Sugerencia

..................................................................................Recomiendo leer mientras se escucha la música que dejo en cada entrada..................................................................................
...................................................................................................................Advierto que tanto escribo elegante como soez....................................................................................................................

lunes, 2 de abril de 2018

La bruja

La cabaña era pequeña, pero abarcaba infinitud de posibilidades dentro de distintos tarros. mandrágoras, lavandas, laurel, menta, ruda, verbenas, caléndulas, salvia, romero, e incontables hierbas se hallaban plantadas en una pequeña parcela delimitada por una franja baja de ladrillos. Contiguo a la casa, el jardín de la meiga se encontraba.


En el interior, estantes de madera a juego con el suelo y las paredes, desprendían colores encerrados en cristal. En ellos semillas, hierbas secas, y diferentes mejunjes esperaban ser utilizados en algún ritual. A un lado, extendido sobre el viejo entarimado yacía un saco de patatas sobre el cual la mujer dormía. Un altar con los reinos y los elementos representados; velas consumidas y por consumir por todas partes, y un caldero en el que se cocinaba en aquél momento un guiso que desprendía un olor que envolvía el ambiente de niñez.

La bruja en cuestión, era de apariencia joven y hermosa. Pero así había sido desde hace mucho tiempo. Delicada como las flores que con tanto amor cultivaba. Sus cabellos rubios y rizados ondeaban con la brisa mañanera bajo los fresnos que rodeaban su morada. Sus ojos verdes se tornaban azules frente a las cascadas en las que bailaba bajo la luz de la luna llena. Su cuerpo se tornaba azul grisáceo bajo su plateada Madre, y ella sonreía, feliz de existir.



Se dejaba acompañar por los animales del bosque; les escuchaba pensar y se comunicaba con ellos por medio de su mente. Mediante largos abrazos a los árboles, cargaba su energía a la par que escuchaba los pensamientos de éstos, cuya apariencia era silente y estoica ante el tiempo.

Rara vez tenía contacto con seres humanos, pues hasta su cabaña sólo llegaban aquéllos que cargaban un profundo dolor que requería un sanamiento milagroso. Era como una llamada silenciosa para las almas heridas; aunque algunos lo llamarían casualidad.



Mis disculpas a mis lectores por mi ausencia. Por situaciones personales estoy bastante alejada de aquí. Espero poder ponerme al día poco a poco en cuanto tenga ratitos libres. Me paso a dejarles un saludo y unas líneas que espero os gusten.

domingo, 18 de febrero de 2018

Carnales.

Sabía que era mirada traía algo más. Hoy era el día en el que me iban a dar igual las consecuencias de mi desfachatez y liberación.

Tus ojos se clavaron en los míos con una fiereza que nunca antes nos habíamos permitido. Ahí supe que era real y no imaginación mía. Sentí mi palpitar contra la silla y noté cómo me humedecía. Así es; no te hizo falta tocarme para conseguirlo.

Acaricié mi piel desde mis labios color carmín hasta la apertura de mi escote. Te mordiste sutílmente los labios mientras perseguías la trayectoria de mis dedos juguetones. Yo no dejé de mirarte en ningún momento, ni siquiera cuando decidí ponerme en pie e ir hacia ti. Estabas apoyado en la mesa, así que aproximé mi cuerpo al tuyo lo máximo posible, pero no te dejé tocarme. Apartaba tus manos cada vez que estas trataban de sobar mi cuerpo. Esquivé tus labios en algunas ocasiones mientras te desabrochaba la camisa, sin desclavar mis ojos de los tuyos, que ya estaban perdidos y rebosantes de lujuria.

Dejé al descubierto tu torso, y no pude evitar lanzarme a tu cuello. Empecé a lamerlo y darle ligeros mordiscos a medida que tu cabeza se dejaba caer hacia atrás y te escuchaba gemir. Notaba crecer tu hombría a través de tus pantalones, y en un impulso que no pude contener, posé una de mis manos sobre tu dura bragueta. Te estremeciste. Tus rodillas flaquearon un segundo y luego, trataste de envolverme con tus brazos. Una vez más te detuve, soltando tu miembro te agarré para impedir que me tocases. Esta vez sí que accedí a besarte, pero fui yo quien te mordió la boca, la que dirigió las lenguas, el ritmo, la intensidad. Saboreé tu boca y chupé tu lengua mientras tú luchabas por reprimir de nuevo tus impulsos.

Paré. Me arrodillé ante ti, y empecé a desabrocharte con decisión el cinturón y acto seguido, bajé tu bragueta y saqué de tus bóxers tu pene, enhiesto, firme... apetecible. Te miré a los ojos e introduje tu falo en mi boca, empezando a lamerlo, succionarlo y masturbarlo con la mano, previamente salivada, cuando dirigía mi boca hasta tus testículos. El contacto visual te ponía aún más duro. Yo no podía evitar parar, verte así me excitaba de manera sobrenatural. Abrí un poco mis piernas y, apartando a un lado mi tanga, comencé a introducirme uno de mis dedos. De repente jadeábamos los dos.

Al cabo de unos pocos minutos, me detuve y me puse en pie. Ahora sí tenías mi permiso para tocarme, y te lo hice saber sentándome sobre la mesa y abriendo ligeramente las piernas. Me olías. No lo dudaste un instante. Después de rodearme unos segundos la cintura para besarme, desabrochaste mi camisa con poca delicadeza. Sacaste mis pechos por encima de mi sujetador de encaje, y sumergiste tu cabeza en ellos. Chupaste mis pezones haciéndome gemir de placer y dolor, y estrujabas mis pechos con ambas manos, con deleite y frenesí al mismo tiempo. Luego bajaste hasta mi sexo. Abriste mis piernas y, arrancaste el tanga de un sólo tirón. Sonreí, rabiosa de placer. Comenzaste a lamerme y a saborear mis fluidos, a la par que usabas tu maravillosa mano de hombre rudo. La parte externa de tu dedo índice, acariciaba mi clítoris, tu dedo corazón se introducía casi por completo en mi chorreante vagina, y el anular trataba de acariciar la entrada del ano. Tuve mi primer orgasmo en cuestión de minutos, y tú me mirabas con la satisfacción y seguridad que caracteriza a un hombre que se siente hombre. Subiste a mi boca de nuevo. Agarré tu mano y la llevé a mi pelo, haciéndote ver que quería que me lo agarrases fuerte. Eso hiciste. Inclinaste a la fuerza mi cabeza hacia atrás y comenzaste a penetrarme  allí, sobre la mesa. Tu pene estaba caliente y parecía que iba a explotar debido a su tremenda rigidez. Gemimos con las idas y venidas; sentíamos el fluido que nacía de mí empapar la mesa y correr por mis muslos. De repente saliste de mí, y tiraste de mi cuerpo hasta bajarme de la mesa. Me diste la vuelta y subiste mi falda. Me hiciste separar las piernas y reposar mi torso sobre la mesa. Retiraste de tus pantalones el cinturón y lo plegaste a la mitad. Me miraste con una media sonrisa y yo, que te miraba con la cabeza a medio girar, lleve un dedo a mi boca mientras te sonreía y comenzaba a morderlo.

No supe cómo, pero sabías lo que me gustaba, lo que me ponía. Un azote, dos, tres. cuatro. Mis nalgas se enrojecieron, y picaban a la par que dolían. Pero cada vez estaba más y más cachonda. Por el interior de mis muslos bajaban gotas de mi manjar que corroboraban mi disfrute. Me azotaste unas cuantas veces más antes de pegarte a mi cuerpo y embestirme cual semental. Nuestros gemidos inundaron aquél lugar que ahora era nuestro. Luego te recostaste sobre la mesa, y ahora llegaba una de mis partes favoritas. Me puse encima tuyo, y me proclamé tu Hembra mientras te cabalgaba. Mis caderas bailaban sobre las tuyas, y tu pene entraba y salía de mí con la furia con la que yo decidía que lo hiciese. El sudor recorría nuestros cuerpos y nos hacía brillar aún más. Follamos hasta acabar empapados y satisfechos, cuando ya yo había tenido mi segundo orgasmo, saltando sobre tu miembro, sentí tu último empuje de hombría y soltaste tu mayor gemido. Sentí tu caliente líquido salir de mí vagina al tiempo que salía tu pene. Nos sentamos uno al lado del otro, con una respiración acompasada por el cansancio. Nos miramos con una media sonrisa de complacencia y pusimos la vista al frente.

Por supuesto esto no debía volver a repetirse. ¿Verdad?




miércoles, 14 de febrero de 2018

En canal: derrumbe.

No me viste ahí mientras te descubría caer
ante sus encantos de mujer. Pero yo estaba ahí.
Observé desmoronarse mi Utopía de ti,
mi mundo lleno de columnas,
de patios sin techo, de enredaderas;
yo estaba allí. Lo vi todo caer.
El polvo del derrumbe tiño el ambiente gris
y dejé de verte mirarla con los ojos intensos,
con los que en mi mundo me mirabas a mí;
en ese lugar que ahora es escombro y vacío.
Pero no podía olvidarte mirarla. 
Ante mí paseaban tus ojos en otra dirección
y tú no lo sabes, pero yo te vi.
Y leí en tus ojos poemas cargados de lujuria
y de mí la rabia se hizo dueña,
horadándome por dentro.
En silencio.
De repente no fue poco lo que nos separaba
sino que apareció un núcleo brillante digno de tus ojos.
Un belfo donde querías posarte,
un pecho que querías morder, y una voz que ansiabas escuchar.
Y yo; yo estaba ahí. Pero no me viste.
No podía, ni puedo llorar,
pues derecho no tengo a sufrir
por algo que no me fue prometido.
Pero que sepas que me rompí ante ti.
Que no me viste; que era imperceptible.
Pero que yo estaba allí.

lunes, 12 de febrero de 2018

No se ría de nos el tiempo vertiginoso.

Crucemos los dedos esta noche
por si vienen los mirlos
a llevarse cuanto espero.
De mí, de nosotros, de este tiempo
que dice que no se entretiene por nadie,
que nos unamos raudos a sus hilachas
y viajemos apresurados
a ras de suelo y con cuidado,
por si se nos va de las manos y quedamos
compungidos por derramar la vida.

Se dice que plenamente no se vive
en el tiempo en el que se hesita mucho
cuando toca experimentar la vesania
de lo moralmente prohibido.

Yo entrelazaría nuestros dedos
y haría un nudo de ellos,
para así volar unidos y echarle carreras al tiempo;
que no se ría de nosotros, ni nos amenace con la vejez.
Pues a mí no me da miedo,
si hemos sido unos locos transeúntes por esta vida
y nos toca morir arrugados
desternillados y cómplices en una cama
felices de haber vivido.


miércoles, 7 de febrero de 2018

Mi favorita.

-Eres mi mejor cliente. -Me dijo mientras se incorporaba y cogía un cigarrillo. Me invitó. Lo rechacé.- Eres un tío sano, John.

Su voz ronca y su aspecto desgastado delataban una parte importante de su pasado. Le faltaban algunos dientes y tenía poco pelo.

-¿Qué edad tienes, Justine?- Le pregunté, aún desnudo sobre la mugrosa cama.

Llevaba unos años siendo fiel a los servicios de esa misma prostituta, pero pocas veces le había preguntado sobre su vida.

-Tengo quince.- Mascaba el tabaco mientras sonreía burlona. -¿No los aparento?

-Yo te echaba algunos más.- dije sonriéndole.- Unos veinte o así.

-¡Ay, cielo! Ojalá. Tengo cuarenta y tres años mal llevados. No me he tratado muy bien, ¿sabes?- se levantó de la cama y se aproximó al bidé que estaba dentro de la misma habitación. Lo cierto es que el cuchitril daba verdadera lástima.

Miré al techo y suspiré antes de levantarme e ir busca de mis calzoncillos. De reojo miraba a Justine, que se lavaba el coño a la par que fumaba y tarareaba alguna canción que yo desconocía.

-¿Siempre has sido..?

- ¿Puta?- me cortó.- Sí, cielo. Siempre he  sido puta. No tuve madre, y el cabrón de mi padre no hacía otra cosa que zurrarnos a mi hermano y a mí. Una noche, a mis trece o catorce, me largué de casa con un bolso lleno de ropa. Un par de días después, estaba yo sentada en la estación donde dormía y un señor muy refinado y que olía muy bien, me ofreció dinero por chuparle la polla. Y aquí me tienes.

Sacó unas bragas de un cajón, y metió sus escuálidas piernas en cada uno de sus agujeros. Antes de subirlas del todo, se giró hacia mí y me preguntó:

-¿Crees que debería depilármelo?

Me eché a reír. «¡Qué mujer! » pensé. Con el tabaco en los labios, las bragas a medio subir, con aquél cuerpo escuálido y la piel masacrada, preguntándome semejante cosa.

-A mí me gusta así.- Le dije. -Pero si eres más feliz sin tu 'matojo'...

Justine rió.

-Eres mi preferido, John.

lunes, 5 de febrero de 2018

La desnudez real del ser humano.

¿Conoces esa sensación? Todo pasa por delante de ti, y te rodea sin saber que existes. Escuchas los murmullos de la gente, el resonar de los coches, el sonido del viento, que hace que las hojas de los árboles se alboroten, y caigan algunas, rendidas. Esa sensación, cuando ni el olor de un café recién hecho, o el particular aroma del petricor tras una noche de lluvia, provoca en ti el más mínimo estímulo. Cuando el silencio en casa es lo más benévolo de tus días, pues ya ni siquiera escuchas el bisbiseo constante de tus pensamientos. Y al día siguiente, siempre vuelta a empezar. Vuelta a la rutina de la oficina, a la apatía por la vida y a la angustia por cosas que no me concernían ni estaban en mi mano. Llevaba un tiempo sintiéndome así, a diario. Así que un día sin más, me desperté decidida a desconectar del mundo al menos unas horas.

Preparé una mochila con lo justo. Agua, dos manzanas, algo con que hacer fuego, una linterna y un libro. Desempolvé la caseta de campaña y cogí del altillo del armario el saco de dormir. Fui a trabajar esa mañana, y al acabar la jornada, me dirigí al despacho de mi jefe para solicitarle libre el día siguiente. Arranqué con el coche directa hacia el bosque. Me permití disfrutar del camino, deleitándome con el aroma fresco del monte, observando los rayos de sol que se escurrían entre las copas de los árboles, mientras sonaba una mezcla de canciones que acompañaban el ambiente y me hacían el viaje más placentero. Queen, David Bowie, Deep Purple, Pink Floyd... allí sólo estábamos ellos y yo; Yo, tarareando malamente (y destrozando) sus canciones con mi más que pésimo ingles. Una vez arriba, estacioné el vehículo, cogí las cosas y me adentré entre los árboles. 

El sonido de éstos se escuchaba tan diferente allí arriba; los pájaros, el crujir de la madera, el olor del lugar, y el sonido de mis pasos sobre la tierra y las hojas que habían caído. Todo me resultó de repente alentador. Me había cruzado de frente con una pareja de turistas que hacían un sendero y ya descendían. Nos sonreímos y caminamos en sentido opuesto. Al cabo de un rato caminando, de repente vi a Sam. ¿Qué tan descorazonadora coincidencia podría ser aquella? Sam era amigo de mi padre, me llevaba algo de distancia en la edad... quizás unos veinte años. Samuel era un hombre agradable, simple y distante en cierto modo. Era un hombre que desprendía delicadeza tras su mirada abrupta. Y por supuesto, yo me había enamorado de él cuando era adolescente. Dicho enamoramiento me acompañó hasta unos años más tarde, cuando desapareció de mi vida al morir mi padre y mudarme a otra ciudad.

Ya sólo me quedó el Sam de mis pensamientos. Ese señor que a veces se sentaba en la cocina de casa y bebía cerveza negra con mi padre. Reían hasta las tantas de la madrugada tras ver algún partido de fútbol en la televisión. Otras veces salían de pesca al lago, y yo iba con ellos. Me tumbaba bajo los árboles y devoraba algún libro, ausente del mundo. Recuerdo que Sam alguna vez se bromeaba con mi padre sobre mí y mis aficiones "no normales" de una chica de mi edad. Me sonreía a lo lejos a veces, y yo le devolvía la mirada por encima del libro. Era esa clase de persona que de repente, sentado mirando por la ventana, viajaba sin moverse. Le recuerdo abstraído tantas veces, y recuerdo querer irme con él a dondequiera que viajase en su mente.


Era él. Me había reconocido (cómo no), y me dedicó una sonrisa amplia y sincera. Sus ojos tristes se arquearon para mí, y nos apresuramos a darnos un abrazo. Después de unos segundos fugaces de preguntas típicas de reencuentros, y de diversas muestras de cariño, me preguntó que a dónde iba con tanto trasto a las espaldas.


-Voy a acampar por una noche, aún busco el sitio.- Dije sonriendo. Me di cuenta de que seguía sin poder dejar de sonreír cuando le tenía cerca. Era como una droga.

-¿Vas sola? - preguntó sin parecer sorprendido.

-Sí, me apetece desconectar. Si te quieres venir, la tienda es de dos. -Le dije bromeando, con la intención de ver su reacción. Pero para mi sorpresa, asintió emocionado.


Así que el plan había cambiado y, de repente, caminábamos en busca del lugar perfecto. Me sentía tan cómoda con él como años atrás, y en cierto modo, agradecí su compañía. Llegamos casi hasta una ladera, donde las vistas nos dejaron sin respiración. Nos quedamos como idiotas mirando en silencio las montañas, y el hermoso y amplio valle que se formaba entre ellas. La verdosidad y la frescura del lugar era apabullante; era un panorama que deseaba ser contemplado por ojos, que supiesen contemplar.

Colocamos la tienda bajo los árboles que estaban a nuestras espaldas e hicimos un pequeño fuego. Hablamos hasta que oscureció, de la vida, de los años, de mi padre. Me contó que solía venir a caminar por estos lugares a veces, para retirarse de la vida por unas horas. Me contó que nunca llegó a casarse, aunque tiene dos hijas con una mujer maravillosa, con la que tuvo una relación de varios años y de la que, por circunstancias de la vida, se separó. Sus ojos se volvieron aún más tristes, y sentí una fuerte compasión hacia aquél hombre que luchaba por retener el llanto a la par que se agarraba sus propias manos, ásperas por su profesión; rugosas por el paso de los años. Tras un momento de silencio, decidimos entrar en la tienda.

Hacía frío, suficiente para que Sam accediera a meterse conmigo en mi saco de dormir que, por suerte, era lo suficientemente amplio. Nuestros cuerpos estaban pegados, y recuerdo pensar que nunca había tenido su aroma tan cerca. Sentía mi corazón bailar en mi pecho. Me tumbé boca arriba y tomé el libro, que había dejado a mi derecha. Él estaba en silencio, mirando mis movimientos.

-¿Quieres que lea para los dos?- Pregunté con voz suave. Como respuesta obtuve una sonrisa, y empecé a leer. Leía para él. Sam escuchaba, con su cuerpo recostado de lado y su cara, arrugada y afable, apoyada sobre su mano. A las pocas páginas, se acurrucó entre mi hombro y mi pecho, y miraba en silencio las páginas del libro. Le rodeé con el brazo, y mientras seguía leyéndole, acariciaba suavemente su cara.

Al cabo de un rato, me di cuenta de que se había dejado dormir. Y de repente, ahí, dormido sobre mi pecho, le sentí como niño. Indefenso. Vulnerable. Puro. Ya no tenía fachada; sólo era él. Y no tengo palabras para describir lo que sentí por aquél hombre en aquél momento. Pero creo que nunca sentido aquello por nadie. En toda mi vida. Continué acariciándole y disfruté, contemplándole, de aquella fusión de amor, congoja, melancolía y compasión. Sentía que en aquél momento le estaba protegiendo de sus propios fantasmas.

Sketches de anoche.

martes, 19 de diciembre de 2017

.aicnesuA

Qué vacío se ha quedado todo,
qué silencio más roto desprenden 
sin más estas frías paredes.
Te llevaste todo contigo,
la inspiración, las ganas, tu olor.

Y de repente me veo aquí,
sentada en el suelo mirando a la nada,
con los ojos resecos
y la angustia de la resignación
columpiándose en mi pecho.