Si lo entendieras...
Si no hiciese falta rozarte los dedos de manera despistada,
o agarrarte el rostro entre mis manos mientras mi mirada no para quieta por tu cara.
Si no hiciese falta besarte en cada pestañeo que te dedico,
o susurrarte al oído mis más sentidos deseos contigo.
Si no hiciese falta disimularlo,
si no hiciese falta hacerse viejo para llevar ventaja.
Si entendieras cuánto eres, cuánto significas para mí. Si lo supieras...
Si supieras que tu mirada es un océano repleto de sueños por soñar
y de anhelos que ahora son alcanzables.
Si supieras que ansío sumergirme contigo en el caos de tu existir.
Si supieras que quiero existir contigo, porque sin ti ya nada tiene sentido para mí.
Eres mi salvavidas.
Sugerencia
..................................................................................Recomiendo leer mientras se escucha la música que dejo en cada entrada..................................................................................
...................................................................................................................Advierto que tanto escribo elegante como soez....................................................................................................................
...................................................................................................................Advierto que tanto escribo elegante como soez....................................................................................................................
Mostrando entradas con la etiqueta ausencia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta ausencia. Mostrar todas las entradas
jueves, 14 de septiembre de 2017
lunes, 26 de junio de 2017
Cosiendo los retales.
¿Conoces esa sensación?
De estar sumergido en el silencio, mientras te abraza una agradable sensación de melancolía.
Un refugio agónico constante que te impide salir, pero que al mismo tiempo, no te hace desear escapar hacia ninguna parte.
Estás aquí y ahora, respirando tristeza mientras sonríes, ¿no te dice algo eso?
Igual te gusta sufrir.
Pero a esto, otros lo llamamos arte.
Y quiero quedarme con eso, con las noches a solas en rincones con encanto,
con la soledad o a veces, con la compañía de algún gato callejero que viene también a este lugar,
a dejarse ser.
Elijo deleitarme con el único sonido del agua brotar,
de las hojas rodando por el suelo en cuanto una leve brisa las guía hacia ningún lugar.
Elijo seguir sufriéndote en silencio mientras me quede corazón para amar.
De estar sumergido en el silencio, mientras te abraza una agradable sensación de melancolía.
Un refugio agónico constante que te impide salir, pero que al mismo tiempo, no te hace desear escapar hacia ninguna parte.
Estás aquí y ahora, respirando tristeza mientras sonríes, ¿no te dice algo eso?
Igual te gusta sufrir.
Pero a esto, otros lo llamamos arte.
Y quiero quedarme con eso, con las noches a solas en rincones con encanto,
con la soledad o a veces, con la compañía de algún gato callejero que viene también a este lugar,
a dejarse ser.
Elijo deleitarme con el único sonido del agua brotar,
de las hojas rodando por el suelo en cuanto una leve brisa las guía hacia ningún lugar.
Elijo seguir sufriéndote en silencio mientras me quede corazón para amar.
| Por las noches en soledad que también merecen la pena ser vividas. |
jueves, 1 de junio de 2017
Sólo un texto más sobre ti.
A veces da igual el cómo, el cuánto o el por qué.
Simplemente hay que aceptar que lo que no es, no es.
Da igual cuántas ganas, empeño o buenas intenciones tengas.
A veces la única opción es el silencio, la resignación.
El nuevo camino.
Por más que lo intento no logro hacerme de hierro,
y quizás es eso lo que hace que aún siga escribiendo sobre el dolor.
Le sigo escribiendo a la soledad cada noche,
y añoro con pasión y ferocidad aquellos labios que nunca fueron míos.
Son esos labios a los que canto cada noche
a sabiendas que tengo que borrarlos de mi memoria porque ya
no tienen nada más que darme. Ni una palabra, ni un beso.
Nada. Ni siquiera una sonrisa de esas que me removían por dentro.
A veces da igual cuánto te quiera, cuánto te desee,
cuántas cosas buenas pueda ofrecerte.
Da igual cuántas ganas tenga de mirar el mar contigo,
o de acariciar tu mano, en lugar de agarrarla sin más.
No importa en absoluto cuánta dulzura tenga dentro
guardada para ti. Da igual.
Si es que tú ya ni me ves, si hasta tus ojos te los has llevado.
Y ya no consigo verlos ni en sueños, ni siquiera logro pensarlos.
Y no importa ya si me siento sola, y vacía,
y es que ¿cómo puede alguien sentirse vacía con tanto amor dentro?
Es complejo, lo sé. Quizás por eso te marchaste.
Y quizás por eso te llevaste contigo un saco lleno de esperanza.
Quizás no lograste entenderme, o lo hiciste y te asustaste.
A veces no hay más que aceptar que no existen respuestas,
que nunca voy a saber qué ocurrió, y por qué te llevaste contigo
todo aquello que me hacía feliz. Y convertiste mis rincones favoritos,
mi música favorita, mis aficiones, en cosas que sólo me traen dolor,
porque en todas ellas está ahora tu ausencia.
En todas ellas resuena ahora el eco de tu voz
como si fueses un fantasma que me persigue para atormentarme,
para seguir recordándome que estuviste aquí, y que te marchaste.
Maldito seas tú, y el amor que te guardo.
Y sean malditos todos aquellos momentos que vivimos,
y que se han ido contigo.
Que aún me viene al olfato de repente el olor de tu piel,
y siento en mis manos el tacto de tus dedos.
Maldito sea el instante en el que decidiste que yo no era suficiente,
o que quizás era demasiado.
A veces, como ahora, no me queda opción más que esta.
Escribirle a alguien que no me lee, que no lo hará nunca.
Que está en este momento en algún lugar del mundo
donde no estoy yo. Pero que sigue estando en mi mundo.
A todas horas.
Simplemente hay que aceptar que lo que no es, no es.
Da igual cuántas ganas, empeño o buenas intenciones tengas.
A veces la única opción es el silencio, la resignación.
El nuevo camino.
Por más que lo intento no logro hacerme de hierro,
y quizás es eso lo que hace que aún siga escribiendo sobre el dolor.
Le sigo escribiendo a la soledad cada noche,
y añoro con pasión y ferocidad aquellos labios que nunca fueron míos.
Son esos labios a los que canto cada noche
a sabiendas que tengo que borrarlos de mi memoria porque ya
no tienen nada más que darme. Ni una palabra, ni un beso.
Nada. Ni siquiera una sonrisa de esas que me removían por dentro.
A veces da igual cuánto te quiera, cuánto te desee,
cuántas cosas buenas pueda ofrecerte.
Da igual cuántas ganas tenga de mirar el mar contigo,
o de acariciar tu mano, en lugar de agarrarla sin más.
No importa en absoluto cuánta dulzura tenga dentro
guardada para ti. Da igual.
Si es que tú ya ni me ves, si hasta tus ojos te los has llevado.
Y ya no consigo verlos ni en sueños, ni siquiera logro pensarlos.
Y no importa ya si me siento sola, y vacía,
y es que ¿cómo puede alguien sentirse vacía con tanto amor dentro?
Es complejo, lo sé. Quizás por eso te marchaste.
Y quizás por eso te llevaste contigo un saco lleno de esperanza.
Quizás no lograste entenderme, o lo hiciste y te asustaste.
A veces no hay más que aceptar que no existen respuestas,
que nunca voy a saber qué ocurrió, y por qué te llevaste contigo
todo aquello que me hacía feliz. Y convertiste mis rincones favoritos,
mi música favorita, mis aficiones, en cosas que sólo me traen dolor,
porque en todas ellas está ahora tu ausencia.
En todas ellas resuena ahora el eco de tu voz
como si fueses un fantasma que me persigue para atormentarme,
para seguir recordándome que estuviste aquí, y que te marchaste.
Maldito seas tú, y el amor que te guardo.
Y sean malditos todos aquellos momentos que vivimos,
y que se han ido contigo.
Que aún me viene al olfato de repente el olor de tu piel,
y siento en mis manos el tacto de tus dedos.
Maldito sea el instante en el que decidiste que yo no era suficiente,
o que quizás era demasiado.
A veces, como ahora, no me queda opción más que esta.
Escribirle a alguien que no me lee, que no lo hará nunca.
Que está en este momento en algún lugar del mundo
donde no estoy yo. Pero que sigue estando en mi mundo.
A todas horas.
jueves, 2 de marzo de 2017
El monstruo que siente y padece.
Se me echan encima las noches sin ti, se me escapan entre los dedos las historias que podríamos vivir para luego contar. Se me escurre tu mirada en mis adentros, como si se derritiera sin remedio. Y yo intento atraparla de nuevo para no perderla ni en mi recuerdo, pero no puedo. Te desdibujas suavemente y mis lágrimas, para colmo, limpian el camino de restos de ti que has dejado en mí. Pero yo no quiero que te vayas, a pesar de que recordarte, más daño me hace que desdibujarte para siempre de mis pensamientos.
Tus manos, perfectas. Podría esbozarlas sin problema de memoria, mientras sonrío e imagino cuánta falta hacen esas manos en el mundo. En mi mundo. Y luego pienso en que también las olvidaré, y que de mi mundo te las estás llevando.
Tu mirada, tan profunda. Con tantas historias que contar sobre tu atormentada vida. Esa mirada que lo cuenta casi todo, y deja un poco para el final. Para el que llegue a descubrirlo. Esa mirada que pide a gritos que le acaricien el corazón. Tu mirada. Una de mis cosas favoritas en este mundo. Esa con la que me paralizas al mirarme, con la que consigues que cada vello de mi cuerpo se erice, con la que me dices tanto, en tan poco. Esa mirada que ahora se desvanece, pues ya no me miras, porque has decidido no hacerlo. Para siempre, y nunca más.
Te veo en un túnel y me imagino corriendo hacia ti, pero tú te alejas cada vez más. Y no puedo alcanzarte, ni siquiera para despedirme de ti, y decirte cuánto te quiero. Porque te alejas, y no dejas de hacerlo. A cada paso que doy hacia ti, más lejos te tengo.
Y aquí estoy en esta madrugada, sabiendo que te vas para no volver, y sin poder hacer nada. ¿Imaginas cómo me siento? Rota, es la palabra.
Tus manos, perfectas. Podría esbozarlas sin problema de memoria, mientras sonrío e imagino cuánta falta hacen esas manos en el mundo. En mi mundo. Y luego pienso en que también las olvidaré, y que de mi mundo te las estás llevando.
Tu mirada, tan profunda. Con tantas historias que contar sobre tu atormentada vida. Esa mirada que lo cuenta casi todo, y deja un poco para el final. Para el que llegue a descubrirlo. Esa mirada que pide a gritos que le acaricien el corazón. Tu mirada. Una de mis cosas favoritas en este mundo. Esa con la que me paralizas al mirarme, con la que consigues que cada vello de mi cuerpo se erice, con la que me dices tanto, en tan poco. Esa mirada que ahora se desvanece, pues ya no me miras, porque has decidido no hacerlo. Para siempre, y nunca más.
Te veo en un túnel y me imagino corriendo hacia ti, pero tú te alejas cada vez más. Y no puedo alcanzarte, ni siquiera para despedirme de ti, y decirte cuánto te quiero. Porque te alejas, y no dejas de hacerlo. A cada paso que doy hacia ti, más lejos te tengo.
Y aquí estoy en esta madrugada, sabiendo que te vas para no volver, y sin poder hacer nada. ¿Imaginas cómo me siento? Rota, es la palabra.
domingo, 3 de abril de 2016
Sobre tumbas.
Cuando despertó, estaba echada sobre un montón de hojas secas. Al principio no lograba disipar la niebla de su mirada, pero una vez parpadeó un par de veces seguidas, vió claramente que estaba en el cementerio. A su lado estaba la tumba de su amado, y alrededor, la soledad.
Incorporó un poco su cuerpo, e intentaba recordar qué había pasado. Tragó saliva, y notó un sabor a hierro y a óxido. Era el sabor de la sangre. Notaba su cuerpo diferente, tenía la sensación de poder escucharlo todo, de poder ver con vasta claridad. Escuchaba el sonido de cada hoja, luchando por desprenderse de la ramita que le había dado la vida. Como si ya no encontrase razón para permanecer, como si fuese consciente de que su tiempo se había agotado. Escuchaba también el silbido del aire, mientras la hoja se deslizaba hacia el suelo con elegante tristeza. Sus ojos grises miraban con cautela y con asombro a su alrededor. Volteó hacia arriba la palma de su mano; tenía una herida que había dejado de sangrar, que podía verse tras el agujero de su guante roto. Levantó la vista, y recordó que el día estaba gris cuando llegó, pero aún era de día, sin embargo parecía que llevaba horas allí tendida en medio del camposanto, puesto que el cielo ya comenzaba a alzarse oscuro, amenazante con dejarla a oscuras. Se puso en pie, y se sacudió las hojas que habían quedado enredadas en su pelo, y adheridas a su traje. Se apresuró en voltearse para mirar la lápida por última vez antes de marcharse.
EL agua de la bañera se tornó marrón, resultado de la tierra y la sangre que permanecía cohagulada en las heridas de sus brazos. Cuando salió de la tina, se miró al espejo empañado y con la palma de su mano acarició su nebuloso reflejo para eliminar el vaho. Necesitaba mirarse a los ojos para comprobar que seguía ahí. Sus pupilas parecían más grandes que nunca, y casi impedían ver el bonito tono grisáceo que tanto le gustaba. Se percató sin esfuerzo de que en su cuello había una herida. No le dolía, y parecía estar cerrándose con rapidez. Era una mordida. Quizá de algún murciélago, o alguna rata. Una voz femenina interrumpió sus pensamientos de forma brusca. Era su hermana, que vivía con ella y la avisaba para cenar. Hasta entonces no se había percatado de que no había comido en todo el día, pero lo cierto era que no tenía hambre. Así que se disculpó con su hermana, y se metió en la cama. Encendió la vela de su mesa de noche, y la observó consumirse en silencio. Escuchaba con total claridad el sonido del esperma, mientras se derretía con cautela y empezaba a escurrirse vela abajo. Todo iba hacia abajo.
Era plena madrugada cuando un sonido apabullante la despertó. Notó un ardor en su interior que la hizo asustarse. Era hambre, un hambre voraz. Un hambre de locos. Y de repente echó de menos el sabor óxido y metálico de la sangre. Se atavió con su fina bata de cama y se dirigió a la ventana. Se detuvo en seco al pasar por delante del tocador. De repente un pánico paralizante se apoderó de ella, Se encontraba de lado frente al gran espejo. Volteó lentamente la cabeza para tratar de encontrar su reflejo en él, pero estaba vez no hubo mirada con la que encontrarse. Su otra yo, no estaba ahí. Presa de su terror descendió las escaleras lo más rápido que pudo, abrió la puerta y salió a la calle. Vacía, muda para cualquier mortal. Y de repente lo recordó todo.
Aquél cabello largo, aquellas facciones perfectamente delineadas, rectas y escuálidas, aquella voz limpia, que danzaba dulcemente en sus oídos. Aquella esbelta figura masculina, que parecía haber salido de otra época, se había abalanzado sobre su cuerpo tendido, que lloraba sobre el sepulcro del hombre al que su corazón tanto daño con su ausencia le había hecho. Tapó su boca con su gélida mano, y la miró a los ojos. En ellos veía su tristeza, su belleza. Y la belleza que a su vez había en su tristeza. Y pensó que eso era algo merecedor de ser inmortal, una lúgrube hermosura que vagaría por el mundo conviviendo con sus demonios para toda la eternidad, si así lo deseaba ella. De modo que quitó suavemente la mano de sus labios y la descendió a su mentón. Le alzó la vista y le propuso su pensamiento. Ella no opuso resistencia, al fin y al cabo, ya parecía estar muerta en vida, y a juicio del vampiro, el concepto opuesto, estar viva aún cuando hubiera muerto, era mucho más atrayente. Recordó cómo su mirada fue ocultándose bajo su cara, y lo fríos que estaban sus labios. Y recordó además que no la mordió directamente, sino que besó su cuello despaciosamente, con deleite. Y sintió cómo su sexo se encendía, tras tantos años de anhelo después de la muerte de su amado. Su lengua se paseó a la par que sus húmedos y glaciales labios, y ella lloraba de deseo. Fue tanta la excitación, y el sobrecogimiento del momento, que se desmayó en sus brazos.
Y allí estaba ella, sin darse cuenta de que había empezado a llover y su cuerpo casi desnudo estaba empapado e inmóvil en medio de la calle. Levantó la vista y le vió a unos metros frente a ella. La lluvia le molestaba en los ojos, y debía bajar la mirada y pestañear con continuidad. Pero sabía que aquella efigie oscura, era él.
El sonido de la lluvia al estrellarse contra las piedras que formaban la calle era casi adormecedor. Repetitivo, era un sonido que le inhundaba el alma. En el caso de que aún poseyera una. Pero el sonido se vio interrumpido cuando la voz de aquél Ser la llamó por su nombre.
- « Lucielle »...
Incorporó un poco su cuerpo, e intentaba recordar qué había pasado. Tragó saliva, y notó un sabor a hierro y a óxido. Era el sabor de la sangre. Notaba su cuerpo diferente, tenía la sensación de poder escucharlo todo, de poder ver con vasta claridad. Escuchaba el sonido de cada hoja, luchando por desprenderse de la ramita que le había dado la vida. Como si ya no encontrase razón para permanecer, como si fuese consciente de que su tiempo se había agotado. Escuchaba también el silbido del aire, mientras la hoja se deslizaba hacia el suelo con elegante tristeza. Sus ojos grises miraban con cautela y con asombro a su alrededor. Volteó hacia arriba la palma de su mano; tenía una herida que había dejado de sangrar, que podía verse tras el agujero de su guante roto. Levantó la vista, y recordó que el día estaba gris cuando llegó, pero aún era de día, sin embargo parecía que llevaba horas allí tendida en medio del camposanto, puesto que el cielo ya comenzaba a alzarse oscuro, amenazante con dejarla a oscuras. Se puso en pie, y se sacudió las hojas que habían quedado enredadas en su pelo, y adheridas a su traje. Se apresuró en voltearse para mirar la lápida por última vez antes de marcharse.
EL agua de la bañera se tornó marrón, resultado de la tierra y la sangre que permanecía cohagulada en las heridas de sus brazos. Cuando salió de la tina, se miró al espejo empañado y con la palma de su mano acarició su nebuloso reflejo para eliminar el vaho. Necesitaba mirarse a los ojos para comprobar que seguía ahí. Sus pupilas parecían más grandes que nunca, y casi impedían ver el bonito tono grisáceo que tanto le gustaba. Se percató sin esfuerzo de que en su cuello había una herida. No le dolía, y parecía estar cerrándose con rapidez. Era una mordida. Quizá de algún murciélago, o alguna rata. Una voz femenina interrumpió sus pensamientos de forma brusca. Era su hermana, que vivía con ella y la avisaba para cenar. Hasta entonces no se había percatado de que no había comido en todo el día, pero lo cierto era que no tenía hambre. Así que se disculpó con su hermana, y se metió en la cama. Encendió la vela de su mesa de noche, y la observó consumirse en silencio. Escuchaba con total claridad el sonido del esperma, mientras se derretía con cautela y empezaba a escurrirse vela abajo. Todo iba hacia abajo.
Era plena madrugada cuando un sonido apabullante la despertó. Notó un ardor en su interior que la hizo asustarse. Era hambre, un hambre voraz. Un hambre de locos. Y de repente echó de menos el sabor óxido y metálico de la sangre. Se atavió con su fina bata de cama y se dirigió a la ventana. Se detuvo en seco al pasar por delante del tocador. De repente un pánico paralizante se apoderó de ella, Se encontraba de lado frente al gran espejo. Volteó lentamente la cabeza para tratar de encontrar su reflejo en él, pero estaba vez no hubo mirada con la que encontrarse. Su otra yo, no estaba ahí. Presa de su terror descendió las escaleras lo más rápido que pudo, abrió la puerta y salió a la calle. Vacía, muda para cualquier mortal. Y de repente lo recordó todo.
Aquél cabello largo, aquellas facciones perfectamente delineadas, rectas y escuálidas, aquella voz limpia, que danzaba dulcemente en sus oídos. Aquella esbelta figura masculina, que parecía haber salido de otra época, se había abalanzado sobre su cuerpo tendido, que lloraba sobre el sepulcro del hombre al que su corazón tanto daño con su ausencia le había hecho. Tapó su boca con su gélida mano, y la miró a los ojos. En ellos veía su tristeza, su belleza. Y la belleza que a su vez había en su tristeza. Y pensó que eso era algo merecedor de ser inmortal, una lúgrube hermosura que vagaría por el mundo conviviendo con sus demonios para toda la eternidad, si así lo deseaba ella. De modo que quitó suavemente la mano de sus labios y la descendió a su mentón. Le alzó la vista y le propuso su pensamiento. Ella no opuso resistencia, al fin y al cabo, ya parecía estar muerta en vida, y a juicio del vampiro, el concepto opuesto, estar viva aún cuando hubiera muerto, era mucho más atrayente. Recordó cómo su mirada fue ocultándose bajo su cara, y lo fríos que estaban sus labios. Y recordó además que no la mordió directamente, sino que besó su cuello despaciosamente, con deleite. Y sintió cómo su sexo se encendía, tras tantos años de anhelo después de la muerte de su amado. Su lengua se paseó a la par que sus húmedos y glaciales labios, y ella lloraba de deseo. Fue tanta la excitación, y el sobrecogimiento del momento, que se desmayó en sus brazos.
Y allí estaba ella, sin darse cuenta de que había empezado a llover y su cuerpo casi desnudo estaba empapado e inmóvil en medio de la calle. Levantó la vista y le vió a unos metros frente a ella. La lluvia le molestaba en los ojos, y debía bajar la mirada y pestañear con continuidad. Pero sabía que aquella efigie oscura, era él.
El sonido de la lluvia al estrellarse contra las piedras que formaban la calle era casi adormecedor. Repetitivo, era un sonido que le inhundaba el alma. En el caso de que aún poseyera una. Pero el sonido se vio interrumpido cuando la voz de aquél Ser la llamó por su nombre.
- « Lucielle »...
sábado, 19 de diciembre de 2015
viernes, 13 de noviembre de 2015
Alma.
Bien es cierto que el alma puede reflejarse en las personas. Sólo basta con observar a cada una con atención, pues algunas tienen la capacidad de ocultar en gran parte sus alegrías y sus temores, y otras lo gritan con la mirada. Pero cierto es que el alma se refleja ante cada uno de nosotros, como un espejo que nunca miente, y que nos habla de verdades aunque no queramos escucharlas. Pero si te encuentras cara a cara con este espejo, mirarás a tu propia alma directamente a los ojos con la máxima claridad. ¿Serías capaz de aguantar sus bramidos de desesperación sin apartar la mirada? O ¿sin echar a llorar? ¿Sabes lo que veo yo?...
Un callejón oscuro, de pavimento empedrado y atezados tabiques, mojados por una larga noche de lluvia, con una ligera niebla que parece alzarse del suelo, es ahora el lugar donde camino. Con las manos a los bolsillos de mi largo abrigo y cabizbaja, mirando las puntas de mis zapatos al deambular por aquél lugar. No sé a dónde voy, ni a dónde quiero ir. Sólo sé que camino por un angosto callejón cuyo techo es el cielo completamente negro, y en mi cara seguramente podría reflejarse claramente la amarga luz de la incertidumbre y, probablemente desprendería un cautivador aroma a muerte.
Y así es que... en mi casa ya no hay espejos. Con mi alma ya no quiero hablar, pues no me brinda sosiego alguno ni en esta vida, ni en la que se vé en mis reflejos.
Un callejón oscuro, de pavimento empedrado y atezados tabiques, mojados por una larga noche de lluvia, con una ligera niebla que parece alzarse del suelo, es ahora el lugar donde camino. Con las manos a los bolsillos de mi largo abrigo y cabizbaja, mirando las puntas de mis zapatos al deambular por aquél lugar. No sé a dónde voy, ni a dónde quiero ir. Sólo sé que camino por un angosto callejón cuyo techo es el cielo completamente negro, y en mi cara seguramente podría reflejarse claramente la amarga luz de la incertidumbre y, probablemente desprendería un cautivador aroma a muerte.
Y así es que... en mi casa ya no hay espejos. Con mi alma ya no quiero hablar, pues no me brinda sosiego alguno ni en esta vida, ni en la que se vé en mis reflejos.
martes, 19 de mayo de 2015
Richard.
Amanecía el día de nuevo para él. Richard Pascow abrió los ojos lentamente, a medida que la luz del sol bajaba por su cara, acariciandole cariñosamente como si quisiera no asustarle. Los pájaros cantaban en los árboles del jardín, era un sonido con el que estaba acostumbrado a despertar. Antes le encantaba despertar así: el sonoro y dulce cántico de los pájaros, el sol desplazándose a su anchas dentro de su dormitorio, el olor a una mañana de campo y el sonido de las hojas de los árboles. Solía beber un vaso de agua según despertaba, se estiraba y se encaminaba al cuarto de baño. Tras refrescarse, tenía la costumbre de despertar a Carla con un beso en la mejilla, y desearle un "buenos días" tras mostrarle ella su cara de desconcierto, como si parte de ella siguiera en sus sueños. Al reconocer a su padre, de ojos verdes y pelo rubio, de nariz afilada y sonrisa amplia, ella sonreía y le devolvía el deseo. Normalmente se abrazaba a su cuello. Su padre, su príncipe.
Richard seguía ahora tumbado sobre la cama. Hacía tiempo que no iba a trabajar, y que su mundo había dejado de tener sentido. Se preguntaba qué clase de Dios le arrebató a su hija, lo único que le daba fuerzas para continuar. Ella era lo único que tenía. Michelle había fallecido durante el parto, seis años atrás. Habían pasado sólo tres meses desde que Carla no estaba. A veces le parecía escucharla corriendo por el pasillo, riendo a carcajadas por alguna nimiedad. A veces deseaba con fuerza que su puerta se abriera de repente y ella estuviera allí, dispuesta a entrar y saltar sobre su cama para abrazarle. Era la niña más feliz y más cariñosa del mundo, y su padre, también lo era todo para ella.
La familia de Richard no sabía cómo ayudarle, a veces venían y preparaban una cena o comida familiar en su casa, sólo para los más íntimos. Sus padres, sus hermanos y respectivas familias. Por suerte en este momento, tenía dos sobrinos pequeños que, aunque no eran ni la mitad de cariñosos que Carla, daban cierta alegría a la casa cuando llegaban, para luego llevársela al marchar, dejándola dolorosamente vacía. Eran hijos de su hermana mayor, Lily. Su otra hermana y su hermano, no tenían hijos aún. Su padre era un hombre regordete de unos sesenta y tantos, y aparentaba ser mucho más duro de lo que era en realidad. Le brindó su apoyo más profundo cuando más lo precisó. Su madre era alta y llevaba el pelo corto y rubio. Sin duda los ojos verdes eran de ella. Y también los llevaba Carla. La mirada risueña de su madre había desaparecido por completo hacía tres meses. Ahora sus ojos desprendían una grave compasión hacia su hijo, y dejaban entrever también su dolor. Los abuelos de Carla habían cuidado inumerables veces de ella cuando su padre tenía turnos complicados en su trabajo, para ellos la niña era tremendamente querida, y ahora la añoraban con todas sus fuerzas.
Richard recordaba allí tumbado una de las cenas. Su madre había preparado unos muslos de pollo al horno que desprendían un olor sensacional que inhundaba toda la casa. Era muy buena cocinera y se había dedicado toda su vida a cocinar en acontecimientos familiares. Le gustaba hacerlo y se le notaba con frecuencia que la cocina era su pasión, pues no dejaba de hablar de ello. En cualquier conversación podía introducir perfectamente el tema de la comida, ya sea una receta, un sabor, un olor... siempre encontraba la manera de hablar de comida. Richard estaba preparando la mesa del comedor con ayuda de Dan, el marido de Lily, y el cuñado con el que más tenía afinidad. Ultimamente Dan no sabía cómo entrar en sintonía con él, sabía lo mal que lo había pasado, y sabía el dolor que encerraban sus palabras cuando hablaba de su hija. Por eso a veces se limitaba a hablar de cualquier otro tema, aunque no tuviese la más mínima importancia ni relevancia. Dan sentía la congoja de Richard, y por un momento se quedó con el tenedor que iba a disponer en la mesa, atrapado en su mano, y en la otra, el resto de grupo de tenedores. Se quedó mirándole con pena hasta que se decidió en dejar todos los tenedores apilados sobre la mesa, e ir hacia donde él estaba y ponerle la mano sobre el hombro, aprentándolo con suavidad. Richard se abrazó a él y rompió en llanto. Un llanto desolador que hizo que Dan dejara escapar también su pena en forma de lágrimas. Lo abrazó con fuerza, como si quisiera demostrarle que estaría siempre ahí para él.
Interrumpió su recuerdo, y en ese momento se sorprendió a sí mismo con la cara empapada. Las gotas habían estado corriendo por su cara y mojando la almohada, pero él ni lo había notado. Ahora debía buscar una razón para levantarse de la cama, y era su mayor lucha cada mañana. Pues lo único que quería era perecer allí y dejar de sufrir. Quizás reencontrarse con su hija; quizás le estaba esperando en alguna parte, con el camisón verde y el pelo castaño, liso y alborotado. La recordaba con ese pelo por los hombros, y el flequillo recto siempre descolocado, riéndo a carcajadas. Le parecía escucharla, y aquella risa desmedida invadía su alma e incrementaba su añoro. Con la esperanza de reunirse con ella, la niña de sus ojos, el amor de su vida, el ser más grande de su mundo, Richard se incorporó, bebió de un tirón su vaso de agua que aún conservaba fresca de la noche anterior, estiró los brazos y la espalda, y se encaminó al cuarto de baño.
A ti, pequeño ángel. Que nos has dejado.
Te queremos.
Richard seguía ahora tumbado sobre la cama. Hacía tiempo que no iba a trabajar, y que su mundo había dejado de tener sentido. Se preguntaba qué clase de Dios le arrebató a su hija, lo único que le daba fuerzas para continuar. Ella era lo único que tenía. Michelle había fallecido durante el parto, seis años atrás. Habían pasado sólo tres meses desde que Carla no estaba. A veces le parecía escucharla corriendo por el pasillo, riendo a carcajadas por alguna nimiedad. A veces deseaba con fuerza que su puerta se abriera de repente y ella estuviera allí, dispuesta a entrar y saltar sobre su cama para abrazarle. Era la niña más feliz y más cariñosa del mundo, y su padre, también lo era todo para ella.
La familia de Richard no sabía cómo ayudarle, a veces venían y preparaban una cena o comida familiar en su casa, sólo para los más íntimos. Sus padres, sus hermanos y respectivas familias. Por suerte en este momento, tenía dos sobrinos pequeños que, aunque no eran ni la mitad de cariñosos que Carla, daban cierta alegría a la casa cuando llegaban, para luego llevársela al marchar, dejándola dolorosamente vacía. Eran hijos de su hermana mayor, Lily. Su otra hermana y su hermano, no tenían hijos aún. Su padre era un hombre regordete de unos sesenta y tantos, y aparentaba ser mucho más duro de lo que era en realidad. Le brindó su apoyo más profundo cuando más lo precisó. Su madre era alta y llevaba el pelo corto y rubio. Sin duda los ojos verdes eran de ella. Y también los llevaba Carla. La mirada risueña de su madre había desaparecido por completo hacía tres meses. Ahora sus ojos desprendían una grave compasión hacia su hijo, y dejaban entrever también su dolor. Los abuelos de Carla habían cuidado inumerables veces de ella cuando su padre tenía turnos complicados en su trabajo, para ellos la niña era tremendamente querida, y ahora la añoraban con todas sus fuerzas.
Richard recordaba allí tumbado una de las cenas. Su madre había preparado unos muslos de pollo al horno que desprendían un olor sensacional que inhundaba toda la casa. Era muy buena cocinera y se había dedicado toda su vida a cocinar en acontecimientos familiares. Le gustaba hacerlo y se le notaba con frecuencia que la cocina era su pasión, pues no dejaba de hablar de ello. En cualquier conversación podía introducir perfectamente el tema de la comida, ya sea una receta, un sabor, un olor... siempre encontraba la manera de hablar de comida. Richard estaba preparando la mesa del comedor con ayuda de Dan, el marido de Lily, y el cuñado con el que más tenía afinidad. Ultimamente Dan no sabía cómo entrar en sintonía con él, sabía lo mal que lo había pasado, y sabía el dolor que encerraban sus palabras cuando hablaba de su hija. Por eso a veces se limitaba a hablar de cualquier otro tema, aunque no tuviese la más mínima importancia ni relevancia. Dan sentía la congoja de Richard, y por un momento se quedó con el tenedor que iba a disponer en la mesa, atrapado en su mano, y en la otra, el resto de grupo de tenedores. Se quedó mirándole con pena hasta que se decidió en dejar todos los tenedores apilados sobre la mesa, e ir hacia donde él estaba y ponerle la mano sobre el hombro, aprentándolo con suavidad. Richard se abrazó a él y rompió en llanto. Un llanto desolador que hizo que Dan dejara escapar también su pena en forma de lágrimas. Lo abrazó con fuerza, como si quisiera demostrarle que estaría siempre ahí para él.
Interrumpió su recuerdo, y en ese momento se sorprendió a sí mismo con la cara empapada. Las gotas habían estado corriendo por su cara y mojando la almohada, pero él ni lo había notado. Ahora debía buscar una razón para levantarse de la cama, y era su mayor lucha cada mañana. Pues lo único que quería era perecer allí y dejar de sufrir. Quizás reencontrarse con su hija; quizás le estaba esperando en alguna parte, con el camisón verde y el pelo castaño, liso y alborotado. La recordaba con ese pelo por los hombros, y el flequillo recto siempre descolocado, riéndo a carcajadas. Le parecía escucharla, y aquella risa desmedida invadía su alma e incrementaba su añoro. Con la esperanza de reunirse con ella, la niña de sus ojos, el amor de su vida, el ser más grande de su mundo, Richard se incorporó, bebió de un tirón su vaso de agua que aún conservaba fresca de la noche anterior, estiró los brazos y la espalda, y se encaminó al cuarto de baño.
A ti, pequeño ángel. Que nos has dejado.
Te queremos.
sábado, 2 de mayo de 2015
.
domingo, 15 de marzo de 2015
Azul.
Sabía que estaba loca.
Que en cada segundo de su vida había algo que la ataba,
sabía que le gustaban los colores, a pesar de que sólo mostraba el negro.
Porque el negro era el más parecido a ella, el que la camuflaba.
Pero ella sabía que le gustaba el azul, que miraba al mar cada vez que podía,
que observaba el cielo absorta, sin esperar nada a cambio.
Que le hechizaba la marea cuando rompía brava, furiosa,
y sentía empatía por ella. Y cuando estaba calmada, se limitaba a observar sin sentir.
Podía ver su propio interior cuado se alzaban las olas
intentando atrapar el cielo, para romper rabiosas sin encontrar consuelo.
Era como si su intimidad se viera expuesta ante el mundo
sin que otros lo supieran.
jueves, 12 de marzo de 2015
El cuadro
"Me niego a que esto quede torcido, parece que no sé hacer nada"- pensó Michael, y se dispuso a retirar aquél clavo mal puesto. Martillo en mano se acercó a la pared donde había colgado su nuevo cuadro. Realmente se había decidido a colgarlo en la pared principal de su salón, a pesar de no convencerle en absoluto. Se sentía identificado con aquello que tenía delante, con aquellas manchas interpuestas entre líneas gruesas que bailaban sobre el lienzo. En él predominaban distintos tonos de púrpura, amarillos y azules. Era algo caótico, algo impredecible, algo totalmente subjetivo. Como él.
De repente se paró, antes de retirar el cuadro para quitar el clavo y se dio media vuelta para mirar a sus espaldas. No la veía, pero sabía que estaba allí. Sus ojos se entumecieron otra vez, llenándose de niebla y agua. No había dejado de percibir su presencia ni por un sólo instante desde que ella desapareció. Aún le parecía recordarla riendo a carcajadas, manchada de pintura, tan fresca como siempre. Y hasta en sus momentos tristes, resultaba dulce. Aún parecía escucharla quejarse por aquél dolor de cabeza, justo antes de que cayese inconsciente al suelo. Recordaba el tacto de su mano helada en una ambulancia que parecía no llegar nunca al hospital donde luego pasó las peores horas de su vida. Sentado en la fría y mustia sala de espera, pareciendo esperar una buena noticia que sentía que no llegaría. El único milagro en el que había creído, era ella. Y se estaba hiendo de su lado para siempre.
Cerró los ojos con fuerza echando sus lágrimas de ellos. Volvió a girarse para mirar su cuadro y rompió en llanto. Un llanto agónico y desesperado. Ya no se apoyaba a sus espaldas para mirar su arte con él, para incordiarle buscando formas en el cuadro que no existían ni siquiera en su mente. Para morderle la oreja y hacerle correr tras ella. De vez en cuando sentía cómo le acariciaba el pelo, y podía incluso oler su aroma. Si aquello era estar loco, no pretendía dejar de estarlo nunca. Seguía pintando en aquella casa tan muda y vacía, y la imaginaba a ella cantando en la cocina. Hasta ese sonido tan espantoso lo echaba en falta de una manera sobrenatural.
Michael dejó el martillo sobre la mesita de cristal y caminó hacia su cuarto. Se hallaba al fondo del pasillo que se abría en medio del salón. Fue hacia la cómoda y abrió el segundo cajón de la izquierda, y tras levantar una sábana verde de franela, sacó un portaretrato que estaba en el fondo, boca abajo. No fuese a ser que por accidente lo viese cuando no quería hacerlo. Guardó allí aquella foto cuando el dolor por la pérdida de Amy no pudo ser más insoportable. La levantó lentamente y vio su risa, eternizada en la foto que se tomaron en su último viaje a Irlanda. Ella llevaba una camiseta roja de lo más sencilla, y unas gafas de sol a la cabeza sobre su pelo. No podía ser más perfecta, con aquella risa y los ojos cerrados, y con la mano apoyada en el pecho del hombre de su vida. Ese hombre que parecía que había dejado de existir y se había marchado con ella. Con una sonrisa y pasando su brazo sobre los hombros de ella, parecía completo en aquél momento. Se llevó la foto al pecho, se sentó a los pies de su cama, y lloró.
Poco a poco se fue adormeciendo sobre la cama y se despertó horas después completamente abatido. Se levantó lentamente, pues se sentía mareado tras haber quedado exhausto con el llanto. Se dirigió a la cómoda, y volvió a introducir boca abajo la fotografía. Cerró con suavidad la gaveta y caminó resignado de nuevo hasta el salón. Sostuvo con cuidado los laterales del cuadro y lo elevó ligeramente para descolgarlo. Lo colocó sobre la silla con delicadeza y se dispuso a enderezar el clavo.
De repente se paró, antes de retirar el cuadro para quitar el clavo y se dio media vuelta para mirar a sus espaldas. No la veía, pero sabía que estaba allí. Sus ojos se entumecieron otra vez, llenándose de niebla y agua. No había dejado de percibir su presencia ni por un sólo instante desde que ella desapareció. Aún le parecía recordarla riendo a carcajadas, manchada de pintura, tan fresca como siempre. Y hasta en sus momentos tristes, resultaba dulce. Aún parecía escucharla quejarse por aquél dolor de cabeza, justo antes de que cayese inconsciente al suelo. Recordaba el tacto de su mano helada en una ambulancia que parecía no llegar nunca al hospital donde luego pasó las peores horas de su vida. Sentado en la fría y mustia sala de espera, pareciendo esperar una buena noticia que sentía que no llegaría. El único milagro en el que había creído, era ella. Y se estaba hiendo de su lado para siempre.
Cerró los ojos con fuerza echando sus lágrimas de ellos. Volvió a girarse para mirar su cuadro y rompió en llanto. Un llanto agónico y desesperado. Ya no se apoyaba a sus espaldas para mirar su arte con él, para incordiarle buscando formas en el cuadro que no existían ni siquiera en su mente. Para morderle la oreja y hacerle correr tras ella. De vez en cuando sentía cómo le acariciaba el pelo, y podía incluso oler su aroma. Si aquello era estar loco, no pretendía dejar de estarlo nunca. Seguía pintando en aquella casa tan muda y vacía, y la imaginaba a ella cantando en la cocina. Hasta ese sonido tan espantoso lo echaba en falta de una manera sobrenatural.
Michael dejó el martillo sobre la mesita de cristal y caminó hacia su cuarto. Se hallaba al fondo del pasillo que se abría en medio del salón. Fue hacia la cómoda y abrió el segundo cajón de la izquierda, y tras levantar una sábana verde de franela, sacó un portaretrato que estaba en el fondo, boca abajo. No fuese a ser que por accidente lo viese cuando no quería hacerlo. Guardó allí aquella foto cuando el dolor por la pérdida de Amy no pudo ser más insoportable. La levantó lentamente y vio su risa, eternizada en la foto que se tomaron en su último viaje a Irlanda. Ella llevaba una camiseta roja de lo más sencilla, y unas gafas de sol a la cabeza sobre su pelo. No podía ser más perfecta, con aquella risa y los ojos cerrados, y con la mano apoyada en el pecho del hombre de su vida. Ese hombre que parecía que había dejado de existir y se había marchado con ella. Con una sonrisa y pasando su brazo sobre los hombros de ella, parecía completo en aquél momento. Se llevó la foto al pecho, se sentó a los pies de su cama, y lloró.
Poco a poco se fue adormeciendo sobre la cama y se despertó horas después completamente abatido. Se levantó lentamente, pues se sentía mareado tras haber quedado exhausto con el llanto. Se dirigió a la cómoda, y volvió a introducir boca abajo la fotografía. Cerró con suavidad la gaveta y caminó resignado de nuevo hasta el salón. Sostuvo con cuidado los laterales del cuadro y lo elevó ligeramente para descolgarlo. Lo colocó sobre la silla con delicadeza y se dispuso a enderezar el clavo.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
