..................................................................................Recomiendo leer mientras se escucha la música que dejo en cada entrada.................................................................................. ...................................................................................................................Advierto que tanto escribo elegante como soez....................................................................................................................
Sabía que era mirada traía algo más. Hoy era el día en el que me iban a
dar igual las consecuencias de mi desfachatez y liberación.
Tus ojos se clavaron en los míos con una fiereza que nunca antes nos habíamos permitido. Ahí supe que era real y no imaginación mía. Sentí mi palpitar contra la silla y noté cómo me humedecía. Así es; no te hizo falta tocarme para conseguirlo.
Acaricié mi piel desde mis labios color carmín hasta la apertura de mi escote. Te mordiste sutílmente los labios mientras perseguías la trayectoria de mis dedos juguetones. Yo no dejé de mirarte en ningún momento, ni siquiera cuando decidí ponerme en pie e ir hacia ti. Estabas apoyado en la mesa, así que aproximé mi cuerpo al tuyo lo máximo posible, pero no te dejé tocarme. Apartaba tus manos cada vez que estas trataban de sobar mi cuerpo. Esquivé tus labios en algunas ocasiones mientras te desabrochaba la camisa, sin desclavar mis ojos de los tuyos, que ya estaban perdidos y rebosantes de lujuria.
Dejé al descubierto tu torso, y no pude evitar lanzarme a tu cuello. Empecé a lamerlo y darle ligeros mordiscos a medida que tu cabeza se dejaba caer hacia atrás y te escuchaba gemir. Notaba crecer tu hombría a través de tus pantalones, y en un impulso que no pude contener, posé una de mis manos sobre tu dura bragueta. Te estremeciste. Tus rodillas flaquearon un segundo y luego, trataste de envolverme con tus brazos. Una vez más te detuve, soltando tu miembro te agarré para impedir que me tocases. Esta vez sí que accedí a besarte, pero fui yo quien te mordió la boca, la que dirigió las lenguas, el ritmo, la intensidad. Saboreé tu boca y chupé tu lengua mientras tú luchabas por reprimir de nuevo tus impulsos.
Paré. Me arrodillé ante ti, y empecé a desabrocharte con decisión el cinturón y acto seguido, bajé tu bragueta y saqué de tus bóxers tu pene, enhiesto, firme... apetecible. Te miré a los ojos e introduje tu falo en mi boca, empezando a lamerlo, succionarlo y masturbarlo con la mano, previamente salivada, cuando dirigía mi boca hasta tus testículos. El contacto visual te ponía aún más duro. Yo no podía evitar parar, verte así me excitaba de manera sobrenatural. Abrí un poco mis piernas y, apartando a un lado mi tanga, comencé a introducirme uno de mis dedos. De repente jadeábamos los dos.
Al cabo de unos pocos minutos, me detuve y me puse en pie. Ahora sí tenías mi permiso para tocarme, y te lo hice saber sentándome sobre la mesa y abriendo ligeramente las piernas. Me olías. No lo dudaste un instante. Después de rodearme unos segundos la cintura para besarme, desabrochaste mi camisa con poca delicadeza. Sacaste mis pechos por encima de mi sujetador de encaje, y sumergiste tu cabeza en ellos. Chupaste mis pezones haciéndome gemir de placer y dolor, y estrujabas mis pechos con ambas manos, con deleite y frenesí al mismo tiempo. Luego bajaste hasta mi sexo. Abriste mis piernas y, arrancaste el tanga de un sólo tirón. Sonreí, rabiosa de placer. Comenzaste a lamerme y a saborear mis fluidos, a la par que usabas tu maravillosa mano de hombre rudo. La parte externa de tu dedo índice, acariciaba mi clítoris, tu dedo corazón se introducía casi por completo en mi chorreante vagina, y el anular trataba de acariciar la entrada del ano. Tuve mi primer orgasmo en cuestión de minutos, y tú me mirabas con la satisfacción y seguridad que caracteriza a un hombre que se siente hombre. Subiste a mi boca de nuevo. Agarré tu mano y la llevé a mi pelo, haciéndote ver que quería que me lo agarrases fuerte. Eso hiciste. Inclinaste a la fuerza mi cabeza hacia atrás y comenzaste a penetrarme allí, sobre la mesa. Tu pene estaba caliente y parecía que iba a explotar debido a su tremenda rigidez. Gemimos con las idas y venidas; sentíamos el fluido que nacía de mí empapar la mesa y correr por mis muslos. De repente saliste de mí, y tiraste de mi cuerpo hasta bajarme de la mesa. Me diste la vuelta y subiste mi falda. Me hiciste separar las piernas y reposar mi torso sobre la mesa. Retiraste de tus pantalones el cinturón y lo plegaste a la mitad. Me miraste con una media sonrisa y yo, que te miraba con la cabeza a medio girar, lleve un dedo a mi boca mientras te sonreía y comenzaba a morderlo.
No supe cómo, pero sabías lo que me gustaba, lo que me ponía. Un azote, dos, tres. cuatro. Mis nalgas se enrojecieron, y picaban a la par que dolían. Pero cada vez estaba más y más cachonda. Por el interior de mis muslos bajaban gotas de mi manjar que corroboraban mi disfrute. Me azotaste unas cuantas veces más antes de pegarte a mi cuerpo y embestirme cual semental. Nuestros gemidos inundaron aquél lugar que ahora era nuestro. Luego te recostaste sobre la mesa, y ahora llegaba una de mis partes favoritas. Me puse encima tuyo, y me proclamé tu Hembra mientras te cabalgaba. Mis caderas bailaban sobre las tuyas, y tu pene entraba y salía de mí con la furia con la que yo decidía que lo hiciese. El sudor recorría nuestros cuerpos y nos hacía brillar aún más. Follamos hasta acabar empapados y satisfechos, cuando ya yo había tenido mi segundo orgasmo, saltando sobre tu miembro, sentí tu último empuje de hombría y soltaste tu mayor gemido. Sentí tu caliente líquido salir de mí vagina al tiempo que salía tu pene. Nos sentamos uno al lado del otro, con una respiración acompasada por el cansancio. Nos miramos con una media sonrisa de complacencia y pusimos la vista al frente.
Por supuesto esto no debía volver a repetirse. ¿Verdad?
¿Conoces esa sensación? Todo pasa por delante de ti, y te rodea sin saber
que existes. Escuchas los murmullos de la gente, el resonar de los coches, el
sonido del viento, que hace que las hojas de los árboles se alboroten, y caigan
algunas, rendidas. Esa sensación, cuando ni el olor de un café recién hecho, o
el particular aroma del petricor tras una noche de lluvia,
provoca en ti el más mínimo estímulo. Cuando el silencio en casa es lo más
benévolo de tus días, pues ya ni siquiera escuchas el bisbiseo constante de tus
pensamientos. Y al día siguiente, siempre vuelta a empezar. Vuelta a la rutina
de la oficina, a la apatía por la vida y a la angustia por cosas que no me
concernían ni estaban en mi mano. Llevaba un tiempo sintiéndome así, a diario. Así que un día sin más, me desperté
decidida a desconectar del mundo al menos unas horas. Preparé una mochila con lo justo. Agua, dos manzanas, algo con que hacer
fuego, una linterna y un libro. Desempolvé la caseta de campaña y cogí del
altillo del armario el saco de dormir. Fui a trabajar esa mañana, y al acabar
la jornada, me dirigí al despacho de mi jefe para solicitarle libre el día
siguiente. Arranqué con el coche directa hacia el bosque. Me permití disfrutar del camino, deleitándome con el aroma fresco del monte, observando los rayos de sol que se escurrían entre las copas de los árboles, mientras sonaba una mezcla de canciones que acompañaban el ambiente y me hacían el viaje más placentero. Queen, David Bowie, Deep Purple, Pink Floyd... allí sólo estábamos ellos y yo; Yo, tarareando malamente (y destrozando) sus canciones con mi más que pésimo ingles. Una vez arriba,
estacioné el vehículo, cogí las cosas y me adentré entre los árboles.
El sonido
de éstos se escuchaba tan diferente allí arriba; los pájaros, el crujir de la
madera, el olor del lugar, y el sonido de mis pasos sobre la tierra y las hojas
que habían caído. Todo me resultó de repente alentador. Me había cruzado de frente
con una pareja de turistas que hacían un sendero y ya descendían. Nos sonreímos y caminamos en sentido opuesto. Al cabo de un rato caminando, de
repente vi a Sam.
¿Qué tan descorazonadora
coincidencia podría ser aquella? Sam era amigo de mi padre, me llevaba
algo de distancia en la edad... quizás unos veinte años. Samuel
era un hombre agradable, simple y distante en cierto modo. Era un
hombre que desprendía delicadeza tras su mirada abrupta. Y por supuesto, yo me
había enamorado de él cuando era adolescente. Dicho enamoramiento me acompañó
hasta unos años más tarde, cuando desapareció de mi vida al morir mi padre y
mudarme a otra ciudad. Ya sólo me quedó el Sam de mis pensamientos. Ese señor que a veces se sentaba en la cocina de casa y bebía cerveza negra con mi padre. Reían hasta las tantas de la madrugada tras ver algún partido de fútbol en la televisión. Otras veces salían de pesca al lago, y yo iba con ellos. Me tumbaba bajo los árboles y devoraba algún libro, ausente del mundo. Recuerdo que Sam alguna vez se bromeaba con mi padre sobre mí y mis aficiones "no normales" de una chica de mi edad. Me sonreía a lo lejos a veces, y yo le devolvía la mirada por encima del libro. Era esa clase de persona que de repente, sentado mirando por la ventana, viajaba sin moverse. Le recuerdo abstraído tantas veces, y recuerdo querer irme con él a dondequiera que viajase en su mente. Era él. Me había reconocido (cómo no), y me dedicó una sonrisa amplia y sincera. Sus
ojos tristes se arquearon para mí, y nos apresuramos a darnos un abrazo.
Después de unos segundos fugaces de preguntas típicas de reencuentros, y de
diversas muestras de cariño, me preguntó que a dónde iba con tanto trasto a las
espaldas. -Voy a acampar por una noche, aún busco el sitio.- Dije sonriendo. Me di
cuenta de que seguía sin poder dejar de sonreír cuando le tenía cerca. Era como
una droga. -¿Vas sola? - preguntó sin parecer sorprendido. -Sí, me apetece desconectar. Si te quieres venir, la tienda es de dos. -Le
dije bromeando, con la intención de ver su reacción. Pero para mi sorpresa,
asintió emocionado. Así que el plan había cambiado y, de repente, caminábamos en busca del lugar
perfecto. Me sentía tan cómoda con él como años atrás, y en cierto modo, agradecí su compañía. Llegamos casi hasta una ladera, donde las vistas nos dejaron sin
respiración. Nos quedamos como idiotas mirando en silencio las montañas, y el
hermoso y amplio valle que se formaba entre ellas. La verdosidad y la frescura del lugar era apabullante; era un panorama que deseaba ser contemplado por ojos, que supiesen contemplar.
Colocamos la tienda bajo los árboles que estaban a nuestras espaldas e
hicimos un pequeño fuego. Hablamos hasta que oscureció, de la vida, de los años, de mi padre. Me contó que solía venir a caminar por estos lugares a veces, para retirarse de la vida por unas horas. Me contó que nunca llegó a casarse, aunque tiene dos hijas con una mujer maravillosa, con la que tuvo una relación de varios años y de la que, por circunstancias de la vida, se separó. Sus ojos se volvieron aún más tristes, y sentí una fuerte compasión hacia aquél hombre que luchaba por retener el llanto a la par que se agarraba sus propias manos, ásperas por su profesión; rugosas por el paso de los años. Tras un momento de silencio, decidimos entrar en la
tienda.
Hacía frío, suficiente para que Sam accediera a meterse conmigo en mi
saco de dormir que, por suerte, era lo suficientemente amplio. Nuestros
cuerpos estaban pegados, y recuerdo pensar que nunca había tenido su aroma tan
cerca. Sentía mi corazón bailar en mi pecho. Me tumbé boca arriba y tomé el
libro, que había dejado a mi derecha. Él estaba en silencio, mirando
mis movimientos. -¿Quieres que lea para los dos?- Pregunté con voz suave. Como respuesta obtuve
una sonrisa, y empecé a leer. Leía para él. Sam escuchaba, con su cuerpo recostado de lado
y su cara, arrugada y afable, apoyada sobre su mano. A las pocas páginas, se
acurrucó entre mi hombro y mi pecho, y miraba en silencio las páginas del
libro. Le rodeé con el brazo, y mientras seguía leyéndole, acariciaba
suavemente su cara. Al cabo de un rato, me di cuenta de que se había dejado dormir. Y de
repente, ahí, dormido sobre mi pecho, le sentí como niño. Indefenso.
Vulnerable. Puro. Ya no tenía fachada; sólo era él. Y no tengo palabras para describir lo que sentí por aquél
hombre en aquél momento. Pero creo que nunca sentido aquello por nadie.
En toda mi vida. Continué acariciándole y disfruté, contemplándole, de aquella
fusión de amor, congoja, melancolía y compasión. Sentía que en aquél momento le estaba protegiendo de sus propios fantasmas.
El cielo acechaba negro sin ser más que las seis. El viejo cementerio estaba vacío de vida en aquél momento; o al menos de vida humana. Los pequeños insectos que en su día rasgaban la carne de los cadáveres, con apetito voraz y afán de supervivencia, probablemente también estarían muertos. Y es que allí no había más que óbito, y no es ironía que al viejo vampiro eso le pareciese algo inusitado tratándose de un cementerio. Ezequiel agarró suavemente sus gélidas rodillas y atrajo sus piernas hacia su pecho. Estaba sentado apoyado sobre una tumba cualquiera y escuchaba el apabullante sonido del silencio. Ya ni siquiera se escuchaba el murmullo de las hojas de los árboles y el viento; ahora, si ponía mucha atención, el vampiro podía escuchar el lamento agónico de unos troncos deshojados por el tiempo. Nunca terminaban de morir, pero muertos en vida como él estaban, y Ezequiel sentía una empatía dolorosa por ese anhelo de muerte.
"Parece mentira que se haya echado a llover de repente de esta manera, y yo tan lejos de un techo", pensé. Cogí mi bolso y lo coloqué estratégicamente sobre mi cabeza mientras caminaba a pasos largos por aquella avenida desamparada. No se veía nada, entre lo gris del día y la cortina de agua que envolvía el espacio. Los coches pasaban sin cuidado por la carretera y, más de uno me bañó completa. De repente, escuché que un coche se paró a mi lado e hizo sonar el claxon. Me giré y, tras entornar los ojos y poner mi mano a modo de visera playera, conseguí divisar el vehículo de Roberto. Corrí hacia él y me subí, advirtiéndole enseguida que le iba a mojar todo el asiento, pues estaba entera para torcer y tender. Él rió y bromeando me dijo que entonces bajara. Acto seguido, se reincorporó al carril.
-¿A dónde ibas con este tiempo, alma de cántaro?
-Cuando salí de casa no había una nube en el cielo. Acabo de salir de una entrevista, y daba un paseo antes de tomar el bus para ir a casa, y ya ves. En medio del paseo empezó el diluvio.
-Pobre Antonieta... -dijo en tono burlón.
-¡No me llames así!- dije intentando parecer molesta bajo una sonrisa de oreja a oreja y le daba una palma inofensiva en el muslo.
-Vale, Toni. Estamos casi llegando a mi casa, te quedas a comer, te dejo alguna muda mía, y luego te alcanzo a tu casa. ¿Te parece?
-Me has hecho el plan del día, ¡menos mal!, porque no tenía ninguno.- Dije sarcástica.
-Tengo lasaña para comer...
Ambos reímos. Roberto era mayor que yo, y aunque no teníamos una amistad como tal, sí que nos llevábamos muy bien y siempre había complicidad entre nosotros. Me gustaba su compañía, me relajaba.
No tardamos en llegar a su piso. Roberto aparcó el coche y ambos salimos, a la cuenta de tres, corriendo de él hacia el portal del edificio. Su casa desprendía un olor fresco y era más luminosa de lo que había imaginado. Me quedé en el recibidor para no mojar más de la cuenta el suelo. Me descalcé, vi que tenía arrugados incluso los dedos de los pies y eché a reír. Me saqué el abrigo y recogí mi pelo en un bollo alto desenfadado, de estos que me hago a diario para estar por casa. Roberto apareció por el pasillo con una camiseta azul y un pantalón corto de deporte.
-No tengo pantalones que te valgan bien, esto es lo único que tengo.
-Está bien, no te preocupes.
Cogí las prendas y me fui al cuarto de baño para cambiarme. Dudé si la camiseta me serviría, pues él era más delgado que yo. Bastante más, diría. Finalmente tras luchar un poco, entré en la ropa. Aunque quedé marcada por todas partes debido a lo apretada que me quedaba. Salí sonrojada y escuché tenue música en el salón. Caminé descalza en silencio, escuchando la música en busca de Roberto. Reconocía la canción; me encantaba. "No me beses en la boca", de Kutxi Romero. Finalmente a mano izquierda encontré la cocina y allí estaba de espaldas él, mirando dos botellas de vino. Me apoyé en el marco de la puerta y puse mi mano en la cintura.
-¿Buscas el más barato?
Roberto se asustó y dio un brinco que luego trató de disimular. Sonrió.
-Claro, ¿crees acaso que voy a abrir un vino caro para ti? -se paró a mirarme de arriba a abajo y puntualizó-; no parece mi ropa en ti. Ni pareces tú. -Levantó ambas botellas- ¿tinto o blanco?
-Tinto. Pero no es necesario que...
-Eres de las mías.- Interrumpió mientras sacaba dos copas y se dirigía con todo al salón. - Aún es temprano para almorzar, vente para "acá".
Nos sentamos en el sofá, con la música de fondo y la voz rota de Kutxi nos hacía los ecos llenando los espacios en los que dejábamos de hablar para beber o para mirarnos.
Allí sentada a su lado, con su ropa, con su vino, con una música que ahora sería suya también, de repente por un segundo, también me sentí de él. Tenía la sensación de que quería rozarme, de que quería acercarse a mí y besarme mientras sostenía mi rostro en su mano libre. Me sorprendí a mí misma deseando que lo hiciese.
Hizo un camino el triple de largo simplemente para no encontrarse con él. Los tacones la mataban, pero aún así era indispensable que le evitase por todos los medios. No podía reencontrarse con aquella mirada de culpabilidad otra vez, sobre todo sabiendo que la había engañado a propósito. Qué hijo de puta. Después de todos esos meses de amor irracional, de aventuras esporádicas en moteles puntuales, de pocas citas que incluyesen comidas en lugares públicos, de mucho cine, de tanto mimo... al final resultaba que estaba casado desde hacía algo más de doce años. Tenía una hija y otro retoño en camino. Y de todo se había enterado de pura casualidad. En cuanto tuvo la oportunidad le exigió la verdad sin pronunciar palabra. Minutos después se arrepintió de habérsela pedido. Qué ridícula era ahora ante aquellos ojos azules. Se sentía realmente desnuda, humillada y utilizada.
Él lloró como un niño, rogándole perdón. Pero ella se había limitado a darse la vuelta e intentar salir caminando en vez de echar a correr, para evitar perder la poca dignidad que le habían dejado. A partir de ese momento, no contestó ni uno de los cientos de mensajes recibidos por parte de aquél hombre que había creído conocer. Ni por supuesto contestó una sola de las llamadas. Los primeros días se veía obligada a esconderse de la gente cuando su móvil sonaba, pues las lágrimas bailaban libres por su cara cuando leía su nombre en la pantalla. Ahora ya no, simplemente dolía.
El resentimiento no dejaba ya paso al llanto. Pero seguía sin querer encontrarse con él, y si lo veía de lejos, hacía lo imposible porque él no la viese. Coincidían en un mismo edificio por mera obligación, así que no podía evitar sentirse vulnerable ante la posibilidad de cruzarse con él por uno de los pasillos.
Todo empezó con unas miradas inocentes bajo unas largas y densas pestañas, y alguna que otra media sonrisa. Luego los acercamientos se hicieron más frecuentes y el tacto de los dedos se cruzaba con alguna parte de su cuerpo en algún momento en el que se intercambiaban algún documento: Todo empezó siendo un juego. Una noche, al llegar a casa, ella recibió un mensaje de un número desconocido. "Quiero verte". Él había conseguido su número a través de su ficha y parecía dispuesto a ir más allá del flirteo de miradas y sonrisas. Quedaron dos días después, un sábado. Él la había invitado a cenar pero no le había dicho lugar, así que ella no sabía cómo de formal debía vestirse. Finalmente optó por un vestido negro por las rodillas, unas cuñas negras y un labial rojo. Se miraba al espejo y se reía sonrojada, se sentía sexy, se veía mujer. Llevaba la mano a su boca en muestra de timidez ante su propio reflejo mientras sonreía mirándose de reojo. Esperaba no ser demasiado evidente con su arreglo, y a la par deseaba ser deseada.
Él pasó a buscarla, y le costó contener su impulso para besarla en los labios cuando la saludó. Él vestía una camisa azul de botones y un vaquero muy oscuro. Aquellos ojos que la miraban entornados pero radiantes de deseo la volvían loca. Aparcaron el coche y se encaminaron a un restaurante a pie de playa que tenía un aspecto bohemio y de lo más agradable. En la terraza habían unos músicos que tenían un estilo muy peculiar, nada estridente, algo que permitía charlar a las personas que estaban disfrutando de una velada en el lugar. Él pidió una mesa en la terraza y, en lo que esperaban a que el camarero se la preparara, ella sintió el impulso de preguntarle si estaba casado. Sabía que esa pregunta arruinaba un poco el momento, pero ella creía necesario saberlo antes de continuar con lo que parecía avecinarse. Él la miró sorprendido por la repentina pregunta y rápidamente respondió que no, le dijo que era soltero. Ella suspiró aliviada y se dejó llevar el resto de la noche. Fueron unas horas magníficas en las que ambos lo pasaron genial, primero cenando, luego dando un paseo, luego en casa de ella haciendo el amor en el sofá, y luego en la cocina. Aún así él no pasó la noche, se marchó a casa en mitad de la noche y le dijo que la vería el lunes.
Pasaron meses llevando una relación a escondidas del mundo, viviendo como adolescentes una historia tórrida de amor que parecía sacada de película. Mantenían lo suyo en secreto por la situación en la que estaban, y porque la diferencia de edad era bastante notable. Habían acordado en que cuando ella cambiara de oficina, ya que era temporal en aquél lugar, podrían mantener una relación sin ocultarse de nadie y así evitarían todo el trajín que conllevaría que todo el mundo se enterase en aquél momento de que ellos estaban juntos.
Casi siempre se veían en casa de ella, o en algún hotel, y ya muy pocas veces salían a lugares públicos. Ella le preguntó en una ocasión que por qué no iban a su casa nunca y él le explicó que vivía con dos compañeros de piso y que en su casa siempre había gente. Eso a ella le sonó extraño, pero se adaptó a la idea. Supongo que el enamoramiento a veces hace a las personas cegarse por completo. Se comunicaban vía Whatsapp cada noche, aunque a veces él dejaba de responder sin más. Se enfadaron otras tantas veces por lo dificultoso que resultaba vivir algo tan intenso a escondidas de la gente, pero siempre se reconciliaban. También intensamente.
La única persona que sabía de la historia, era la mejor amiga de ella. Había sido su confidente desde el principio y, aunque todo le pareció una locura al comienzo, ahora aceptaba la locura al ver tan feliz a su amiga y la apoyaba fielmente.
Un día tras el trabajo, ella recibió un mensaje mientras almorzaba. Él le preguntaba si saldría esa tarde, o si tenía algún otro plan. Ella le contestó que no, que se quedaría en casa adelantando unos informes que tenía que entregar la próxima semana. Sin embargo, su amiga la llamó a media tarde y le pidió que la acompañase al centro comercial, y sin dudarlo aceptó la propuesta. Se preparó un café mientras se vestía y maquillaba, lo tomó, y se fue.Visitaron varias tiendas y se disponían a ir a alguna de las terrazas del centro comercial para tomar algo después de las compras. Estaba atardeciendo y el mar se veía precioso desde allí. De repente, su amiga se quedó parada mirando al frente. Ella miró hacia donde su amiga dirigía la vista y se quedó perpleja. El hombre con el que llevaba casi un año saliendo a escondidas estaba allí, paseando de la mano de una mujer embarazada y de una niña de unos ocho años. Él debió notar que le miraban, quizás como esa sensación en la que el vello del cuello se eriza y te recorre un ligero escalofrío. Se giró hacia donde estaba la chica, y su rostro se quedó pálido. Parecieron pasar horas entre esa mirada, pero lo cierto es que sólo fueron segundos en los que el tiempo parecía no transcurrir. Él disimuló y siguió caminando junto a su mujer. Ella, sin mirar a su amiga se dio la vuelta y se encaminó hacia los baños, seguida por atónita amiga. No lloraba, no podía. Se sentó en la taza con las manos en la cara, con la mirada perdida y se sorprendió a sí misma por no haber roto en cólera.
Al llegar a casa ya era de noche. Se despidió de su amiga, conmovida en la puerta de su casa. Ella se dio una ducha y se puso sólo una camiseta vieja y una braga que nada tenía de interesante. Se hizo un moño alto y se tumbó en la cama tras haber sacado su móvil del bolso. Se acurrucó de lado y desbloqueó el aparato, que le chivaba que tenía más de diez mensajes de este señor, y cuatro llamadas perdidas también suyas. Tenía mensajes de varios chats de grupo en los que estaba y, por supuesto también tenía un mensaje de su amiga diciéndole cuánto la quería y que, podía contar con ella en todo momento. Esto hizo estallar en lágrimas a nuestra protagonista, que sólo había decidido abrir el mensaje de su amiga e ignorar los demás, y pensaba para sus adentros que ya sabía que podía contar con ella, que siempre había sido así.
Se quedó dormida agotaba de tanto llorar y se desveló varias veces tras el sonido del teléfono al sonar, pero hizo caso omiso, pues sabía que era él.
Los días siguientes estuvieron llenos de intentos por parte de él de hablar en la oficina, y de huídas de ella, pues no quería hablar con él ni se sentía preparada para hacerlo. Al fin y al cabo la realidad estaba clara; ella era la amante. La habían convertido sin ella saberlo, en la mala de la historia, en la que se mete por medio de una familia para romperla. ¿Qué más daba que ella fuese o no consciente de todo aquello? Eso era lo que ella era ahora. La clase de persona que siempre había detestado.
Unas semanas después ella decidió ir a su despacho, pues no quería verle fuera de allí. Y a riesgo de que alguien les descubriera hablando de aquello, entró en el habitáculo y cerró la puerta, quedándose parada frente a su mesa, de pie. Él tardó unos segundos en reaccionar. Se puso de pie y se acercó a ella sin intención de tocarla, y se limitó a pedirle perdón y a excusarse con que su matrimonio estaba mal desde hacía tiempo, y que él se sentía solo y deprimido. Que su mujer y él decidieron tener otro hijo a pesar de esa circunstancia en un intento de salir de su monotonía y resurgir en el amor. Sus ojos estaban llenos de lágrimas mientras hablaba con su voz ronca. Sin embargo le admitió haberse enamorado de ella y le juró que ella nunca fue un juego para él, que realmente la quería. Ella no pudo pronunciar palabra, sabía que había cometido un error al entrar en esa habitación con él, a escuchar lo que ya se imaginaba que él iba a decir. Se sentía derrotada, ridícula, así que se dio media vuelta y salió de allí antes de que sus ojos decidieran empezar a llorar, otra vez.
Los meses siguientes estuvieron llenos de mensajes sin responder y de miradas de culpa por los pasillos. Un día ella recibió una llamada que le anunciaba que su solicitud para cambiar de lugar de trabajo y trasladarse a otro centro de oficinas estaba aprobada. Por un instante se llenó de alegría y al momento, de nostalgia. Sabía que era lo mejor y que realmente era lo que quería, pues alejarse de él era lo que necesitaba. Su amiga vino a cenar a casa para celebrarlo y le trajo unas cajas para que recogiese sus cosas al día siguiente de su gabinete. Ella había sido su paño de lágrimas durante esos meses y le estaba tan agradecida por todo que no le cabía el amor en el pecho. Estaban tan exultantes esa noche que incluso planearon un viaje juntas para las próximas vacaciones.
Al día siguiente, con dos cajas llenas de cosas, una en cada brazo, se despidió de su jefe y sus compañeros y, al pasar por el pasillo se detuvo durante un instante al lado de la puerta de aquél hombre al que tanto quería y con el que tan enfadada seguía. Supuso que en el fondo aún seguía deseando que él saliera a abrazarla y a decirle que la amaba, y que no existía ninguna mujer, ni ningún hijo, que eran su hermana y su sobrina, o cualquier otra historia que les hiciera estar juntos para siempre. Segundos más tarde, suspiró, sonrió levemente y siguió de largo, sabiendo que eso no iba a ocurrir.
La nueva oficina estaba muy bien. Era más luminosa puesto que tenía unos enormes ventanales que daban vista al mar. El lugar era más fresco, y se respiraba compañerismo y tranquilidad.
cuando leas este diario, ya me habré marchado. De una forma u otra, ya no formaré parte de tu mundo.
Quiero que sepas que te había visto antes de conocerte. Solías acostarte bajo los olmos del parque con tu perro, cada día con un vestido nuevo, pero sin brillo en los ojos.
Fueron muchas tardes las que pasé observándote, indeciso a acercarme a ti. Pero un día ocurrió, y juro que fue un accidente.
Tu perro echó a correr como loco, y tú intentabas alcanzarlo. Tras correr frenético tras él por todo el parque logré atraparlo, y ahí fue. Ese fue nuestro primer encuentro; donde empezaría todo.
Estúpido de mí que luego no supe articular palabra cuando te tuve delante. Cuando pude presentarme, tartamudeé tanto que ni siquiera parecía que hablásemos el mismo lenguaje, ¿te acuerdas? Reías, y cómplice, me invitaste a un café para compensarme por atrapar a Cuco.
Después de cuatro citas, llegó nuestro primer beso. Frío y con sabor a helado de menta, en aquellas gradas que miraban al mar. Bromeábamos sobre el sombrero que llevabas - que aún sigo diciendo que es lo más horrible que he visto en mi vida-, y en medio de una de tus carcajadas, te robé el primer beso, de muchos que vendrían después.
Tan sólo un año después nos casamos, y te recuerdo aquél día como la mujer más radiante del mundo. Sofía llegó tan sólo un año después, y dos años más tarde, Alex. Gracias cariño, por nuestros dos tesoros. Ahora que Sofía ha terminado el instituto, insístele en que persiga sus sueños, que estudie lo que realmente le apasiona. Y con Alex ten paciencia, sólo es una edad difícil que terminará pasando, como todo.
Todos decían que vivíamos rápido, y a día de hoy, mientras te escribo estas líneas pienso "menos mal que no dejamos nunca de ser dos locos con prisa".
Has sido la esposa perfecta, y una madre aún mejor. No hemos tenido una trayectoria impecable a pesar de todo, ¿verdad? Ambos nos hemos gritado mucho, y hemos dormido en camas separadas alguna que otra vez. Sin embargo, ¡tremendas han sido las reconciliaciones! Gracias por todo eso. Por lo bueno y por lo malo, por todo lo que no nos dejamos atrás.
Por desgracia, no vamos a tener tiempo de vernos envejecer, pero habrá que conformarse con lo vivido sin menospreciarlo en absoluto. Jamás cambiaría nada de todo esto. Desde hace ya un año, esta maldita enfermedad se ha apoderado de este cuerpo que ahora es vulnerable. Me has visto cambiar y debilitarme, y has visto desaparecer poco a poco a aquél hombre que corría desesperado tras un perro que no era suyo. Ya casi no me mantengo en pie, pero aún mis manos responden bien. Así que te escribo para darte las gracias, y para decirte que eres el amor de mi vida. Y que espero que algún día te vuelvas a enamorar de un hombre bueno, que os quiera y os respete en todo momento.
Doy gracias al Universo por haberte puesto en mi camino, y perdóname por no poder decirte todo esto mirándote a los ojos. Ya sabes que las despedidas no son lo mío.
Siempre tuyo, Jack.»
Claudia permaneció sentada, con la mirada perdida sobre aquél diario que, en secreto, su difunto marido le había dejado escondido en un cajón.
De repente el cielo se tornó negro y dio paso a una estentórea tormenta. La tierra comenzó a agrietarse, y de las fisuras que aparecían salía un vapor que se mezclaba con la lluvia que, de repente cubría el lugar desde lo más alto. La azul luz de la noche esclarecía el lugar cuando, junto a ella, los relámpagos, fugaces, se manifestaban en silencio. Dando paso a los truenos, rabiosos, dolidos, que envolvían la atmósfera con su odio atroz.
Las fisuras se hacían cada vez más grandes, y una luz de color roja parecía salir de sus profundidades. Un ser comenzó a emerger de la tierra, de aquellas hendiduras que daban paso, sin duda, a algún tipo de infierno. Su tez era de color grisáceo, estaba desnuda. Su cuerpo era casi esquelético. El pelo negro y mojado por la lluvia, y el sudor provocado por el calor del lugar de donde provenía, cubría una parte de su cara. Estaba cabizbaja, agazapada en el suelo. Cuando levantó un poco la mirada, se distinguó una cara indudablemente inhumana. En su frente habían dos heridas, y de ellas brotaban unos pequeños cuernos de color gris oscuro. La sangre, cohagulada, seca, se extendía desde las heridas hasta sus mejillas, escuálidas. Sus ojos eran completamente negros, carecía de nariz y su dentadura era afilada, como los dientes de un escualo. Su respiración se volvió aún más agitada y su mandíbula comenzó a contraerse. Se puso en pie lentamente y su cuerpo fue deslumbrado por un relámpago. Sus costillas se veían a la perfección cuando cuando inhalaba.
Abrió sus brazos, alzándolos al cielo. Un grito colérico inhundó el lugar, y se aunó con el llanto desolado de los truenos.
Cuando despertó, estaba echada sobre un montón de hojas secas. Al principio no lograba disipar la niebla de su mirada, pero una vez parpadeó un par de veces seguidas, vió claramente que estaba en el cementerio. A su lado estaba la tumba de su amado, y alrededor, la soledad.
Incorporó un poco su cuerpo, e intentaba recordar qué había pasado. Tragó saliva, y notó un sabor a hierro y a óxido. Era el sabor de la sangre. Notaba su cuerpo diferente, tenía la sensación de poder escucharlo todo, de poder ver con vasta claridad. Escuchaba el sonido de cada hoja, luchando por desprenderse de la ramita que le había dado la vida. Como si ya no encontrase razón para permanecer, como si fuese consciente de que su tiempo se había agotado. Escuchaba también el silbido del aire, mientras la hoja se deslizaba hacia el suelo con elegante tristeza. Sus ojos grises miraban con cautela y con asombro a su alrededor. Volteó hacia arriba la palma de su mano; tenía una herida que había dejado de sangrar, que podía verse tras el agujero de su guante roto. Levantó la vista, y recordó que el día estaba gris cuando llegó, pero aún era de día, sin embargo parecía que llevaba horas allí tendida en medio del camposanto, puesto que el cielo ya comenzaba a alzarse oscuro, amenazante con dejarla a oscuras. Se puso en pie, y se sacudió las hojas que habían quedado enredadas en su pelo, y adheridas a su traje. Se apresuró en voltearse para mirar la lápida por última vez antes de marcharse.
EL agua de la bañera se tornó marrón, resultado de la tierra y la sangre que permanecía cohagulada en las heridas de sus brazos. Cuando salió de la tina, se miró al espejo empañado y con la palma de su mano acarició su nebuloso reflejo para eliminar el vaho. Necesitaba mirarse a los ojos para comprobar que seguía ahí. Sus pupilas parecían más grandes que nunca, y casi impedían ver el bonito tono grisáceo que tanto le gustaba. Se percató sin esfuerzo de que en su cuello había una herida. No le dolía, y parecía estar cerrándose con rapidez. Era una mordida. Quizá de algún murciélago, o alguna rata. Una voz femenina interrumpió sus pensamientos de forma brusca. Era su hermana, que vivía con ella y la avisaba para cenar. Hasta entonces no se había percatado de que no había comido en todo el día, pero lo cierto era que no tenía hambre. Así que se disculpó con su hermana, y se metió en la cama. Encendió la vela de su mesa de noche, y la observó consumirse en silencio. Escuchaba con total claridad el sonido del esperma, mientras se derretía con cautela y empezaba a escurrirse vela abajo. Todo iba hacia abajo.
Era plena madrugada cuando un sonido apabullante la despertó. Notó un ardor en su interior que la hizo asustarse. Era hambre, un hambre voraz. Un hambre de locos. Y de repente echó de menos el sabor óxido y metálico de la sangre. Se atavió con su fina bata de cama y se dirigió a la ventana. Se detuvo en seco al pasar por delante del tocador. De repente un pánico paralizante se apoderó de ella, Se encontraba de lado frente al gran espejo. Volteó lentamente la cabeza para tratar de encontrar su reflejo en él, pero estaba vez no hubo mirada con la que encontrarse. Su otra yo, no estaba ahí. Presa de su terror descendió las escaleras lo más rápido que pudo, abrió la puerta y salió a la calle. Vacía, muda para cualquier mortal. Y de repente lo recordó todo.
Aquél cabello largo, aquellas facciones perfectamente delineadas, rectas y escuálidas, aquella voz limpia, que danzaba dulcemente en sus oídos. Aquella esbelta figura masculina, que parecía haber salido de otra época, se había abalanzado sobre su cuerpo tendido, que lloraba sobre el sepulcro del hombre al que su corazón tanto daño con su ausencia le había hecho. Tapó su boca con su gélida mano, y la miró a los ojos. En ellos veía su tristeza, su belleza. Y la belleza que a su vez había en su tristeza. Y pensó que eso era algo merecedor de ser inmortal, una lúgrube hermosura que vagaría por el mundo conviviendo con sus demonios para toda la eternidad, si así lo deseaba ella. De modo que quitó suavemente la mano de sus labios y la descendió a su mentón. Le alzó la vista y le propuso su pensamiento. Ella no opuso resistencia, al fin y al cabo, ya parecía estar muerta en vida, y a juicio del vampiro, el concepto opuesto, estar viva aún cuando hubiera muerto, era mucho más atrayente. Recordó cómo su mirada fue ocultándose bajo su cara, y lo fríos que estaban sus labios. Y recordó además que no la mordió directamente, sino que besó su cuello despaciosamente, con deleite. Y sintió cómo su sexo se encendía, tras tantos años de anhelo después de la muerte de su amado. Su lengua se paseó a la par que sus húmedos y glaciales labios, y ella lloraba de deseo. Fue tanta la excitación, y el sobrecogimiento del momento, que se desmayó en sus brazos.
Y allí estaba ella, sin darse cuenta de que había empezado a llover y su cuerpo casi desnudo estaba empapado e inmóvil en medio de la calle. Levantó la vista y le vió a unos metros frente a ella. La lluvia le molestaba en los ojos, y debía bajar la mirada y pestañear con continuidad. Pero sabía que aquella efigie oscura, era él.
El sonido de la lluvia al estrellarse contra las piedras que formaban la calle era casi adormecedor. Repetitivo, era un sonido que le inhundaba el alma. En el caso de que aún poseyera una. Pero el sonido se vio interrumpido cuando la voz de aquél Ser la llamó por su nombre.
Le temblaban las manos. Pero a pesar de ello su decisión era firme. Había recreado este momento en su mente una y otra vez, planeando hasta el más mínimo detalle. Podía incluso oler el aroma a plomo que desprendía la bala que atravesaría su cabeza. Pudo escuchar ese sonido decenas de veces, tantas como lo había imaginado. Se observó a sí mismo boca abajo sobre un charco de su propia sangre, e imaginó con total claridad cómo la policía hallaba su cadáver tras haber echado abajo la puerta de su cutre apartamento. Pudo incluso asistir a su propio funeral, y luego a su entierro. Y vio a su madre, una mujer bajita con el pelo encanecido, llorar sin fuerzas. Como si le hubieran arrancado un trozo de su alma. O quizás el alma entera.
Allí estaba, su único hijo, en aquella caja, a punto de ser introducido en un nicho de hormigón, que sería tapiado, y tras el cual el cuerpo sin vida de su retoño, sería devorado por todo tipo de insectos a medida que se pudría en la oscuridad y la soledad de aquél lugar. Vio incluso a su madre, meses después, dejándose morir. Sentada en su sillón mirando fijamente su pequeño altar de fotografías y velas. Donde estaba su foto, la de su padre y la de otros familiares difuntos. Veía las velas encendidas y podía oler el humo que salía de ellas. Pudo saborear las lágrimas de su dulce madre, cuando espectralmente trataba de besarle la mejilla, colmada de lágrimas.
Pudo ver también a Clara, llorar por él, sentada sobre su cama. Envuelta por el azul de las paredes de su dormitorio, sola. Y arrepentirse de haberle abandonado cuando más la necesitaba. Y a pesar de seguirla amando, disfrutó imaginando que sufría arrepentida. Como si eso le diera cierto consuelo. Hacía tiempo que su vida era una espiral de errores. Se atiborraba a antidepresivos y buscaba aplacamiento a través de la autolesión. Su novia comenzó a cansarse, y le abandonó justo antes de tocar fondo. Al parecer había encontrado un punto de apoyo en un compañero de trabajo que ahora la cogía de la mano. ¡Cómo son las cosas!
Y allí estaba él, sentado en su afeado sofá de cuero sintético marrón. Con el revólver sobre la mesa. Descruzó los dedos de las manos, y con su mano derecha se secó el sudor de la frente.
Su decisión era firme, pero le temblaban las manos...
Bien es cierto que el alma puede reflejarse en las personas. Sólo basta con observar a cada una con atención, pues algunas tienen la capacidad de ocultar en gran parte sus alegrías y sus temores, y otras lo gritan con la mirada. Pero cierto es que el alma se refleja ante cada uno de nosotros, como un espejo que nunca miente, y que nos habla de verdades aunque no queramos escucharlas. Pero si te encuentras cara a cara con este espejo, mirarás a tu propia alma directamente a los ojos con la máxima claridad. ¿Serías capaz de aguantar sus bramidos de desesperación sin apartar la mirada? O ¿sin echar a llorar? ¿Sabes lo que veo yo?...
Un callejón oscuro, de pavimento empedrado y atezados tabiques, mojados por una larga noche de lluvia, con una ligera niebla que parece alzarse del suelo, es ahora el lugar donde camino. Con las manos a los bolsillos de mi largo abrigo y cabizbaja, mirando las puntas de mis zapatos al deambular por aquél lugar. No sé a dónde voy, ni a dónde quiero ir. Sólo sé que camino por un angosto callejón cuyo techo es el cielo completamente negro, y en mi cara seguramente podría reflejarse claramente la amarga luz de la incertidumbre y, probablemente desprendería un cautivador aroma a muerte.
Y así es que... en mi casa ya no hay espejos. Con mi alma ya no quiero hablar, pues no me brinda sosiego alguno ni en esta vida, ni en la que se vé en mis reflejos.
Poco a poco fue saliendo de su plácido sueño y abriendo los ojos con lentitud. A medida que sus párpados dejaban entrever el entorno en el que se encontraba iba comprendiéndolo mejor. Parpadeó varias veces aún con somnolencia. La única luz que entraba a través del ventanal era tenue, y el cielo se alzaba totalmente oscuro y parecía helado. Eso sólo quería significar una cosa; estaba a punto de amanecer.
Jane miró el techo y fue girando lentamente la cabeza hacia su izquierda. Allí estaba él, aún en alguna parte de su subconsciente, ajeno a ella en aquél momento. Parte de su torso desnudo quedaba expuesta. Sus músculos estaban completamente relajados, al igual que él, que siempre parecía una persona tensa a pesar de la integridad que quería demostrar en todo momento. Jane cerró con fuerza los ojos y se sintió por un momento asfixiada por la situación. Habían tenido una noche estupenda de sexo tras algo que pareció ser una cita improvisada.
Se había encontrado con él la tarde anterior en el centro comercial y se habían saludado tímidamente, como de costumbre. Paul la invitó a café y estuvieron charlando en aquella terraza durante una hora y media. Uno de los temas de conversación que desarrollaron con más entusiasmo fue la admiración que ambos tenían por el arte y mitología de Egipto durante época de faraones. Tras esto, le propuso llevarla a casa y enseñarle su colección de revistas, libros y artículos al respecto, y así de paso, invitarla a cenar. Jane accedió encantada. Así que en lo que ella ojeaba las revistas, él preparaba una suculenta ensalada César en la cocina. Ella se había ofrecido a echarle una mano, pero él resultaba ser muy suyo en la cocina... al igual que en tantas cosas. De segundo comerían unos bistécs que hubieron sobrado de su almuerzo y que tenía preparados en un tupper en el frigorífico. "¡Madre mía, qué bueno está!", pensaba Jane, y no sólo sobre la comida. Sin saber realmente cómo, la espontaneidad entre los dos surgió como una llamarada, y de repente estaban ambos bebiendo vino sentados en el sofá. En lo que desencadenó aquello, ya lo sabemos.
Ella se sintió avergonzada en aquél momento, allí tumbada, con ese hombre que casi doblaba su edad. Le sintió moverse ligeramente y le miró. Se estaba despertando, pero ella no estaba a tiempo de levantarse y echarse a correr. El fue haciendo movimientos suaves y abriendo poco a poco los ojos. "Tiene un despertar precioso, parece incluso perfecto", pensó la chica. Paul la miró y sonrió brevemente mientras le daba los buenos días con su dulce voz.
-Buenos días... -empezó a decir. Le temblaba un poco la voz.- Lo siento muchísimo, cerré los ojos un segundo y me quedé dormida, enseguida m....
-Tranquila- la interrumpió- yo también estaba cansado y me dormí, ni me percaté de que seguías aquí... -Le lanzó una sonrisa pícara y prosiguió.- ...quédate un rato más, ya luego desayunamos y, si quieres, te marchas.
"¿Si quieres?" ¿Qué significaba aquél "si quieres"? Estaba confusa, pues una parte de ella deseaba que todo hubiese sido un sueño, y otra parte deseaba que si lo era, no despertase jamás. Ella le devolvió una sonrisa y se percató de que su rostro, finamente iluminado por la breve penumbra de la noche, empezaba a tornarse anaranjado. Miró hacia la ventana y vio que empezaba a salir el sol tras el horizonte del mar. Desde su ventana se veía muy de cerca el azul del agua. Se quedaron en silencio por un momento.
- ¿Te gustan más los amaneceres o los atardeceres?- preguntó él, mientras la miraba.
-Me gustan más los atardeceres, -comenzó a decir a la vez que se giraba hacia él para mirarle.- ...la luz es más intensa y cálida, y se va tornando fría a medida que da paso a la noche. Me encanta ver atardeceres. ¿Y a ti? ¿Qué te gusta más?
Paul miró hacia la ventana y contestó.
-Me gustan más los amaneceres. Uno sabe que va a amenecer cuando el cielo de la noche se vuelve totalmente negro, y parece que no hay nada más gélido que ese momento mientras lo miras, y luego, sin esperarlo, sobre el horizonte se levanta un halo tenuemente anaranjado que empieza a indicar el cambio. - Su voz dulce sonaba triste, y a la vez apasionada y firme. - Ese tono naranja compienza a cobrar intensidad muy poco a poco, tan lentamente que ni siquiera te das cuenta de que es un color que ya se refleja en la parte posterior de las nubes que rondan el cielo. Este va dejando de ser negro, y a su paso se abre una capa que sube expandiéndose desde el mar. Y de repente el cielo no es negro, y la oscuridad restante va dejando paso a un azul menos intenso que, a su vez, deja entrever un celeste. El tono anaranjado va desapareciendo lentamente a medida que el sol empieza a asomar, y varios subtonos azulados, rosados y amarillos alumbran aquél cielo que parecía que permanecería ennegrecido eternamente. Los amaneceres son como tú.
Sobrecogida por aquellas palabras, Jane se limitó a seguir respirando.
Amanecía el día de nuevo para él. Richard Pascow abrió los ojos lentamente, a medida que la luz del sol bajaba por su cara, acariciandole cariñosamente como si quisiera no asustarle. Los pájaros cantaban en los árboles del jardín, era un sonido con el que estaba acostumbrado a despertar. Antes le encantaba despertar así: el sonoro y dulce cántico de los pájaros, el sol desplazándose a su anchas dentro de su dormitorio, el olor a una mañana de campo y el sonido de las hojas de los árboles. Solía beber un vaso de agua según despertaba, se estiraba y se encaminaba al cuarto de baño. Tras refrescarse, tenía la costumbre de despertar a Carla con un beso en la mejilla, y desearle un "buenos días" tras mostrarle ella su cara de desconcierto, como si parte de ella siguiera en sus sueños. Al reconocer a su padre, de ojos verdes y pelo rubio, de nariz afilada y sonrisa amplia, ella sonreía y le devolvía el deseo. Normalmente se abrazaba a su cuello. Su padre, su príncipe.
Richard seguía ahora tumbado sobre la cama. Hacía tiempo que no iba a trabajar, y que su mundo había dejado de tener sentido. Se preguntaba qué clase de Dios le arrebató a su hija, lo único que le daba fuerzas para continuar. Ella era lo único que tenía. Michelle había fallecido durante el parto, seis años atrás. Habían pasado sólo tres meses desde que Carla no estaba. A veces le parecía escucharla corriendo por el pasillo, riendo a carcajadas por alguna nimiedad. A veces deseaba con fuerza que su puerta se abriera de repente y ella estuviera allí, dispuesta a entrar y saltar sobre su cama para abrazarle. Era la niña más feliz y más cariñosa del mundo, y su padre, también lo era todo para ella.
La familia de Richard no sabía cómo ayudarle, a veces venían y preparaban una cena o comida familiar en su casa, sólo para los más íntimos. Sus padres, sus hermanos y respectivas familias. Por suerte en este momento, tenía dos sobrinos pequeños que, aunque no eran ni la mitad de cariñosos que Carla, daban cierta alegría a la casa cuando llegaban, para luego llevársela al marchar, dejándola dolorosamente vacía. Eran hijos de su hermana mayor, Lily. Su otra hermana y su hermano, no tenían hijos aún. Su padre era un hombre regordete de unos sesenta y tantos, y aparentaba ser mucho más duro de lo que era en realidad. Le brindó su apoyo más profundo cuando más lo precisó. Su madre era alta y llevaba el pelo corto y rubio. Sin duda los ojos verdes eran de ella. Y también los llevaba Carla. La mirada risueña de su madre había desaparecido por completo hacía tres meses. Ahora sus ojos desprendían una grave compasión hacia su hijo, y dejaban entrever también su dolor. Los abuelos de Carla habían cuidado inumerables veces de ella cuando su padre tenía turnos complicados en su trabajo, para ellos la niña era tremendamente querida, y ahora la añoraban con todas sus fuerzas.
Richard recordaba allí tumbado una de las cenas. Su madre había preparado unos muslos de pollo al horno que desprendían un olor sensacional que inhundaba toda la casa. Era muy buena cocinera y se había dedicado toda su vida a cocinar en acontecimientos familiares. Le gustaba hacerlo y se le notaba con frecuencia que la cocina era su pasión, pues no dejaba de hablar de ello. En cualquier conversación podía introducir perfectamente el tema de la comida, ya sea una receta, un sabor, un olor... siempre encontraba la manera de hablar de comida. Richard estaba preparando la mesa del comedor con ayuda de Dan, el marido de Lily, y el cuñado con el que más tenía afinidad. Ultimamente Dan no sabía cómo entrar en sintonía con él, sabía lo mal que lo había pasado, y sabía el dolor que encerraban sus palabras cuando hablaba de su hija. Por eso a veces se limitaba a hablar de cualquier otro tema, aunque no tuviese la más mínima importancia ni relevancia. Dan sentía la congoja de Richard, y por un momento se quedó con el tenedor que iba a disponer en la mesa, atrapado en su mano, y en la otra, el resto de grupo de tenedores. Se quedó mirándole con pena hasta que se decidió en dejar todos los tenedores apilados sobre la mesa, e ir hacia donde él estaba y ponerle la mano sobre el hombro, aprentándolo con suavidad. Richard se abrazó a él y rompió en llanto. Un llanto desolador que hizo que Dan dejara escapar también su pena en forma de lágrimas. Lo abrazó con fuerza, como si quisiera demostrarle que estaría siempre ahí para él.
Interrumpió su recuerdo, y en ese momento se sorprendió a sí mismo con la cara empapada. Las gotas habían estado corriendo por su cara y mojando la almohada, pero él ni lo había notado. Ahora debía buscar una razón para levantarse de la cama, y era su mayor lucha cada mañana. Pues lo único que quería era perecer allí y dejar de sufrir. Quizás reencontrarse con su hija; quizás le estaba esperando en alguna parte, con el camisón verde y el pelo castaño, liso y alborotado. La recordaba con ese pelo por los hombros, y el flequillo recto siempre descolocado, riéndo a carcajadas. Le parecía escucharla, y aquella risa desmedida invadía su alma e incrementaba su añoro. Con la esperanza de reunirse con ella, la niña de sus ojos, el amor de su vida, el ser más grande de su mundo, Richard se incorporó, bebió de un tirón su vaso de agua que aún conservaba fresca de la noche anterior, estiró los brazos y la espalda, y se encaminó al cuarto de baño.
A ti, pequeño ángel. Que nos has dejado.
Te queremos.