y el pelo castaño, liso y alborotado. La recordaba con ese pelo por los hombros, y el flequillo recto siempre descolocado, riéndo a carcajadas. Le parecía escucharla, y aquella risa desmedida invadía su alma e incrementaba su añoro. Con la esperanza de reunirse con ella, la niña de sus ojos, el amor de su vida, el ser más grande de su mundo, Richard se incorporó, bebió de un tirón su vaso de agua que aún conservaba fresca de la noche anterior, estiró los brazos y la espalda, y se encaminó al cuarto de baño.





A ti, pequeño ángel. Que nos has dejado.
Te queremos.







sábado, 2 de mayo de 2015

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Aquí tumbada mirando las estrellas, rezagada en mis anhelos y pendiente de nada, dejo pasar el tiempo como si de nada se tratara. No hay nada que me empuje a alcanzarlas, no hay valor ni ganas de pelear esta noche. Rodeada de demonios y fantasmas que no dejan de gritarme, y escucho como susurros sus voces en mi cabeza. En mi interior, carente de sensaciones, sólo se deja entrever a veces la angustia que provoca no haber alcanzado la meta. Ser sólo un muerto en vida, tumbado mirando hacia arriba, esperando que nada cambie. Ahora sólo sé, que todo está perdido cuando dejas de luchar.

domingo, 19 de abril de 2015

El amor está sobrevalorado.

El amor está sobrevalorado. El único amor que importa es el que sientes por ti mismo, es el que hace de ti quien eres. Puedes amar a alguien, puedes creer que sin esa persona tu vida no tendría sentido. Pero esa persona puede traicionarte; no importa cuánto le quieras, no importa lo que hagas por él, no importa que se lo des todo. Si quiere traicionarte lo hará. Y te hundirás si así lo sientes, porque le habrás querido más que a ti mismo y has hecho de él tu mundo. Amar a alguien no es algo vital, no es algo necesario para sobrevivir. Lo realmente válido y que merece la pena es quererse a sí mismo, ser capaz de mirarse al espejo cada mañana y no sentirse decepcionado, no sentir rencor ante la persona que está al frente. Todo lo demás es opcional y reemplazable. El amor viene y va, a veces viene y se queda para siempre. Cuando eso pase, no lo sabrás, pues nadie vive para siempre como para garantizar algo eterno. A veces crees que lo tienes todo, vives pensando que esa persona no será capaz de reemplazarte a ti, o de dejar de considerarte algo valioso, y de repente todo cambia y te das de bruces contra el suelo. Por eso digo, que hagas lo que hagas, procura que la primera persona a la que ames, seas tú mismo. A los demás, aprécialos, quizás aprécialos mucho. Puedes permitirte derramar alguna lágrima, pero no imagines tu mundo dentro de ellos, porque estarás jodido. Cada persona es libre de decidir a quién desea tener en su vida, y en cualquier momento, ese a quien aprecias puede decirte de cualquier manera que no quiere tener ningún tipo de relación contigo. Y esto puede decírtelo, repito, de cualquier manera. Y tendrás que ser fuerte para soportarlo, superarlo y volver a mirarle a los ojos día tras día. Es fácil llevárselo todo al terreno personal, y sentirse herido, rechazado e infravalorado. Por eso es importante ser la persona más importante de tu propia vida. Conseguirlo requiere mucho esfuerzo y mucha frialdad. Pero si lo consigues, merecerá la pena.



jueves, 9 de abril de 2015

Locke.

Estaba sediento. Caminaba espectante por aquél callejón andrajoso y mugriento mientras alzaba la cabeza intentando captar algún aroma apetecible. Las últimas noches sólo se había alimentado de condenados a muerte, apestosos y enfermos pobladores de clase baja. No esperaba encontrar algo mucho mejor por aquella zona, pero al menos tenía la esperanza de acabar con aquella sed que lo estaba matando. Locke había sido hijo de duques hacía ya muchísimos años. Unos cien al menos y ciento sesenta como máximo. Vestía un abrigo negro que le llegaba a mitad de los muslos, una camisa blanca de cuello almidonado que portaba un lazo voluminoso y unos pantalones negros medio cubiertos por unas botas de piel. Su cabello era largo y oscuro, recogido por una coleta baja hecha con una cinta de raso. De tez pálida y mejillas pronunciadas, ojos grises y nariz perfecta. Era alto y tenía un caminar elegante que iba a tono con su personalidad. Tenía la mirada tan profunda que los que se cruzaban con él durante la noche no eran capaz de mantenerle la mirada por más de dos segundos. Y más les valía no hacerlo y rehuirle todo lo posible, pues no aguantaba desafíos de ningún tipo.

Las calles empedradas estaban empapadas, pues no había parado de llover en varias horas. El chapotear de su caminar hacía eco en la noche fría y negra. De repente, un aroma dulce y fresco captó la atención de Locke. Siguió caminando lentamente por el callejón, pero ansioso e interesado en aquél aroma. Giró la esquina que le obligaba a rotar a la derecha y se percató de que esa calle estaba tenuemente iluminada por una luz amarillenta. Descendiente de una ventana en lo alto de una de las viviendas. El vampiro se paró en seco frente a la luz y miró hacia arriba. Sin duda el olor procedía de allí. Flexionó levemente las rodillas y de un salto se agarró a la cornisa del segundo piso. Con cautela miró el interior de la habitación que estaba iluminada por un candelabro con cinco velas a punto de consumirse. A pesar de que la estancia daba una apariencia completamente zarrapastrosa, había algo en el ambiente que olía exquisitamente bien y que le impulsaba a seguir allí colgado, en busca de su procedencia.

En el lado izquierdo del aposento había un camastro de madera y, sobre éste, una mujer que dormía plácidamente. Sin duda aquella fragancia era ella. Sigilosamente abrió la ventana y entró, con suerte ella dormía de un modo profundo y parecía que nada podía perturbar sus sueños. Se acercó a ella lentamente, pese a que debido a sus habilidades y a su desesperada sed, pudo haberse abalanzado sobre ella sin tan siquiera despertarla. Disfrutaba del perfume de su sangre mientras la contemplaba; una sábana cubría sólo su torso, mientras que el resto del cuerpo yacía desnudo. Su larga melena dorada trazaba caminos sobre la almohada e, incluso algún mechón colgaba fuera de la cama. Tenía unas pestañas largas y una piel blanquecina de mejillas sonrosadas. Locke hubiera jurado que su piel era tan suave como una nube, y se atrevió a acariciar su cara de una manera muy dócil. No se equivocaba. Debía tener unos veinte años. Por un momento sintió deseos de retirarle la sábana para contemplar su cuerpo desnudo. Hacía más de un siglo que su apetito sexual había desaparecido, no sentía atracción física por las mujeres y creía por perdida su virilidad en el ámbito carnal. Sacudió su cabeza intentando despejar esa idea, tan absurda como el hecho de estar allí de pie frente a su tan ansiada comida de la noche. El anhelo de beber de aquella sangre batallaba con la idea de no querer matarla. Tal vez si bebía sólo hasta cierto punto y luego le ofrecía su sangre a cambio de no dejarla morir, la convertiría inexcusablemente en su compañera eterna. Se inclinó hacia su cuello y deseó poder parar cuando fuese el momento para no acabar con su vida.

Con dulzura hincó sus colmillos en su cuello. Ella hizo el amago de despertarse y se movió un poco de forma aquejada, pero siguió durmiendo mientras Locke disfrutaba de su sabor. Aquella ternura con la que absorvía su delicioso plasma fue convirtiéndose en cuestión de segundos en un apetito voraz. Comenzó a perder el control de sí mismo y aún siendo consciente de ello, no podía parar. Su instinto animal le obligó a beber de ella hasta la última gota, a engullirla sin piedad. Cuando de ella ya emanaba sólo muerte, despegó su boda de su cuello con lentitud, empezando a sentirse débil y fracasado. De repente una tristeza invadió su corazón, que había dejado de latir hacía ya muchísimo tiempo. Cerró los ojos con fuerza. La luz que desprendía aquella muchacha cuando entró en su habitáculo, había desaparecido por su culpa. Intentó mantener la mente fría de nuevo, pues en todos sus años de cacería nunca sintió el más mínimo remordimiento. Y había bebido de toda clase de personas de cualquier edad, incluso de bebés.

Quizás aquella sensación le advertía de que debía buscar un compañero, o una compañera. Para conversar y compartir la eternidad, aunque él siempre había considerado que hablar estaba sobrevalorado, pero empezaba a sentirse vacío. Vagaba sin rumbo por el mundo con el único cometido de alimentarse y satisfacer sus necesidades hasta la siguiente noche.


Cuando abrió los ojos, ya la habitación estaba oscura. Las velas se habían consumido y a través de la ventana sólo había oscuridad. El sabía lo que eso significaba; estaba a punto de amanecer. Cerró la persiana y corrió las cortinas con sutileza. Se dirigió hasta la cama y se recostó junto al cuerpo de la mujer. La abrazó como en tiempos pasados había abrazado a su mujer, Isabella. Ella murió de cólera unos años antes de que él se transformase en lo que era.

Abrazó el cuerpo sin vida con fuerza y lo acogió en su pecho. Era extraño... ninguno de los dos corazones latía. Cerró los ojos y dejó pasar el día, junto a lo que quedaba de ella.



martes, 7 de abril de 2015

Miriam.

Se daban altas horas de la noche. En el apartamento persistía la luz encendida del pasillo mientras ella dormía en su cama. Se sentía incapaz de apagar todas las luces de la casa cuando llegaba la hora de acostarse, pues las presencias y sus demonios acrecentaban su temor cuando llegaba la noche.

En los últimos segundos de su sueño pareció escuchar un tintineo de campanas a su alrededor. De repente, notó una mirada intensa sobre ella, como si la observasen fijamente desde un extremo de la cama. Esto la sobresaltó e hizo que se despertara, empapada en sudor y aterrorizada. Ultimamente no dejaba de tener sueños perturbadores e incomprensibles, y no terminaba de acostumbrarse a esto. Apartó a un lado la colcha trapeada que cubría su cuerpo de mitad hacia abajo y se incorporó. Puso sus pies descalzos y fríos sobre el parquet de nogal, y vaciló unos instantes antes de decidir levantarse. Se sentía fatigada, así que tomó un sorbo del vaso de agua que depositaba cada noche sobre su mesa de noche antes de acostarse. Volvió a dejarlo en su lugar y se puso en pie. No estaba del todo decidida a avanzar hacia la salida de la habitación y encontrarse con aquél pasillo iluminado y solitario, pues parecía haber algo en el ambiente que la perturbaba, algo en alguna parte de aquella casa que la acechaba invisible. Estaba aterrorizada, pero hizo frente a su temor y salió de su habitación, cuatro pasos a la izquierda del pasillo estaba el cuarto de baño. Miriam entró en él, encendió la luz y se encaró ante aquél espejo que estaba sobre el lavamanos. Lo había tapado por completo con hojas de periódicos viejos, pues los reflejos eran algo que no soportaba ni de día ni de noche. Los pocos espejos que tenía en casa estaban tapados con periódicos o cubiertos con telas. Aún así miró al frente ante él, pareciendo ver ante sí misma su rostro triste, y se agachó para lavarse la cara. Al incorporarse notó aún más la opresión en su pecho, la seña de que la ansiedad que sentía era tan real como ella misma. Se dirigió a la bañera de cuatro patas que se situaba a lo largo de la pared frontal del cuarto de baño y abrió ambos chorros a la vez para llenarla de agua templada. Sobre la alfombra color turquesa del suelo se hallaba descalza, y comenzó a desnudar su cuerpo pálido y escuálido. Tenía los ojos caídos debido a la tristeza que soportaba, y la boca entreabierta que dejaba escapar ligeros gemidos de angustia mientras respiraba.

Se metió en la bañera una vez estuvo llena de agua y se recostó plácidamente en ella. Posó sus brazos sobre los laterales, su cuello sobre el extremo y fijó su mirada en el techo. Trató con éxito dejar la mente en blanco, y se quedó adormilada durante unos minutos. De pronto unos pasos rápidos y unas risas la desvelaron. Parecía que alguien había corrido por el pasillo, y aún parecía escucharse el eco de aquella risotada de una niña. Tajante, Miriam se puso en pie aún dentro de la bañera y salió de ella, tomó una toalla y envolvió con ella su cuerpo empapado. Caminó vacilante hacia la puerta del baño y miró hacia la izquierda, donde al fondo, el pasillo desembocaba en el salón- cocina del apartamento. Allí también se encontraba la entrada de la casa, pero aún así no se planteó que pudiese haber entrado alguien, pues sabía que aquello que ella percibía no era humano.

Su vida había sido un constante altibajo. Vivía acongojada y solitaria, y muy rara vez se encontraba con los pocos amigos que tenía. Anhelaba haber tenido una niñez que mereciese la pena recordar, en vez de la que provocaba humedad en sus ojos al pensarla. Aún podía oler el alcohol en el ambiente, y podía escuchar a su padre balbucear insultos a quien tuviera alrededor. Solía quitarse el cinturón mientras se tambaleaba, y empuñarlo con fuerza para emplearlo debidamente sobre el cuerpo cárdeno de su madre o de su hermana, Lydia. Su hermano mayor trataba de contenerle, y a veces su padre arremetía también contra él. Miriam era la pequeña, y rara era la vez que aquél engendro de ojos grises se ensañaba con ella. Una noche en la que él estaba tan borracho que no podía ni con su alma, resbaló en el cuarto de baño y su cabeza rompió la esquina del lavamanos. Aunque ella sólo tenía cuatro años, ante la muerte de su padre sólo pudo sentir alivio y cierto grado de alegría. Su madre iba de mal en peor según pasaban los años. Contraía idilios a menudo con diferentes tipos de hombre, cada cual peor. El único que se interesó por sus hijos fue Bruno. Solía dar cachetes en las nalgas de Lydia, y acariciar a Miriam cada vez que encontraba ocasión y escusa para decirle cuánto le habían crecido los pechos para tener sólo trece años. Un día su hermano, Paul,  lo sorprendió con ella, y lo sacó de la casa a punta de cuchillo. A pesar de que el tipo no volvió jamás, su madre se atiborraba a antidepresivos y alcohol, y Paul no tardó en marcharse de casa. A Miriam siempre le pesó no haberse marchado con él, pero con los años comprendió que dicha cosa no habría podido ser. En él encontraba la figura paterna que otros no supieron darle, a pesar de sólo tener nueve años más que ella.

Miriam llegó a la cocina, que se hallaba tenuemente alumbrada gracias a la luz amarilla del pasillo. Encendió una lámpara para ver mejor, y corroboró que allí no había nadie a pesar de que de allí provenían las risas de hacía unos segundos. Escuchó un chapoteo estridente y se giró lentamente para mirar el pasillo. Tenía miedo de ver algo inesperado que la dejase sin respiración. Aún así, caminó de nuevo hacia el fondo de la vivienda. Tenía un nudo en la garganta, y su corazón cada vez latía más deprisa. Cuando llegó a la altura del cuarto de baño, vio que la puerta estaba cerrada. Tragó saliva con dificultad y agarró el pomo helado de la puerta. Lo giró hacia la derecha con indecisión y empujó la puerta para que se abriese. De repente dejó de respirar, sus ojos se abrieron estupefactos ante lo que veían. Por su rostro comenzaron a caer lágrimas, pero ella no las sentía. Ya no podía sentir nada. Pues su cuerpo estaba yacente en la bañera. Sus brazos colgaban por fuera de esta, y tanto el agua como la alfombra estaban regados de sangre que había salido de sus muñecas. El cuerpo estaba tornándose grisáceo y la sangre estaba empezando a adoptar un color marrón granate oscuro. Contemplaba absorta el escenario e intentó sin éxito acariciar el cuerpo, pero su mano lo traspasaba. Se miró a sí misma las muñecas y las palpó, pero no veía los cortes ni sentía ningún dolor. Ya no le dolía.


lunes, 16 de marzo de 2015

Mad world..

¿En qué me he convertido?
No soy más que una egocéntrica que siempre deambula triste,
a solas por las calles abarrotadas y sin mucho que callar, pero diciendo más bien poco.
Cansada de la vida, de las miradas que dicen lo mismo en silencio,
de no encontrar alguien con quien hablar de lo absurda que es la vida,
nadie con quien criticar ese positivismo que te venden por todas las esquinas,
nadie con quien compartir una opinión.
Me he convertido en alguien inadvertido, invisible.
No hago sino llorar a escondidas y huír de las falsas sonrisas
y los halagos deshonestos.
Porque sé que no son ciertos, nadie me ve amable, nadie me ve atractiva.
Soy una persona triste y patética que vaga por el mundo,
tropezando a cada paso y levantándose con la resignación de volver a caer.
Así soy yo, y no pretendo ocultarlo.
Ni podría tan siquiera intentarlo, nunca he sido hipócrita.
Siempre he sido transparente en mis sentimientos,
y tal vez eso haya logrado apartar de mi vida a todo el mundo.
Y, ¿qué más da? me pregunto yo...
Si no me aguantan o no me entienden,
yo no pretendo tampoco que me entiendan ni me aguanten.
Soy solo una loca que va a su ritmo por un camino repleto de charcos,
y de hojas otoñales flotando sobre ellos.
Observo la existencia de un modo melancólico, gris y húmedo.
Y lo cierto, es que eso no me importa.
De mí se basan mis recuerdos, mis fantasmas, mi dolor...
es un dolor que sólo yo entiendo, y que no tengo intención de compartir
con quien no lo merezca.
Es como quien se desnuda delante de un desconocido.
Una sensación incómoda, a pesar de que estar desnudo es algo natural.
En este mundo, ser natural está mal visto. Estar triste y desolado es algo imperdonable.
Y esta chica en la que me he convertido, esta que no sabe disimular,
seguirá callejeando descalza sobre los charcos grises,
y dejará caer lágrimas sin motivo evidente alguno,
y seguirá mirando con indiferencia a las personas que ríen a su lado,
que se regalan lisonjas a puñados que no piensan en absoluto.
Y es que yo prefiero sentir. Prefiero mirar a alguien a los ojos y saber cómo se siente,
realmente. Sin ficción. Conocer a una persona y entenderla.
A esta chica en la que me he convertido, no le gustan los actores.
Prefiero una persona triste a mi lado, a una que finge no estarlo.
Y prefiero una persona feliz, a una que finge serlo.
Me gustan las personas, tal como son. Que bailen bajo la lluvia,
o que caminen como yo, sobre charcos grises y hojas de color pardo.
Me gustan las personas que se permiten a sí mismas SER.
He batallado contra sueños imposibles que no querían marcharse,
he amado a distintos hombres que me aportaron diferentes cosas.
Que ayudaron a forjar una minúscula parte de la mujer en la que me he convertido.
Que cada persona que ha pasado por mi vida, ha dejado huella.
Y aún así, no he dejado de ser yo. La chica de ojos tristes que no disimula lo mal que está,
viviendo en esta vida irracional, donde importa más una apariencia perfecta,
a una identidad irreemplazable.
No me importa ser la rara, la oscura, la siniestra, si con eso consigo ser yo.
Si con eso reflejo quién soy yo.
Para bien o para mal...
a quien le guste o no...
en esto me he convertido.
Y sigo andando a solas en este mundo de locos,
viendo la vida desde mi propia perspectiva.
Amando a las personas reales que miran a los ojos,
esas con las que hablas sin tener que pronunciar palabra.
Las que no ocultan en su mirada cómo son, ni lo que sienten hacia la vida,
o hacia ti.
Me he convertido en una mujer fría, con un corazón latiente
que se endurece por segundos con cada recuerdo lacerante.
Pero así soy yo... en esto me he convertido.
Una mujer, que es mujer... a pesar de no vestir faldas ni desbordar feminidad,
que ama en silencio, que experimenta con angustia las injusticias de la vida..
Una mujer que parece ir a ninguna parte, que aparenta no esperar nada.
Una mujer que late oculta en su oscuro universo...








domingo, 15 de marzo de 2015

Azul.


Sabía que estaba loca.
Que en cada segundo de su vida había algo que la ataba, 
sabía que le gustaban los colores, a pesar de que sólo mostraba el negro. 
Porque el negro era el más parecido a ella, el que la camuflaba.
Pero ella sabía que le gustaba el azul, que miraba al mar cada vez que podía, 
que observaba el cielo absorta, sin esperar nada a cambio. 
Que le hechizaba la marea cuando rompía brava, furiosa, 
y sentía empatía por ella. Y cuando estaba calmada, se limitaba a observar sin sentir.
Podía ver su propio interior cuado se alzaban las olas
intentando atrapar el cielo, para romper rabiosas sin encontrar consuelo. 
Era como si su intimidad se viera expuesta ante el mundo
sin que otros lo supieran.



jueves, 12 de marzo de 2015

El cuadro

"Me niego a que esto quede torcido, parece que no sé hacer nada"- pensó Michael, y se dispuso a retirar aquél clavo mal puesto. Martillo en mano se acercó a la pared donde había colgado su nuevo cuadro. Realmente se había decidido a colgarlo en la pared principal de su salón, a pesar de no convencerle en absoluto. Se sentía identificado con aquello que tenía delante, con aquellas manchas interpuestas entre líneas gruesas que bailaban sobre el lienzo. En él predominaban distintos tonos de púrpura, amarillos y azules. Era algo caótico, algo impredecible, algo totalmente subjetivo. Como él.

De repente se paró, antes de retirar el cuadro para quitar el clavo y se dio media vuelta para mirar a sus espaldas. No la veía, pero sabía que estaba allí. Sus ojos se entumecieron otra vez, llenándose de niebla y agua. No había dejado de percibir su presencia ni por un sólo instante desde que ella desapareció. Aún le parecía recordarla riendo a carcajadas, manchada de pintura, tan fresca como siempre. Y hasta en sus momentos tristes, resultaba dulce. Aún parecía escucharla quejarse por aquél dolor de cabeza, justo antes de que cayese inconsciente al suelo. Recordaba el tacto de su mano helada en una ambulancia que parecía no llegar nunca al hospital donde luego pasó las peores horas de su vida. Sentado en la fría y mustia sala de espera, pareciendo esperar una buena noticia que sentía que no llegaría. El único milagro en el que había creído, era ella. Y se estaba hiendo de su lado para siempre.

Cerró los ojos con fuerza echando sus lágrimas de ellos. Volvió a girarse para mirar su cuadro y rompió en llanto. Un llanto agónico y desesperado. Ya no se apoyaba a sus espaldas para mirar su arte con él, para incordiarle buscando formas en el cuadro que no existían ni siquiera en su mente. Para morderle la oreja y hacerle correr tras ella. De vez en cuando sentía cómo le acariciaba el pelo, y podía incluso oler su aroma. Si aquello era estar loco, no pretendía dejar de estarlo nunca. Seguía pintando en aquella casa tan muda y vacía, y la imaginaba a ella cantando en la cocina. Hasta ese sonido tan espantoso lo echaba en falta de una manera sobrenatural.

Michael dejó el martillo sobre la mesita de cristal y caminó hacia su cuarto. Se hallaba al fondo del pasillo que se abría en medio del salón. Fue hacia la cómoda y abrió el segundo cajón de la izquierda, y tras levantar una sábana verde de franela, sacó un portaretrato que estaba en el fondo, boca abajo. No fuese a ser que por accidente lo viese cuando no quería hacerlo. Guardó allí aquella foto cuando el dolor por la pérdida de Amy no pudo ser más insoportable. La levantó lentamente y vio su risa, eternizada en la foto que se tomaron en su último viaje a Irlanda. Ella llevaba una camiseta roja de lo más sencilla, y unas gafas de sol a la cabeza sobre su pelo. No podía ser más perfecta, con aquella risa y los ojos cerrados, y con la mano apoyada en el pecho del hombre de su vida. Ese hombre que parecía que había dejado de existir y se había marchado con ella. Con una sonrisa y pasando su brazo sobre los hombros de ella, parecía completo en aquél momento. Se llevó la foto al pecho, se sentó a los pies de su cama, y lloró.

Poco a poco se fue adormeciendo sobre la cama y se despertó horas después completamente abatido. Se levantó lentamente, pues se sentía mareado tras haber quedado exhausto con el llanto. Se dirigió a la cómoda, y volvió a introducir boca abajo la fotografía. Cerró con suavidad la gaveta y caminó resignado de nuevo hasta el salón. Sostuvo con cuidado los laterales del cuadro y lo elevó ligeramente para descolgarlo. Lo colocó sobre la silla con delicadeza y se dispuso a enderezar el clavo.


miércoles, 11 de marzo de 2015

...

Estaba sentada en aquél lugar que antes la reconfortaba, y que ahora le parecía tan extraño. Con los ojos clavados al frente, esperando un movimiento, un atisbo de calidez que desembocara en una pequeña alegría de estar allí. Pero no ocurrió nada, y todo se desvanecía ante ella. ¿Qué remedio podría darse ante una situación así? ¿Cuánto dolor más tendría que soportar debido a la impotencia que le producía aquella situación que no podía mejorar? ¿Cuánto tiempo debía pasar para asimilar que todo había dejado de ser como era y, que nunca más volvería a ser igual? ¿Cuántas horas seguiría buscando "por qués" de forma inútil? Se sentía sola y angustiada, y no podía compartirlo con nadie. Necesitaba descartar de una vez la posibilidad de que todo volviese a la normalidad, necesitaba un motivo, necesitaba sólo eso... un gesto que demostrase que aún las cosas seguían siendo lo de antes, aunque sabía que no era cierto. Aquél lugar era ahora puro hielo, y eso la paralizaba.


viernes, 6 de marzo de 2015

"Te quiero"- había dicho ella...

...con su mirada cristalina puesta fijamente en aquellos ojos verdes que la observaban atónitos.

- No intentes suavizarlo- prosiguió.- Ya sé que tú no sientes lo mismo. No necesito evasivas ante un asunto como este. Sólo quiero que me lo digas, porque necesito escucharlo.

Él la observaba con dulzura y con pena. Sabía que sin querer había hecho daño a alguien que sólo intentaba crecer, sin pretensión de formar parte de su mundo, pues sabía que ella era consciente de lo disparatado que era aquél plan. La tenía delante, tenía que bajar unos centímetros la vista para encontrarse con su mirada, pero allí estaba ella, creciendo ante él. Esperando y ansiando una respuesta clara, que fuese tan precisa y tan dolorosa que marcase sus límites para siempre. Era difícil para él hacerle daño a aquella chica, pero sabía que era necesario. No debía eludir darle aquella respuesta que ella misma le estaba pidiendo, pues él era consciente de que no la amaba. Y aunque amarla fuese posible, pues lo era.. él sabía que aquello no era honesto para ninguno de los dos.

- Vamos... sabes que lo necesito, y te lo estoy pidiendo... - su voz comenzaba a sonar rogante y sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas. Necesitaba aquellas palabras para seguir su camino. Para ser libre por completo.

- Julia... - comenzó el hombre. - Lo siento mucho.

- ¡Déjate de gilipoyeces! - comenzó a llorar.- ¡Sabes que no te estoy pidiendo eso! Me siento estúpida ahora mismo, pero es necesario que me digas en voz alta que no me quieres, que me vaya. Necesito grabarme esas palabras a fuego en mi mente, para poder olvidar lo que ha pasado. Para olvidar que nos hemos tocado sin tocarnos. Que hemos hecho el amor una y otra vez con la mirada. ¡Formas parte de esto, lo quieras o no, y te exijo que me liberes!

Entre ellos sonó la melodía del silencio acompañada del caer de la lluvia y la respiración entrecortada de aquella joven.

- No te quiero, Julia. -dijo súbitamente, cortando de repente aquél silencio entristecido.

Ella esbozó una sonrisa, y se llevó la mano a la cara para secar las lágrimas que había derramado, y luego volvió a mirarle. Ella vio su rostro sumamente contrariado, sabía que tampoco había sido fácil para él.

- Muchas gracias. - expresó ella dulcemente. Le dedicó una última sonrisa antes de dar media vuelta y echar a andar en la otra dirección. Él moría de ganas de ir tras ella y abrazarla para siempre, pero sabía que lo más justo y correcto era dejar que se marchase. Sin más, la observó caminar durante unos segundos; observó absorto el movimiento de su pelo al andar. Pareciera como si el viento danzase con este, entrelazándose en un cálido abrazo en una noche triste y fría.