..................................................................................Recomiendo leer mientras se escucha la música que dejo en cada entrada.................................................................................. ...................................................................................................................Advierto que tanto escribo elegante como soez....................................................................................................................
Hacen falta tantos corazones a día de hoy, que voy yo y me los invento.
«La batata romántica». J.A.
Hoy sólo me apetece pasarme a compartir una foto, bajo un profundo sentimiento de anhelo. Pensaba hacer una reflexión breve sobre la falta de empatía, no a modo de relato, ni de poema.. sino algo crudo y rasgado. Realidad en forma de palabras.
Pero creo que ni siquiera es necesario, ya que a día de hoy son pocos los corazones que realmente se llenan amando, y no es necesario que yo os lo diga. Y no me refiero únicamente al plano romántico; sino al respetar y querer a casi cualquier persona. Es algo maravilloso, es algo que pocos hacen. Es algo mágico.
Anoche me dormí triste y hoy de repente, en el "cuarto de las papas", me encontré esta maravillosa batata, a la cual una conocida mía bautizó como "la batata romántica". Los que me conocen saben que trato de buscarle el lado artístico a todo pero esta vez no fue necesario buscar nada.
¡Menuda cosa bonita!
La vida está llena de estas pequeñas cosas, y ojalá la mayoría fuera consciente de ellas y capaz de mirarlas con los ojos del alma.
"Parece mentira que se haya echado a llover de repente de esta manera, y yo tan lejos de un techo", pensé. Cogí mi bolso y lo coloqué estratégicamente sobre mi cabeza mientras caminaba a pasos largos por aquella avenida desamparada. No se veía nada, entre lo gris del día y la cortina de agua que envolvía el espacio. Los coches pasaban sin cuidado por la carretera y, más de uno me bañó completa. De repente, escuché que un coche se paró a mi lado e hizo sonar el claxon. Me giré y, tras entornar los ojos y poner mi mano a modo de visera playera, conseguí divisar el vehículo de Roberto. Corrí hacia él y me subí, advirtiéndole enseguida que le iba a mojar todo el asiento, pues estaba entera para torcer y tender. Él rió y bromeando me dijo que entonces bajara. Acto seguido, se reincorporó al carril.
-¿A dónde ibas con este tiempo, alma de cántaro?
-Cuando salí de casa no había una nube en el cielo. Acabo de salir de una entrevista, y daba un paseo antes de tomar el bus para ir a casa, y ya ves. En medio del paseo empezó el diluvio.
-Pobre Antonieta... -dijo en tono burlón.
-¡No me llames así!- dije intentando parecer molesta bajo una sonrisa de oreja a oreja y le daba una palma inofensiva en el muslo.
-Vale, Toni. Estamos casi llegando a mi casa, te quedas a comer, te dejo alguna muda mía, y luego te alcanzo a tu casa. ¿Te parece?
-Me has hecho el plan del día, ¡menos mal!, porque no tenía ninguno.- Dije sarcástica.
-Tengo lasaña para comer...
Ambos reímos. Roberto era mayor que yo, y aunque no teníamos una amistad como tal, sí que nos llevábamos muy bien y siempre había complicidad entre nosotros. Me gustaba su compañía, me relajaba.
No tardamos en llegar a su piso. Roberto aparcó el coche y ambos salimos, a la cuenta de tres, corriendo de él hacia el portal del edificio. Su casa desprendía un olor fresco y era más luminosa de lo que había imaginado. Me quedé en el recibidor para no mojar más de la cuenta el suelo. Me descalcé, vi que tenía arrugados incluso los dedos de los pies y eché a reír. Me saqué el abrigo y recogí mi pelo en un bollo alto desenfadado, de estos que me hago a diario para estar por casa. Roberto apareció por el pasillo con una camiseta azul y un pantalón corto de deporte.
-No tengo pantalones que te valgan bien, esto es lo único que tengo.
-Está bien, no te preocupes.
Cogí las prendas y me fui al cuarto de baño para cambiarme. Dudé si la camiseta me serviría, pues él era más delgado que yo. Bastante más, diría. Finalmente tras luchar un poco, entré en la ropa. Aunque quedé marcada por todas partes debido a lo apretada que me quedaba. Salí sonrojada y escuché tenue música en el salón. Caminé descalza en silencio, escuchando la música en busca de Roberto. Reconocía la canción; me encantaba. "No me beses en la boca", de Kutxi Romero. Finalmente a mano izquierda encontré la cocina y allí estaba de espaldas él, mirando dos botellas de vino. Me apoyé en el marco de la puerta y puse mi mano en la cintura.
-¿Buscas el más barato?
Roberto se asustó y dio un brinco que luego trató de disimular. Sonrió.
-Claro, ¿crees acaso que voy a abrir un vino caro para ti? -se paró a mirarme de arriba a abajo y puntualizó-; no parece mi ropa en ti. Ni pareces tú. -Levantó ambas botellas- ¿tinto o blanco?
-Tinto. Pero no es necesario que...
-Eres de las mías.- Interrumpió mientras sacaba dos copas y se dirigía con todo al salón. - Aún es temprano para almorzar, vente para "acá".
Nos sentamos en el sofá, con la música de fondo y la voz rota de Kutxi nos hacía los ecos llenando los espacios en los que dejábamos de hablar para beber o para mirarnos.
Allí sentada a su lado, con su ropa, con su vino, con una música que ahora sería suya también, de repente por un segundo, también me sentí de él. Tenía la sensación de que quería rozarme, de que quería acercarse a mí y besarme mientras sostenía mi rostro en su mano libre. Me sorprendí a mí misma deseando que lo hiciese.
Si no hiciese falta rozarte los dedos de manera despistada, o agarrarte el rostro entre mis manos mientras mi mirada no para quieta por tu cara.
Si no hiciese falta besarte en cada pestañeo que te dedico, o susurrarte al oído mis más sentidos deseos contigo.
Si no hiciese falta disimularlo, si no hiciese falta hacerse viejo para llevar ventaja.
Si entendieras cuánto eres, cuánto significas para mí. Si lo supieras...
Si supieras que tu mirada es un océano repleto de sueños por soñar y de anhelos que ahora son alcanzables.
Si supieras que ansío sumergirme contigo en el caos de tu existir. Si supieras que quiero existir contigo, porque sin ti ya nada tiene sentido para mí.
cuando leas este diario, ya me habré marchado. De una forma u otra, ya no formaré parte de tu mundo.
Quiero que sepas que te había visto antes de conocerte. Solías acostarte bajo los olmos del parque con tu perro, cada día con un vestido nuevo, pero sin brillo en los ojos.
Fueron muchas tardes las que pasé observándote, indeciso a acercarme a ti. Pero un día ocurrió, y juro que fue un accidente.
Tu perro echó a correr como loco, y tú intentabas alcanzarlo. Tras correr frenético tras él por todo el parque logré atraparlo, y ahí fue. Ese fue nuestro primer encuentro; donde empezaría todo.
Estúpido de mí que luego no supe articular palabra cuando te tuve delante. Cuando pude presentarme, tartamudeé tanto que ni siquiera parecía que hablásemos el mismo lenguaje, ¿te acuerdas? Reías, y cómplice, me invitaste a un café para compensarme por atrapar a Cuco.
Después de cuatro citas, llegó nuestro primer beso. Frío y con sabor a helado de menta, en aquellas gradas que miraban al mar. Bromeábamos sobre el sombrero que llevabas - que aún sigo diciendo que es lo más horrible que he visto en mi vida-, y en medio de una de tus carcajadas, te robé el primer beso, de muchos que vendrían después.
Tan sólo un año después nos casamos, y te recuerdo aquél día como la mujer más radiante del mundo. Sofía llegó tan sólo un año después, y dos años más tarde, Alex. Gracias cariño, por nuestros dos tesoros. Ahora que Sofía ha terminado el instituto, insístele en que persiga sus sueños, que estudie lo que realmente le apasiona. Y con Alex ten paciencia, sólo es una edad difícil que terminará pasando, como todo.
Todos decían que vivíamos rápido, y a día de hoy, mientras te escribo estas líneas pienso "menos mal que no dejamos nunca de ser dos locos con prisa".
Has sido la esposa perfecta, y una madre aún mejor. No hemos tenido una trayectoria impecable a pesar de todo, ¿verdad? Ambos nos hemos gritado mucho, y hemos dormido en camas separadas alguna que otra vez. Sin embargo, ¡tremendas han sido las reconciliaciones! Gracias por todo eso. Por lo bueno y por lo malo, por todo lo que no nos dejamos atrás.
Por desgracia, no vamos a tener tiempo de vernos envejecer, pero habrá que conformarse con lo vivido sin menospreciarlo en absoluto. Jamás cambiaría nada de todo esto. Desde hace ya un año, esta maldita enfermedad se ha apoderado de este cuerpo que ahora es vulnerable. Me has visto cambiar y debilitarme, y has visto desaparecer poco a poco a aquél hombre que corría desesperado tras un perro que no era suyo. Ya casi no me mantengo en pie, pero aún mis manos responden bien. Así que te escribo para darte las gracias, y para decirte que eres el amor de mi vida. Y que espero que algún día te vuelvas a enamorar de un hombre bueno, que os quiera y os respete en todo momento.
Doy gracias al Universo por haberte puesto en mi camino, y perdóname por no poder decirte todo esto mirándote a los ojos. Ya sabes que las despedidas no son lo mío.
Siempre tuyo, Jack.»
Claudia permaneció sentada, con la mirada perdida sobre aquél diario que, en secreto, su difunto marido le había dejado escondido en un cajón.
A veces da igual el cómo, el cuánto o el por qué.
Simplemente hay que aceptar que lo que no es, no es.
Da igual cuántas ganas, empeño o buenas intenciones tengas.
A veces la única opción es el silencio, la resignación.
El nuevo camino.
Por más que lo intento no logro hacerme de hierro,
y quizás es eso lo que hace que aún siga escribiendo sobre el dolor.
Le sigo escribiendo a la soledad cada noche,
y añoro con pasión y ferocidad aquellos labios que nunca fueron míos.
Son esos labios a los que canto cada noche
a sabiendas que tengo que borrarlos de mi memoria porque ya
no tienen nada más que darme. Ni una palabra, ni un beso.
Nada. Ni siquiera una sonrisa de esas que me removían por dentro.
A veces da igual cuánto te quiera, cuánto te desee,
cuántas cosas buenas pueda ofrecerte.
Da igual cuántas ganas tenga de mirar el mar contigo,
o de acariciar tu mano, en lugar de agarrarla sin más.
No importa en absoluto cuánta dulzura tenga dentro
guardada para ti. Da igual.
Si es que tú ya ni me ves, si hasta tus ojos te los has llevado.
Y ya no consigo verlos ni en sueños, ni siquiera logro pensarlos.
Y no importa ya si me siento sola, y vacía,
y es que ¿cómo puede alguien sentirse vacía con tanto amor dentro?
Es complejo, lo sé. Quizás por eso te marchaste.
Y quizás por eso te llevaste contigo un saco lleno de esperanza.
Quizás no lograste entenderme, o lo hiciste y te asustaste.
A veces no hay más que aceptar que no existen respuestas,
que nunca voy a saber qué ocurrió, y por qué te llevaste contigo
todo aquello que me hacía feliz. Y convertiste mis rincones favoritos,
mi música favorita, mis aficiones, en cosas que sólo me traen dolor,
porque en todas ellas está ahora tu ausencia.
En todas ellas resuena ahora el eco de tu voz
como si fueses un fantasma que me persigue para atormentarme,
para seguir recordándome que estuviste aquí, y que te marchaste.
Maldito seas tú, y el amor que te guardo.
Y sean malditos todos aquellos momentos que vivimos,
y que se han ido contigo.
Que aún me viene al olfato de repente el olor de tu piel,
y siento en mis manos el tacto de tus dedos.
Maldito sea el instante en el que decidiste que yo no era suficiente,
o que quizás era demasiado.
A veces, como ahora, no me queda opción más que esta.
Escribirle a alguien que no me lee, que no lo hará nunca.
Que está en este momento en algún lugar del mundo
donde no estoy yo. Pero que sigue estando en mi mundo.
A todas horas.