Sugerencia

..................................................................................Recomiendo leer mientras se escucha la música que dejo en cada entrada..................................................................................
...................................................................................................................Advierto que tanto escribo elegante como soez....................................................................................................................
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sábado, 16 de septiembre de 2017

No me beses en la boca.

"Parece mentira que se haya echado a llover de repente de esta manera, y yo tan lejos de un techo", pensé. Cogí mi bolso y lo coloqué estratégicamente sobre mi cabeza mientras caminaba a pasos largos por aquella avenida desamparada. No se veía nada, entre lo gris del día y la cortina de agua que envolvía el espacio. Los coches pasaban sin cuidado por la carretera y, más de uno me bañó completa. De repente, escuché que un coche se paró a mi lado e hizo sonar el claxon. Me giré y, tras entornar los ojos y poner mi mano a modo de visera playera, conseguí divisar el vehículo de Roberto. Corrí hacia él y me subí, advirtiéndole enseguida que le iba a mojar todo el asiento, pues estaba entera para torcer y tender. Él rió y bromeando me dijo que entonces bajara. Acto seguido, se reincorporó al carril.


-¿A dónde ibas con este tiempo, alma de cántaro?

-Cuando salí de casa no había una nube en el cielo. Acabo de salir de una entrevista, y daba un paseo antes de tomar el bus para ir a casa, y ya ves. En medio del paseo empezó el diluvio.

-Pobre Antonieta... -dijo en tono burlón.

-¡No me llames así!- dije intentando parecer molesta bajo una sonrisa de oreja a oreja y le daba una palma inofensiva en el muslo.

-Vale, Toni. Estamos casi llegando a mi casa, te quedas a comer, te dejo alguna muda mía, y luego te alcanzo a tu casa. ¿Te parece?

-Me has hecho el plan del día, ¡menos mal!, porque no tenía ninguno.- Dije sarcástica.

-Tengo lasaña para comer...


Ambos reímos. Roberto era mayor que yo, y aunque no teníamos una amistad como tal, sí que nos llevábamos muy bien y siempre había complicidad entre nosotros. Me gustaba su compañía, me relajaba.


No tardamos en llegar a su piso. Roberto aparcó el coche y ambos salimos, a la cuenta de tres, corriendo de él hacia el portal del edificio. Su casa desprendía un olor fresco y era más luminosa de lo que había imaginado. Me quedé en el recibidor para no mojar más de la cuenta el suelo. Me descalcé, vi que tenía arrugados incluso los dedos de los pies y eché a reír. Me saqué el abrigo y recogí mi pelo en un bollo alto desenfadado, de estos que me hago a diario para estar por casa. Roberto apareció por el pasillo con una camiseta azul y un pantalón corto de deporte.


-No tengo pantalones que te valgan bien, esto es lo único que tengo.

-Está bien, no te preocupes.


Cogí las prendas y me fui al cuarto de baño para cambiarme. Dudé si la camiseta me serviría, pues él era más delgado que yo. Bastante más, diría. Finalmente tras luchar un poco, entré en la ropa. Aunque quedé marcada por todas partes debido a lo apretada que me quedaba. Salí sonrojada y escuché tenue música en el salón. Caminé descalza en silencio, escuchando la música en busca de Roberto. Reconocía la canción; me encantaba. "No me beses en la boca", de Kutxi Romero. Finalmente a mano izquierda encontré la cocina y allí estaba de espaldas él, mirando dos botellas de vino. Me apoyé en el marco de la puerta y puse mi mano en la cintura.


-¿Buscas el más barato?


Roberto se asustó y dio un brinco que luego trató de disimular. Sonrió.


-Claro, ¿crees acaso que voy a abrir un vino caro para ti? -se paró a mirarme de arriba a abajo y puntualizó-; no parece mi ropa en ti. Ni pareces tú. -Levantó ambas botellas- ¿tinto o blanco?

-Tinto. Pero no es necesario que...

-Eres de las mías.- Interrumpió mientras sacaba dos copas y se dirigía con todo al salón. - Aún es temprano para almorzar, vente para "acá".


Nos sentamos en el sofá, con la música de fondo y la voz rota de Kutxi nos hacía los ecos llenando los espacios en los que dejábamos de hablar para beber o para mirarnos.


Allí sentada a su lado, con su ropa, con su vino, con una música que ahora sería suya también, de repente por un segundo, también me sentí de él. Tenía la sensación de que quería rozarme, de que quería acercarse a mí y besarme mientras sostenía mi rostro en su mano libre.  Me sorprendí a mí misma deseando que lo hiciese.


jueves, 14 de septiembre de 2017

Si lo entendieras.

Si lo entendieras... 

Si no hiciese falta rozarte los dedos de manera despistada, 
o agarrarte el rostro entre mis manos mientras mi mirada no para quieta por tu cara. 

Si no hiciese falta besarte en cada pestañeo que te dedico, 
o susurrarte al oído mis más sentidos deseos contigo. 

Si no hiciese falta disimularlo, 
si no hiciese falta hacerse viejo para llevar ventaja. 

Si entendieras cuánto eres, cuánto significas para mí. Si lo supieras... 

Si supieras que tu mirada es un océano repleto de sueños por soñar 
y de anhelos que ahora son alcanzables. 

Si supieras que ansío sumergirme contigo en el caos de tu existir. 
Si supieras que quiero existir contigo, porque sin ti ya nada tiene sentido para mí. 

Eres mi salvavidas.

lunes, 26 de junio de 2017

Cosiendo los retales.

¿Conoces esa sensación?

De estar sumergido en el silencio, mientras te abraza una agradable sensación de melancolía.

Un refugio agónico constante que te impide salir, pero que al mismo tiempo, no te hace desear escapar hacia ninguna parte.

Estás aquí y ahora, respirando tristeza mientras sonríes, ¿no te dice algo eso?
Igual te gusta sufrir.
Pero a esto, otros lo llamamos arte.

Y quiero quedarme con eso, con las noches a solas en rincones con encanto,
con la soledad o a veces, con la compañía de algún gato callejero que viene también a este lugar,
a dejarse ser.

Elijo deleitarme con el único sonido del agua brotar,
de las hojas rodando por el suelo en cuanto una leve brisa las guía hacia ningún lugar.
Elijo seguir sufriéndote en silencio mientras me quede corazón para amar.

Por las noches en soledad que también merecen la pena ser vividas.


jueves, 1 de junio de 2017

Sólo un texto más sobre ti.

A veces da igual el cómo, el cuánto o el por qué.
Simplemente hay que aceptar que lo que no es, no es.
Da igual cuántas ganas, empeño o buenas intenciones tengas.
A veces la única opción es el silencio, la resignación.
El nuevo camino.

Por más que lo intento no logro hacerme de hierro,
y quizás es eso lo que hace que aún siga escribiendo sobre el dolor.
Le sigo escribiendo a la soledad cada noche,
y añoro con pasión y ferocidad aquellos labios que nunca fueron míos.

Son esos labios a los que canto cada noche
a sabiendas que tengo que borrarlos de mi memoria porque ya
no tienen nada más que darme. Ni una palabra, ni un beso.
Nada. Ni siquiera una sonrisa de esas que me removían por dentro.

A veces da igual cuánto te quiera, cuánto te desee,
cuántas cosas buenas pueda ofrecerte.
Da igual cuántas ganas tenga de mirar el mar contigo,
o de acariciar tu mano, en lugar de agarrarla sin más.

No importa en absoluto cuánta dulzura tenga dentro
guardada para ti. Da igual.
Si es que tú ya ni me ves, si hasta tus ojos te los has llevado.
Y ya no consigo verlos ni en sueños, ni siquiera logro pensarlos.

Y no importa ya si me siento sola, y vacía,
y es que ¿cómo puede alguien sentirse vacía con tanto amor dentro?
Es complejo, lo sé. Quizás por eso te marchaste.
Y quizás por eso te llevaste contigo un saco lleno de esperanza.
Quizás no lograste entenderme, o lo hiciste y te asustaste.

A veces no hay más que aceptar que no existen respuestas,
que nunca voy a saber qué ocurrió, y por qué te llevaste contigo
todo aquello que me hacía feliz. Y convertiste mis rincones favoritos,
mi música favorita, mis aficiones, en cosas que sólo me traen dolor,
porque en todas ellas está ahora tu ausencia.

En todas ellas resuena ahora el eco de tu voz
como si fueses un fantasma que me persigue para atormentarme,
para seguir recordándome que estuviste aquí, y que te marchaste.
Maldito seas tú, y el amor que te guardo.
Y sean malditos todos aquellos momentos que vivimos,
y que se han ido contigo.

Que aún me viene al olfato de repente el olor de tu piel,
y siento en mis manos el tacto de tus dedos.
Maldito sea el instante en el que decidiste que yo no era suficiente,
o que quizás era demasiado.

A veces, como ahora, no me queda opción más que esta.
Escribirle a alguien que no me lee, que no lo hará nunca.
Que está en este momento en algún lugar del mundo
donde no estoy yo. Pero que sigue estando en mi mundo.
A todas horas.


martes, 4 de abril de 2017

Detrás.

Vuélvete un segundo
¿acaso no escuchas mis pasos a tus espaldas?
¿No sientes mi aliento desesperado?

Vamos, vuélvete. Estoy aquí.
Mírame por un segundo y quizás así,
a través de mis ojos recuerdes los motivos
que me impiden dejar de seguirte.

jueves, 2 de marzo de 2017

El monstruo que siente y padece.

Se me echan encima las noches sin ti, se me escapan entre los dedos las historias que podríamos vivir para luego contar. Se me escurre tu mirada en mis adentros, como si se derritiera sin remedio. Y yo intento atraparla de nuevo para no perderla ni en mi recuerdo, pero no puedo. Te desdibujas suavemente y mis lágrimas, para colmo, limpian el camino de restos de ti que has dejado en mí. Pero yo no quiero que te vayas, a pesar de que recordarte, más daño me hace que desdibujarte para siempre de mis pensamientos.

Tus manos, perfectas. Podría esbozarlas sin problema de memoria, mientras sonrío e imagino cuánta falta hacen esas manos en el mundo. En mi mundo. Y luego pienso en que también las olvidaré, y que de mi mundo te las estás llevando.

Tu mirada, tan profunda. Con tantas historias que contar sobre tu atormentada vida. Esa mirada que lo cuenta casi todo, y deja un poco para el final. Para el que llegue a descubrirlo. Esa mirada que pide a gritos que le acaricien el corazón. Tu mirada. Una de mis cosas favoritas en este mundo. Esa con la que me paralizas al mirarme, con la que consigues que cada vello de mi cuerpo se erice, con la que me dices tanto, en tan poco. Esa mirada que ahora se desvanece, pues ya no me miras, porque has decidido no hacerlo. Para siempre, y nunca más.

Te veo en un túnel y me imagino corriendo hacia ti, pero tú te alejas cada vez más. Y no puedo alcanzarte, ni siquiera para despedirme de ti, y decirte cuánto te quiero. Porque te alejas, y no dejas de hacerlo. A cada paso que doy hacia ti, más lejos te tengo.

Y aquí estoy en esta madrugada, sabiendo que te vas para no volver, y sin poder hacer nada. ¿Imaginas cómo me siento? Rota, es la palabra.