Sugerencia
..................................................................................Recomiendo leer mientras se escucha la música que dejo en cada entrada..................................................................................
...................................................................................................................Advierto que tanto escribo elegante como soez....................................................................................................................
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martes, 5 de diciembre de 2017
Ezequiel.
El cielo acechaba negro sin ser más que las seis. El viejo cementerio estaba vacío de vida en aquél momento; o al menos de vida humana. Los pequeños insectos que en su día rasgaban la carne de los cadáveres, con apetito voraz y afán de supervivencia, probablemente también estarían muertos. Y es que allí no había más que óbito, y no es ironía que al viejo vampiro eso le pareciese algo inusitado tratándose de un cementerio. Ezequiel agarró suavemente sus gélidas rodillas y atrajo sus piernas hacia su pecho. Estaba sentado apoyado sobre una tumba cualquiera y escuchaba el apabullante sonido del silencio. Ya ni siquiera se escuchaba el murmullo de las hojas de los árboles y el viento; ahora, si ponía mucha atención, el vampiro podía escuchar el lamento agónico de unos troncos deshojados por el tiempo. Nunca terminaban de morir, pero muertos en vida como él estaban, y Ezequiel sentía una empatía dolorosa por ese anhelo de muerte.
domingo, 3 de abril de 2016
Sobre tumbas.
Cuando despertó, estaba echada sobre un montón de hojas secas. Al principio no lograba disipar la niebla de su mirada, pero una vez parpadeó un par de veces seguidas, vió claramente que estaba en el cementerio. A su lado estaba la tumba de su amado, y alrededor, la soledad.
Incorporó un poco su cuerpo, e intentaba recordar qué había pasado. Tragó saliva, y notó un sabor a hierro y a óxido. Era el sabor de la sangre. Notaba su cuerpo diferente, tenía la sensación de poder escucharlo todo, de poder ver con vasta claridad. Escuchaba el sonido de cada hoja, luchando por desprenderse de la ramita que le había dado la vida. Como si ya no encontrase razón para permanecer, como si fuese consciente de que su tiempo se había agotado. Escuchaba también el silbido del aire, mientras la hoja se deslizaba hacia el suelo con elegante tristeza. Sus ojos grises miraban con cautela y con asombro a su alrededor. Volteó hacia arriba la palma de su mano; tenía una herida que había dejado de sangrar, que podía verse tras el agujero de su guante roto. Levantó la vista, y recordó que el día estaba gris cuando llegó, pero aún era de día, sin embargo parecía que llevaba horas allí tendida en medio del camposanto, puesto que el cielo ya comenzaba a alzarse oscuro, amenazante con dejarla a oscuras. Se puso en pie, y se sacudió las hojas que habían quedado enredadas en su pelo, y adheridas a su traje. Se apresuró en voltearse para mirar la lápida por última vez antes de marcharse.
EL agua de la bañera se tornó marrón, resultado de la tierra y la sangre que permanecía cohagulada en las heridas de sus brazos. Cuando salió de la tina, se miró al espejo empañado y con la palma de su mano acarició su nebuloso reflejo para eliminar el vaho. Necesitaba mirarse a los ojos para comprobar que seguía ahí. Sus pupilas parecían más grandes que nunca, y casi impedían ver el bonito tono grisáceo que tanto le gustaba. Se percató sin esfuerzo de que en su cuello había una herida. No le dolía, y parecía estar cerrándose con rapidez. Era una mordida. Quizá de algún murciélago, o alguna rata. Una voz femenina interrumpió sus pensamientos de forma brusca. Era su hermana, que vivía con ella y la avisaba para cenar. Hasta entonces no se había percatado de que no había comido en todo el día, pero lo cierto era que no tenía hambre. Así que se disculpó con su hermana, y se metió en la cama. Encendió la vela de su mesa de noche, y la observó consumirse en silencio. Escuchaba con total claridad el sonido del esperma, mientras se derretía con cautela y empezaba a escurrirse vela abajo. Todo iba hacia abajo.
Era plena madrugada cuando un sonido apabullante la despertó. Notó un ardor en su interior que la hizo asustarse. Era hambre, un hambre voraz. Un hambre de locos. Y de repente echó de menos el sabor óxido y metálico de la sangre. Se atavió con su fina bata de cama y se dirigió a la ventana. Se detuvo en seco al pasar por delante del tocador. De repente un pánico paralizante se apoderó de ella, Se encontraba de lado frente al gran espejo. Volteó lentamente la cabeza para tratar de encontrar su reflejo en él, pero estaba vez no hubo mirada con la que encontrarse. Su otra yo, no estaba ahí. Presa de su terror descendió las escaleras lo más rápido que pudo, abrió la puerta y salió a la calle. Vacía, muda para cualquier mortal. Y de repente lo recordó todo.
Aquél cabello largo, aquellas facciones perfectamente delineadas, rectas y escuálidas, aquella voz limpia, que danzaba dulcemente en sus oídos. Aquella esbelta figura masculina, que parecía haber salido de otra época, se había abalanzado sobre su cuerpo tendido, que lloraba sobre el sepulcro del hombre al que su corazón tanto daño con su ausencia le había hecho. Tapó su boca con su gélida mano, y la miró a los ojos. En ellos veía su tristeza, su belleza. Y la belleza que a su vez había en su tristeza. Y pensó que eso era algo merecedor de ser inmortal, una lúgrube hermosura que vagaría por el mundo conviviendo con sus demonios para toda la eternidad, si así lo deseaba ella. De modo que quitó suavemente la mano de sus labios y la descendió a su mentón. Le alzó la vista y le propuso su pensamiento. Ella no opuso resistencia, al fin y al cabo, ya parecía estar muerta en vida, y a juicio del vampiro, el concepto opuesto, estar viva aún cuando hubiera muerto, era mucho más atrayente. Recordó cómo su mirada fue ocultándose bajo su cara, y lo fríos que estaban sus labios. Y recordó además que no la mordió directamente, sino que besó su cuello despaciosamente, con deleite. Y sintió cómo su sexo se encendía, tras tantos años de anhelo después de la muerte de su amado. Su lengua se paseó a la par que sus húmedos y glaciales labios, y ella lloraba de deseo. Fue tanta la excitación, y el sobrecogimiento del momento, que se desmayó en sus brazos.
Y allí estaba ella, sin darse cuenta de que había empezado a llover y su cuerpo casi desnudo estaba empapado e inmóvil en medio de la calle. Levantó la vista y le vió a unos metros frente a ella. La lluvia le molestaba en los ojos, y debía bajar la mirada y pestañear con continuidad. Pero sabía que aquella efigie oscura, era él.
El sonido de la lluvia al estrellarse contra las piedras que formaban la calle era casi adormecedor. Repetitivo, era un sonido que le inhundaba el alma. En el caso de que aún poseyera una. Pero el sonido se vio interrumpido cuando la voz de aquél Ser la llamó por su nombre.
- « Lucielle »...
Incorporó un poco su cuerpo, e intentaba recordar qué había pasado. Tragó saliva, y notó un sabor a hierro y a óxido. Era el sabor de la sangre. Notaba su cuerpo diferente, tenía la sensación de poder escucharlo todo, de poder ver con vasta claridad. Escuchaba el sonido de cada hoja, luchando por desprenderse de la ramita que le había dado la vida. Como si ya no encontrase razón para permanecer, como si fuese consciente de que su tiempo se había agotado. Escuchaba también el silbido del aire, mientras la hoja se deslizaba hacia el suelo con elegante tristeza. Sus ojos grises miraban con cautela y con asombro a su alrededor. Volteó hacia arriba la palma de su mano; tenía una herida que había dejado de sangrar, que podía verse tras el agujero de su guante roto. Levantó la vista, y recordó que el día estaba gris cuando llegó, pero aún era de día, sin embargo parecía que llevaba horas allí tendida en medio del camposanto, puesto que el cielo ya comenzaba a alzarse oscuro, amenazante con dejarla a oscuras. Se puso en pie, y se sacudió las hojas que habían quedado enredadas en su pelo, y adheridas a su traje. Se apresuró en voltearse para mirar la lápida por última vez antes de marcharse.
EL agua de la bañera se tornó marrón, resultado de la tierra y la sangre que permanecía cohagulada en las heridas de sus brazos. Cuando salió de la tina, se miró al espejo empañado y con la palma de su mano acarició su nebuloso reflejo para eliminar el vaho. Necesitaba mirarse a los ojos para comprobar que seguía ahí. Sus pupilas parecían más grandes que nunca, y casi impedían ver el bonito tono grisáceo que tanto le gustaba. Se percató sin esfuerzo de que en su cuello había una herida. No le dolía, y parecía estar cerrándose con rapidez. Era una mordida. Quizá de algún murciélago, o alguna rata. Una voz femenina interrumpió sus pensamientos de forma brusca. Era su hermana, que vivía con ella y la avisaba para cenar. Hasta entonces no se había percatado de que no había comido en todo el día, pero lo cierto era que no tenía hambre. Así que se disculpó con su hermana, y se metió en la cama. Encendió la vela de su mesa de noche, y la observó consumirse en silencio. Escuchaba con total claridad el sonido del esperma, mientras se derretía con cautela y empezaba a escurrirse vela abajo. Todo iba hacia abajo.
Era plena madrugada cuando un sonido apabullante la despertó. Notó un ardor en su interior que la hizo asustarse. Era hambre, un hambre voraz. Un hambre de locos. Y de repente echó de menos el sabor óxido y metálico de la sangre. Se atavió con su fina bata de cama y se dirigió a la ventana. Se detuvo en seco al pasar por delante del tocador. De repente un pánico paralizante se apoderó de ella, Se encontraba de lado frente al gran espejo. Volteó lentamente la cabeza para tratar de encontrar su reflejo en él, pero estaba vez no hubo mirada con la que encontrarse. Su otra yo, no estaba ahí. Presa de su terror descendió las escaleras lo más rápido que pudo, abrió la puerta y salió a la calle. Vacía, muda para cualquier mortal. Y de repente lo recordó todo.
Aquél cabello largo, aquellas facciones perfectamente delineadas, rectas y escuálidas, aquella voz limpia, que danzaba dulcemente en sus oídos. Aquella esbelta figura masculina, que parecía haber salido de otra época, se había abalanzado sobre su cuerpo tendido, que lloraba sobre el sepulcro del hombre al que su corazón tanto daño con su ausencia le había hecho. Tapó su boca con su gélida mano, y la miró a los ojos. En ellos veía su tristeza, su belleza. Y la belleza que a su vez había en su tristeza. Y pensó que eso era algo merecedor de ser inmortal, una lúgrube hermosura que vagaría por el mundo conviviendo con sus demonios para toda la eternidad, si así lo deseaba ella. De modo que quitó suavemente la mano de sus labios y la descendió a su mentón. Le alzó la vista y le propuso su pensamiento. Ella no opuso resistencia, al fin y al cabo, ya parecía estar muerta en vida, y a juicio del vampiro, el concepto opuesto, estar viva aún cuando hubiera muerto, era mucho más atrayente. Recordó cómo su mirada fue ocultándose bajo su cara, y lo fríos que estaban sus labios. Y recordó además que no la mordió directamente, sino que besó su cuello despaciosamente, con deleite. Y sintió cómo su sexo se encendía, tras tantos años de anhelo después de la muerte de su amado. Su lengua se paseó a la par que sus húmedos y glaciales labios, y ella lloraba de deseo. Fue tanta la excitación, y el sobrecogimiento del momento, que se desmayó en sus brazos.
Y allí estaba ella, sin darse cuenta de que había empezado a llover y su cuerpo casi desnudo estaba empapado e inmóvil en medio de la calle. Levantó la vista y le vió a unos metros frente a ella. La lluvia le molestaba en los ojos, y debía bajar la mirada y pestañear con continuidad. Pero sabía que aquella efigie oscura, era él.
El sonido de la lluvia al estrellarse contra las piedras que formaban la calle era casi adormecedor. Repetitivo, era un sonido que le inhundaba el alma. En el caso de que aún poseyera una. Pero el sonido se vio interrumpido cuando la voz de aquél Ser la llamó por su nombre.
- « Lucielle »...
jueves, 9 de abril de 2015
Locke.
Estaba sediento. Caminaba espectante por aquél callejón andrajoso y mugriento mientras alzaba la cabeza intentando captar algún aroma apetecible. Las últimas noches sólo se había alimentado de condenados a muerte, apestosos y enfermos pobladores de clase baja. No esperaba encontrar algo mucho mejor por aquella zona, pero al menos tenía la esperanza de acabar con aquella sed que lo estaba matando. Locke había sido hijo de duques hacía ya muchísimos años. Unos cien al menos y ciento sesenta como máximo. Vestía un abrigo negro que le llegaba a mitad de los muslos, una camisa blanca de cuello almidonado que portaba un lazo voluminoso y unos pantalones negros medio cubiertos por unas botas de piel. Su cabello era largo y oscuro, recogido por una coleta baja hecha con una cinta de raso. De tez pálida y mejillas pronunciadas, ojos grises y nariz perfecta. Era alto y tenía un caminar elegante que iba a tono con su personalidad. Tenía la mirada tan profunda que los que se cruzaban con él durante la noche no eran capaz de mantenerle la mirada por más de dos segundos. Y más les valía no hacerlo y rehuirle todo lo posible, pues no aguantaba desafíos de ningún tipo.
Las calles empedradas estaban empapadas, pues no había parado de llover en varias horas. El chapotear de su caminar hacía eco en la noche fría y negra. De repente, un aroma dulce y fresco captó la atención de Locke. Siguió caminando lentamente por el callejón, pero ansioso e interesado en aquél aroma. Giró la esquina que le obligaba a rotar a la derecha y se percató de que esa calle estaba tenuemente iluminada por una luz amarillenta. Descendiente de una ventana en lo alto de una de las viviendas. El vampiro se paró en seco frente a la luz y miró hacia arriba. Sin duda el olor procedía de allí. Flexionó levemente las rodillas y de un salto se agarró a la cornisa del segundo piso. Con cautela miró el interior de la habitación que estaba iluminada por un candelabro con cinco velas a punto de consumirse. A pesar de que la estancia daba una apariencia completamente zarrapastrosa, había algo en el ambiente que olía exquisitamente bien y que le impulsaba a seguir allí colgado, en busca de su procedencia.
En el lado izquierdo del aposento había un camastro de madera y, sobre éste, una mujer que dormía plácidamente. Sin duda aquella fragancia era ella. Sigilosamente abrió la ventana y entró, con suerte ella dormía de un modo profundo y parecía que nada podía perturbar sus sueños. Se acercó a ella lentamente, pese a que debido a sus habilidades y a su desesperada sed, pudo haberse abalanzado sobre ella sin tan siquiera despertarla. Disfrutaba del perfume de su sangre mientras la contemplaba; una sábana cubría sólo su torso, mientras que el resto del cuerpo yacía desnudo. Su larga melena dorada trazaba caminos sobre la almohada e, incluso algún mechón colgaba fuera de la cama. Tenía unas pestañas largas y una piel blanquecina de mejillas sonrosadas. Locke hubiera jurado que su piel era tan suave como una nube, y se atrevió a acariciar su cara de una manera muy dócil. No se equivocaba. Debía tener unos veinte años. Por un momento sintió deseos de retirarle la sábana para contemplar su cuerpo desnudo. Hacía más de un siglo que su apetito sexual había desaparecido, no sentía atracción física por las mujeres y creía por perdida su virilidad en el ámbito carnal. Sacudió su cabeza intentando despejar esa idea, tan absurda como el hecho de estar allí de pie frente a su tan ansiada comida de la noche. El anhelo de beber de aquella sangre batallaba con la idea de no querer matarla. Tal vez si bebía sólo hasta cierto punto y luego le ofrecía su sangre a cambio de no dejarla morir, la convertiría inexcusablemente en su compañera eterna. Se inclinó hacia su cuello y deseó poder parar cuando fuese el momento para no acabar con su vida.
Con dulzura hincó sus colmillos en su cuello. Ella hizo el amago de despertarse y se movió un poco de forma aquejada, pero siguió durmiendo mientras Locke disfrutaba de su sabor. Aquella ternura con la que absorvía su delicioso plasma fue convirtiéndose en cuestión de segundos en un apetito voraz. Comenzó a perder el control de sí mismo y aún siendo consciente de ello, no podía parar. Su instinto animal le obligó a beber de ella hasta la última gota, a engullirla sin piedad. Cuando de ella ya emanaba sólo muerte, despegó su boda de su cuello con lentitud, empezando a sentirse débil y fracasado. De repente una tristeza invadió su corazón, que había dejado de latir hacía ya muchísimo tiempo. Cerró los ojos con fuerza. La luz que desprendía aquella muchacha cuando entró en su habitáculo, había desaparecido por su culpa. Intentó mantener la mente fría de nuevo, pues en todos sus años de cacería nunca sintió el más mínimo remordimiento. Y había bebido de toda clase de personas de cualquier edad, incluso de bebés.
Quizás aquella sensación le advertía de que debía buscar un compañero, o una compañera. Para conversar y compartir la eternidad, aunque él siempre había considerado que hablar estaba sobrevalorado, pero empezaba a sentirse vacío. Vagaba sin rumbo por el mundo con el único cometido de alimentarse y satisfacer sus necesidades hasta la siguiente noche.
Cuando abrió los ojos, ya la habitación estaba oscura. Las velas se habían consumido y a través de la ventana sólo había oscuridad. El sabía lo que eso significaba; estaba a punto de amanecer. Cerró la persiana y corrió las cortinas con sutileza. Se dirigió hasta la cama y se recostó junto al cuerpo de la mujer. La abrazó como en tiempos pasados había abrazado a su mujer, Isabella. Ella murió de cólera unos años antes de que él se transformase en lo que era.
Abrazó el cuerpo sin vida con fuerza y lo acogió en su pecho. Era extraño... ninguno de los dos corazones latía. Cerró los ojos y dejó pasar el día, junto a lo que quedaba de ella.
Las calles empedradas estaban empapadas, pues no había parado de llover en varias horas. El chapotear de su caminar hacía eco en la noche fría y negra. De repente, un aroma dulce y fresco captó la atención de Locke. Siguió caminando lentamente por el callejón, pero ansioso e interesado en aquél aroma. Giró la esquina que le obligaba a rotar a la derecha y se percató de que esa calle estaba tenuemente iluminada por una luz amarillenta. Descendiente de una ventana en lo alto de una de las viviendas. El vampiro se paró en seco frente a la luz y miró hacia arriba. Sin duda el olor procedía de allí. Flexionó levemente las rodillas y de un salto se agarró a la cornisa del segundo piso. Con cautela miró el interior de la habitación que estaba iluminada por un candelabro con cinco velas a punto de consumirse. A pesar de que la estancia daba una apariencia completamente zarrapastrosa, había algo en el ambiente que olía exquisitamente bien y que le impulsaba a seguir allí colgado, en busca de su procedencia.
En el lado izquierdo del aposento había un camastro de madera y, sobre éste, una mujer que dormía plácidamente. Sin duda aquella fragancia era ella. Sigilosamente abrió la ventana y entró, con suerte ella dormía de un modo profundo y parecía que nada podía perturbar sus sueños. Se acercó a ella lentamente, pese a que debido a sus habilidades y a su desesperada sed, pudo haberse abalanzado sobre ella sin tan siquiera despertarla. Disfrutaba del perfume de su sangre mientras la contemplaba; una sábana cubría sólo su torso, mientras que el resto del cuerpo yacía desnudo. Su larga melena dorada trazaba caminos sobre la almohada e, incluso algún mechón colgaba fuera de la cama. Tenía unas pestañas largas y una piel blanquecina de mejillas sonrosadas. Locke hubiera jurado que su piel era tan suave como una nube, y se atrevió a acariciar su cara de una manera muy dócil. No se equivocaba. Debía tener unos veinte años. Por un momento sintió deseos de retirarle la sábana para contemplar su cuerpo desnudo. Hacía más de un siglo que su apetito sexual había desaparecido, no sentía atracción física por las mujeres y creía por perdida su virilidad en el ámbito carnal. Sacudió su cabeza intentando despejar esa idea, tan absurda como el hecho de estar allí de pie frente a su tan ansiada comida de la noche. El anhelo de beber de aquella sangre batallaba con la idea de no querer matarla. Tal vez si bebía sólo hasta cierto punto y luego le ofrecía su sangre a cambio de no dejarla morir, la convertiría inexcusablemente en su compañera eterna. Se inclinó hacia su cuello y deseó poder parar cuando fuese el momento para no acabar con su vida.
Con dulzura hincó sus colmillos en su cuello. Ella hizo el amago de despertarse y se movió un poco de forma aquejada, pero siguió durmiendo mientras Locke disfrutaba de su sabor. Aquella ternura con la que absorvía su delicioso plasma fue convirtiéndose en cuestión de segundos en un apetito voraz. Comenzó a perder el control de sí mismo y aún siendo consciente de ello, no podía parar. Su instinto animal le obligó a beber de ella hasta la última gota, a engullirla sin piedad. Cuando de ella ya emanaba sólo muerte, despegó su boda de su cuello con lentitud, empezando a sentirse débil y fracasado. De repente una tristeza invadió su corazón, que había dejado de latir hacía ya muchísimo tiempo. Cerró los ojos con fuerza. La luz que desprendía aquella muchacha cuando entró en su habitáculo, había desaparecido por su culpa. Intentó mantener la mente fría de nuevo, pues en todos sus años de cacería nunca sintió el más mínimo remordimiento. Y había bebido de toda clase de personas de cualquier edad, incluso de bebés.
Quizás aquella sensación le advertía de que debía buscar un compañero, o una compañera. Para conversar y compartir la eternidad, aunque él siempre había considerado que hablar estaba sobrevalorado, pero empezaba a sentirse vacío. Vagaba sin rumbo por el mundo con el único cometido de alimentarse y satisfacer sus necesidades hasta la siguiente noche.
Cuando abrió los ojos, ya la habitación estaba oscura. Las velas se habían consumido y a través de la ventana sólo había oscuridad. El sabía lo que eso significaba; estaba a punto de amanecer. Cerró la persiana y corrió las cortinas con sutileza. Se dirigió hasta la cama y se recostó junto al cuerpo de la mujer. La abrazó como en tiempos pasados había abrazado a su mujer, Isabella. Ella murió de cólera unos años antes de que él se transformase en lo que era.
Abrazó el cuerpo sin vida con fuerza y lo acogió en su pecho. Era extraño... ninguno de los dos corazones latía. Cerró los ojos y dejó pasar el día, junto a lo que quedaba de ella.
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