Sugerencia

..................................................................................Recomiendo leer mientras se escucha la música que dejo en cada entrada..................................................................................
...................................................................................................................Advierto que tanto escribo elegante como soez....................................................................................................................

martes, 14 de noviembre de 2017

A mi retoño.

Te quise tantísimo
con todo lo que yo era, e incluso
con más, pues me inventé para ti.

Era capaz de acariciarte con la mirada
y acurrucarte cual caudal al agua de un río;
y éramos un fluir constante, un fluir en caudal.

Te quise tantísimo
soñé con un mundo para ti
que ya no disfrutarás.

Te cantaba en voz baja
con la esperanza de que me oyeses
y de que me quisieses también.

Te quise tantísimo
antes de conocerte
y de saber que existías.

Imaginaba lo difícil que sería
pero aún así no podía imaginar
ahora ya mi vida sin ti.

Te quise tantísimo
que dejé de sentirme sola
en aquellas noches interminables.

De repente éramos dos en un mismo cuerpo
amándonos mutuamente
y mis manos, sin tocarte, te acariciaban.

Te quise tantísimo
que aquella mañana
parte de mí se fue contigo.

Y no regresaría más,
pues en el Universo desde entonces
brillas con el pedacito que de mí te llevaste.

Te quise tantísimo
que no pude sentirme más sola
que cuando te marchaste.



Siempre te quiero.
Siempre estás conmigo.
Mamá te recuerda siempre.


lunes, 6 de noviembre de 2017

Llantos de noviembre.

Se había puesto encima mío, con la intención de acabar.

Empujaba con frenesí mis adentros y le sentía jadear cada vez más fuerte. Le conocía perfectamente, y sabía cuándo era el momento. Unos segundos antes, de repente, sentí una sensación de congoja que me hizo empezar a llorar. Él no parecía darse cuenta, y mientras seguía embistiéndome y gimiendo, yo lloraba con los labios apretados, sin saber por qué. Juro que no lo sabía, ni lo sé a día de hoy. Pero no quiero adelantarme.

Se corrió. Salió de mi interior y, sin mirarme tan siquiera a la cara, se sentó por su lado de la cama mientras miraba al suelo en busca de sus calzoncillos. Yo seguía llorando, pero no quería que él se diera cuenta. Así que me incorporé despacio cerrando con cuidado las piernas, pues los abductores me dolían. Me fui al baño con la ropa en la mano; ropa que fui encontrando por el suelo. Allí me vestí y me miré al espejo. Tenía los ojos hinchados y aún caían lágrimas por mi rostro. "Puta asquerosa", me dije mirándome a los ojos. Sentía una especie de furia entremezclada con vergüenza, y apenas podía sostenerme la mirada a mí misma frente al espejo. Me lavé el rostro y decidí pintarme los labios antes de salir del baño.

En la sala cogí mi mochila y me dirigí al dormitorio para despedirme de David. Le vi de espaldas en la terraza, fumando un cigarro en calzoncillos, y decidí marcharme sin decir nada y sin hacer ruido. Poco importaba una despedida en aquél momento.

Caminé casi un kilómetro hasta la parada de autobús y allí esperé cinco minutos hasta subir a mi línea. En el camino me había dado cuenta de que no me había aseado mis partes íntimas después del sexo, y tenía una sensación más que desagradable entre las piernas, y notaba el olor traspasar los pantalones. Deseaba que nadie se diese cuenta de ello. El autobús iba bastante concurrido de gente, pero aún quedaba dos o tres pares de asientos libres, así que escogí el que más al fondo estaba, y me senté junto a la ventanilla. Percibí que una señora mayor me miraba con repugnancia desde el lado opuesto, y pensé que quizás me había olido. Sentí vergüenza y frustración. De repente quise llorar otra vez. Saqué de mi mochila las gafas de sol, aunque el día estaba más bien nublado, y me las puse para llorar tras ellas. Cinco o seis paradas más alante, subió un hombre que decidió sentarse a mi lado. No le puse demasiada atención pero, de repente me dí cuenta de que me miraba por encima del hombro. "Joder, no...", pensé. "Me está oliendo. Está oliéndome". Cerré mis piernas aún más, apretándolas lo máximo posible, para intentar que el olor escapase.

A la par, trataba de disimular que lloraba, y no veía el momento de llegar a casa. El señor no dejaba de mirarme y, de repente, incorporó un poco su pelvis e introdujo la mano en su bolsillo derecho. Yo le miraba de reojo tras las gafas. Sacó un pañuelo de tela, impolutamente doblado, y me lo ofreció. Lo cogí, y vi que tenía bordadas unas iniciales. "A.B.". Le dí las gracias y me sequé las lágrimas. Él no dijo nada y se limitó a mirar hacia adelante todo el trayecto hasta que, tras unas paradas más, tras dedicarme una sonrisa al levantarse del asiento, se bajó del autobús.

Miré el pañuelo. "Debí habérselo devuelto".

Llegué a casa quince minutos después. Ya había empezado a anochecer. Saludé a mi perro y me dirigí al cuarto de baño, desropándome por el camino. Las bragas estaban empapadas. Llené la bañera e incorporé un trozo de bomba de espumas de olor a frutos del bosque. El agua en la bañera se tiñó de azul.  Encendí unas velas y apagué la luz.

La sensación del agua caliente envolviendo mi cuerpo era casi más placentera que el sexo de hacía unas horas. De repente me acordé de David. Ni siquiera me había mandado un mensaje desde que me marché de su casa. ¿Qué podía esperar? Al fin y al cabo, no éramos nada. Sólo follábamos de vez en cuando y discutíamos alguna vez. A veces las discusiones eran mejores que el sexo. A veces iban ambas cosas juntas. "¿Qué más da?", pensé. Y pasé mis manos por mis brazos, frotándolos suavemente. Me sentía un poco menos sucia ahora que no olía a sexo. Las palabras de mi abuela resonaban una y otra vez en mi cabeza... "Una mujer se hace respetar". Si estuviera viva y supiese lo que estoy haciendo, probablemente me diría que soy una zorra. Y no le quitaría la razón.

Pensaba en David, en que quizás él también tenía sus demonios. Pensaba en el hombre del pañuelo, en "A.B.". Pensaba en la señora que me miraba con desaprobación. Pensaba en mi propio reflejo en aquél cuarto de baño deprimente. Y decidí sumergirme y despejar mis pensamientos. Mi perro me miraba desde la puerta del baño con expresión impasible. Empezó a llover, y en la vidriera de la ventana se veían escurrir las gotas.

Me sequé y me vestí con un pijama raído al que tenía mucho cariño. Recogí la ropa que había ido dejando por el suelo, decidiendo firmemente tirar las bragas a la basura. Tal cual estaban. Me dirigí a la nevera y cogí una cerveza, lo cual no iba acorde en absoluto con el ambiente frío que hacía, pero me daba igual. Me apetecía. Me senté en el sofá, junto a mi perro y, mientras pegaba el primer "buche" a la botella, encendí el televisor.

Mi teléfono seguía sin tener notificaciones. Y decidí que, por esa noche, me diese igual.


lunes, 2 de octubre de 2017

«🖤»

Hacen falta tantos corazones a día de hoy, que voy yo y me los invento.

«La batata romántica». J.A.
 
Hoy sólo me apetece pasarme a compartir una foto, bajo un profundo sentimiento de anhelo. Pensaba hacer una reflexión breve sobre la falta de empatía, no a modo de relato, ni de poema.. sino algo crudo y rasgado. Realidad en forma de palabras. 

Pero creo que ni siquiera es necesario, ya que a día de hoy son pocos los corazones que realmente se llenan amando, y no es necesario que yo os lo diga. Y no me refiero únicamente al plano romántico; sino al respetar y querer a casi cualquier persona. Es algo maravilloso, es algo que pocos hacen. Es algo mágico.

Anoche me dormí triste y hoy de repente, en el "cuarto de las papas", me encontré esta maravillosa batata, a la cual una conocida mía bautizó como "la batata romántica". Los que me conocen saben que trato de buscarle el lado artístico a todo pero esta vez no fue necesario buscar nada. 

¡Menuda cosa bonita! 

La vida está llena de estas pequeñas cosas, y ojalá la mayoría fuera consciente de ellas y capaz de mirarlas con los ojos del alma.

Qué distinto sería todo, si todos quisiéramos.

lunes, 25 de septiembre de 2017

«En canal: Dolor.»

Quién me mandaría a mí a guardar nuestro hilo.

No he tenido peor idea esta noche que abrir nuestra conversación, esa que hace tanto que no se actualiza. Esa que lleva ahí desde el comienzo.

Nos he leído, X.

Nos he leído con lágrimas en los ojos y una congoja insoportable en el pecho;
un nudo en la garganta que no me deja gritarte cuánto te echo de menos;
un nudo en los dedos que no me permite escribirte un mensaje a estas horas de la noche.
Uno que diga las cosas que no me atreví a decir, uno que diga cuánta falta me haces aún a día de hoy.
Uno que responda a las preguntas ocultas entre tus líneas, y que no vi en aquél momento.

Pero sé que ya es tarde, X. Sé que ya soy invisible, sé que ya no formo parte de tu pensamiento.
Sé que me esfumé poco a poco cuando nos alejamos. Pero tú sigues aquí, y esta noche he cometido el error de mirar a los ojos nuestro pasado. Y ahora no quiero vivir así.

No puedo acostumbrarme a vivir en un mundo en el que yo ya no existo para ti.

Ahora tengo el corazón encogido, a punto de explotar. Hoy hago honor a mi nombre.
Más que nunca, y malditos seamos, X.

Opto por la vía cobarde, y te escribo aquí algo que nunca leerás. Y que si lo haces, no sabrás que eres tú. Pues para nada tu nombre es X. Ocho fases lunares atrás te encuentras inerte en mi pensamiento, a cuál más bonita crezca en este otoño.

Cuánto me cuesta dejarte ir,
cuánto me duele aferrarme al pasado.

Y es que no sé qué me dolerá más;
si retener o soltar.

Esta noche me embriaga la tristeza de nuevo y, la nostalgia por tus palabras se hace presente apuñalándome el pecho y gritándome lo imposible de nosotros.

Si tan sólo pudieras dejar de doler.



sábado, 16 de septiembre de 2017

No me beses en la boca.

"Parece mentira que se haya echado a llover de repente de esta manera, y yo tan lejos de un techo", pensé. Cogí mi bolso y lo coloqué estratégicamente sobre mi cabeza mientras caminaba a pasos largos por aquella avenida desamparada. No se veía nada, entre lo gris del día y la cortina de agua que envolvía el espacio. Los coches pasaban sin cuidado por la carretera y, más de uno me bañó completa. De repente, escuché que un coche se paró a mi lado e hizo sonar el claxon. Me giré y, tras entornar los ojos y poner mi mano a modo de visera playera, conseguí divisar el vehículo de Roberto. Corrí hacia él y me subí, advirtiéndole enseguida que le iba a mojar todo el asiento, pues estaba entera para torcer y tender. Él rió y bromeando me dijo que entonces bajara. Acto seguido, se reincorporó al carril.


-¿A dónde ibas con este tiempo, alma de cántaro?

-Cuando salí de casa no había una nube en el cielo. Acabo de salir de una entrevista, y daba un paseo antes de tomar el bus para ir a casa, y ya ves. En medio del paseo empezó el diluvio.

-Pobre Antonieta... -dijo en tono burlón.

-¡No me llames así!- dije intentando parecer molesta bajo una sonrisa de oreja a oreja y le daba una palma inofensiva en el muslo.

-Vale, Toni. Estamos casi llegando a mi casa, te quedas a comer, te dejo alguna muda mía, y luego te alcanzo a tu casa. ¿Te parece?

-Me has hecho el plan del día, ¡menos mal!, porque no tenía ninguno.- Dije sarcástica.

-Tengo lasaña para comer...


Ambos reímos. Roberto era mayor que yo, y aunque no teníamos una amistad como tal, sí que nos llevábamos muy bien y siempre había complicidad entre nosotros. Me gustaba su compañía, me relajaba.


No tardamos en llegar a su piso. Roberto aparcó el coche y ambos salimos, a la cuenta de tres, corriendo de él hacia el portal del edificio. Su casa desprendía un olor fresco y era más luminosa de lo que había imaginado. Me quedé en el recibidor para no mojar más de la cuenta el suelo. Me descalcé, vi que tenía arrugados incluso los dedos de los pies y eché a reír. Me saqué el abrigo y recogí mi pelo en un bollo alto desenfadado, de estos que me hago a diario para estar por casa. Roberto apareció por el pasillo con una camiseta azul y un pantalón corto de deporte.


-No tengo pantalones que te valgan bien, esto es lo único que tengo.

-Está bien, no te preocupes.


Cogí las prendas y me fui al cuarto de baño para cambiarme. Dudé si la camiseta me serviría, pues él era más delgado que yo. Bastante más, diría. Finalmente tras luchar un poco, entré en la ropa. Aunque quedé marcada por todas partes debido a lo apretada que me quedaba. Salí sonrojada y escuché tenue música en el salón. Caminé descalza en silencio, escuchando la música en busca de Roberto. Reconocía la canción; me encantaba. "No me beses en la boca", de Kutxi Romero. Finalmente a mano izquierda encontré la cocina y allí estaba de espaldas él, mirando dos botellas de vino. Me apoyé en el marco de la puerta y puse mi mano en la cintura.


-¿Buscas el más barato?


Roberto se asustó y dio un brinco que luego trató de disimular. Sonrió.


-Claro, ¿crees acaso que voy a abrir un vino caro para ti? -se paró a mirarme de arriba a abajo y puntualizó-; no parece mi ropa en ti. Ni pareces tú. -Levantó ambas botellas- ¿tinto o blanco?

-Tinto. Pero no es necesario que...

-Eres de las mías.- Interrumpió mientras sacaba dos copas y se dirigía con todo al salón. - Aún es temprano para almorzar, vente para "acá".


Nos sentamos en el sofá, con la música de fondo y la voz rota de Kutxi nos hacía los ecos llenando los espacios en los que dejábamos de hablar para beber o para mirarnos.


Allí sentada a su lado, con su ropa, con su vino, con una música que ahora sería suya también, de repente por un segundo, también me sentí de él. Tenía la sensación de que quería rozarme, de que quería acercarse a mí y besarme mientras sostenía mi rostro en su mano libre.  Me sorprendí a mí misma deseando que lo hiciese.


jueves, 14 de septiembre de 2017

Si lo entendieras.

Si lo entendieras... 

Si no hiciese falta rozarte los dedos de manera despistada, 
o agarrarte el rostro entre mis manos mientras mi mirada no para quieta por tu cara. 

Si no hiciese falta besarte en cada pestañeo que te dedico, 
o susurrarte al oído mis más sentidos deseos contigo. 

Si no hiciese falta disimularlo, 
si no hiciese falta hacerse viejo para llevar ventaja. 

Si entendieras cuánto eres, cuánto significas para mí. Si lo supieras... 

Si supieras que tu mirada es un océano repleto de sueños por soñar 
y de anhelos que ahora son alcanzables. 

Si supieras que ansío sumergirme contigo en el caos de tu existir. 
Si supieras que quiero existir contigo, porque sin ti ya nada tiene sentido para mí. 

Eres mi salvavidas.

domingo, 10 de septiembre de 2017

Tomemos algo.

El aleteo constante de un alma viviente
traspasa los ecos de la distancia
con decisión y savia.

Que nada se viene solo
a este nido de ruinas
sin un aire de esperanza.

Y una vez aquí
hay que plantarse, denodado,
con certezas claras.

Y está la parte no tan buena,
que es la que te contarán sinceros
los ojos tristes que aquí te encuentres.