Sugerencia

Recomiendo leer mientras se escucha la música que dejo en cada entrada. De esta manera podrás estar más cerca de mi piel.

viernes, 8 de diciembre de 2017

Historias de una mujer loca que imaginaba vidas llenas de amor frustrado.

      Necesito hacerlo ya, mi alma y mi cuerpo me lo piden. Llevo mucho tiempo ignorándoles, a sabiendas que tienen razón. Así que hoy es el mejor día para dejar atrás.


      Me enamoré. Y sabía que no estaba bien, que no era correcto hacerlo así, de alguien sin ningún motivo. Me obsesioné, fui humana, y me dejé llevar por las absurdeces que mi imaginativa mente me susurraba cada vez que le veía. Y ¿quién es él? Ni siquiera le conozco y ya nos imaginaba juntos viviendo millones de experiencias. 


      Lo imaginé todo, lo juro. Hasta el más mínimo detalle, hasta el hilo que sobresalía de tu camisa blanca, esa que mi mente confeccionó para ti. Imaginé el olor de tu piel más de cerca, y sentía erizárseme el vello de mi cuerpo. Te veía en la orilla de la playa mirando el horizonte, mientras tus ojos enfadados se hacían aún más pequeños a medida que tus comisuras se arqueaban felices. Me imaginé hiendo hacia ti y abrazándote por la espalda, me imaginé siendo la persona más feliz del Universo.  Sintiéndome plena, exhausta de tanta felicidad.

      Imaginé los despertares a tu lado bajo unas sábanas blancas,  donde nos refugiábamos desnudos del refrescar de la noche. Te quise tanto mientras dormías. Nos imaginé en la terraza del centro comercial, ese que tiene vistas al auditorio y a ese lugar que tanto me encanta. Te imaginé besándome cuando los pocos transeúntes estaban despistados. Nos imaginé un poco más abajo, sentados en el lugar del que antes hablaba. Mirando el mar romper con bravura en las rocas, mientras yo dibujaba y tú, simplemente estabas. 

      También viví discusiones contigo, oh sí. Y de las fuertes, de las buenas. De las que te dan ganas de marcharte de un portazo; y creo que alguna vez lo hiciste. Te marchaste y yo no quise tan siquiera retenerte. Pero cuando llegaste por la noche encontraste la casa iluminada por velas, y una cena que pedía a gritos tu perdón te esperaba en el comedor. Te recibí con un suave beso en los labios y un abrazo del que siempre me acordaré. En otras ocasiones eras tú quien me pedía disculpas, y también era maravilloso. 

      Nos divisé parando en aquél mirador en una noche de luna llena, y desde allí mirábamos su reflejo en el mar y nos tomábamos alguna foto que jamás compartiríamos.  Te imaginé enamorado. 

      Nos imaginé coincidiendo en algún sendero, y continuándolo juntos. Algo así como la vida, pero bajo las hojas. Reíamos juntos y nos contábamos vivencias mientras ninguno quería llegar al fin del camino. También tomamos fotos esa mañana, y también serían secretas. Nos imaginé acampando de casualidad a los dos solos, en la intemperie. Y por supuesto esa noche la hoguera no fue el único fuego que se encendió entre nosotros.

      Me imaginé en tu sofá tomando vino contigo, mientras hablábamos despreocupadamente de intereses comunes, y el tiempo corría apresurado por separarnos. Nos imaginé haciendo el amor en ese sofá, mientras llovía fuerte y la iluminación de la sala era cortesía de los relámpagos feroces que nos regalaba el cielo. 

      Nos imaginé haciendo arte juntos, en un mismo lienzo, en un mismo tiempo. Te imaginé a mis espaldas besándome el cuello y riendo. Susurrando cual hombre travieso. Y yo reía contigo, ¡vaya si reía! Nunca antes me escuché reír así.

      También nos imaginé en silencio sentados el uno al lado del otro, con lágrimas en los ojos. Hablando de lo imposible de lo nuestro, de que todo era una locura, de que no podía ser; de que debía acabarse. Y nos imaginé estando de acuerdo, llorando. Y yo me levantaba tras un rato en silencio mientras las gotas de lluvia descendían tristes en la ventana, me dirigía a la puerta y me vestía el abrigo que había colgado en tu perchero, a la izquierda de la puerta. Me giré para despedirme, y vi que también en tus ojos quedaban resquicios de lágrimas. Recuerdo abrazarte con todas mis fuerzas, y te sentí gemir de dolor mientras apretabas mi cuerpo entre tus brazos, y un breve y doloroso beso en medio de ese abrazo se convirtió en el último. El más difícil, según dicen. El último.

      Me enamoré de ti. Y lo siento.  Nos imaginé de tantas formas sin que tú lo supieses, que de repente te miro y me siento culpable por imaginarte tan desprotegido ante los sentimientos. Por imaginarte a ti, que no sabes ni que existo, aunque sepas mi nombre y poco más. Lo siento, te imaginé enamorado.

      Me he enamorado, y he sufrido al tiempo que imaginaba, porque sabía que no era real, que yo te era indiferente, que ni siquiera me has contemplado alguna vez. Aunque mi mente dijese que sí, que esa mirada que me habías "echado" era por "algo". He sido víctima de mis propias historias, las he vivido, las he sufrido, y he permitido que manipulen una realidad inexistente. Así que hoy me decido a parar de imaginarte. Y sé que no será fácil, pero también sé que no será imposible.



      Desde aquí te digo adiós, sin que tú lo sepas. A ti, a quien he querido tanto, sin que tú lo supieses.  A ti, a quien yo tampoco conozco, aunque te haya imaginado cada mañana tomando café frente a la ventana de nuestro salón; aunque haya inventado una vida para ti. 


Me despido con lágrimas en los ojos. Y una vez más, lo siento



martes, 5 de diciembre de 2017

Ezequiel.

El cielo acechaba negro sin ser más que las seis. El viejo cementerio estaba vacío de vida en aquél momento; o al menos de vida humana. Los pequeños insectos que en su día rasgaban la carne de los cadáveres, con apetito voraz y afán de supervivencia, probablemente también estarían muertos. Y es que allí no había más que óbito, y no es ironía que al viejo vampiro eso le pareciese algo inusitado tratándose de un cementerio. Ezequiel agarró suavemente sus gélidas rodillas y atrajo sus piernas hacia su pecho. Estaba sentado apoyado sobre una tumba cualquiera y escuchaba el apabullante sonido del silencio. Ya ni siquiera se escuchaba el murmullo de las hojas de los árboles y el viento; ahora, si ponía mucha atención, el vampiro podía escuchar el lamento agónico de unos troncos deshojados por el tiempo. Nunca terminaban de morir, pero muertos en vida como él estaban, y Ezequiel sentía una empatía dolorosa por ese anhelo de muerte.




sábado, 18 de noviembre de 2017

v. Abrazar

Me miraron raro cuando la abracé al verla llorar.
No la conocía de nada.

En otra ocasión, abracé a quien se había declarado mi enemiga
cuando la vi romperse. Y no me arrepiento.

Hace días, una de mis personas favoritas se quebró ante mí,
y la envolví hasta que pudo dejar de llorar.

Y es que un abrazo no es sólo tarea de los brazos como tal,
sino también del alma. Especialmente del alma.


Y que, que algo tan natural, tan humano, a veces se considere algo de lo que sorprenderse me parece algo de lo más triste. Es como si se necesitase una excusa para mostrar al mundo que somos seres vivos, "sintientes", naturales. Y, la mayoría de las veces, no somos capaces de expresar lo mucho que lo necesitamos.

Porque yo sé lo que es sentirse rota, y que nadie te abrace.
Yo sé lo que es necesitarlo, y sentirte vacía.
Sé lo que es estar sola a todas horas.


Y hoy vengo a hablar entonces de los abrazos.

Los que llenan
los que acercan
los que reparan
los que están
los que alivian
e incluso los que duelen.



Los que transmiten
los que son mudos
los que serán recordados
cuando más se les necesite de vuelta.



Abrazar, mi verbo preferido.
Y es que cuando me preguntan
"¿besos o abrazos?",
yo no hesito ni un segundo.



Pocas acciones acercan tanto
pocas alivian tanto
pocas se sienten tanto
como un abrazo prolongado
en el momento justo.

Alma con alma
corazones y un dúo de latires
sincero, humano.
Extraordinario.



Y no hace falta querer a alguien para regalarle un momento de paz.
De protección. De alivio.

Ya sea para llenar momentáneamente un vacío,
o para compartir un momento de euforia o alegría...
abraza ahora. No lo dejes nunca para luego.
Porque no hace falta que diga que nada es imperecedero,
y que es mejor llenar el alma, que acumular ganas.


martes, 14 de noviembre de 2017

A mi retoño.

Te quise tantísimo
con todo lo que yo era, e incluso
con más, pues me inventé para ti.

Era capaz de acariciarte con la mirada
y acurrucarte cual caudal al agua de un río;
y éramos un fluir constante, un fluir en caudal.

Te quise tantísimo
soñé con un mundo para ti
que ya no disfrutarás.

Te cantaba en voz baja
con la esperanza de que me oyeses
y de que me quisieses también.

Te quise tantísimo
antes de conocerte
y de saber que existías.

Imaginaba lo difícil que sería
pero aún así no podía imaginar
ahora ya mi vida sin ti.

Te quise tantísimo
que dejé de sentirme sola
en aquellas noches interminables.

De repente éramos dos en un mismo cuerpo
amándonos mutuamente
y mis manos, sin tocarte, te acariciaban.

Te quise tantísimo
que aquella mañana
parte de mí se fue contigo.

Y no regresaría más,
pues en el Universo desde entonces
brillas con el pedacito que de mí te llevaste.

Te quise tantísimo
que no pude sentirme más sola
que cuando te marchaste.



Siempre te quiero.
Siempre estás conmigo.
Mamá te recuerda siempre.


lunes, 6 de noviembre de 2017

Llantos de noviembre.

Se había puesto encima mío, con la intención de acabar.

Empujaba con frenesí mis adentros y le sentía jadear cada vez más fuerte. Le conocía perfectamente, y sabía cuándo era el momento. Unos segundos antes, de repente, sentí una sensación de congoja que me hizo empezar a llorar. Él no parecía darse cuenta, y mientras seguía embistiéndome y gimiendo, yo lloraba con los labios apretados, sin saber por qué. Juro que no lo sabía, ni lo sé a día de hoy. Pero no quiero adelantarme.

Se corrió. Salió de mi interior y, sin mirarme tan siquiera a la cara, se sentó por su lado de la cama mientras miraba al suelo en busca de sus calzoncillos. Yo seguía llorando, pero no quería que él se diera cuenta. Así que me incorporé despacio cerrando con cuidado las piernas, pues los abductores me dolían. Me fui al baño con la ropa en la mano; ropa que fui encontrando por el suelo. Allí me vestí y me miré al espejo. Tenía los ojos hinchados y aún caían lágrimas por mi rostro. "Puta asquerosa", me dije mirándome a los ojos. Sentía una especie de furia entremezclada con vergüenza, y apenas podía sostenerme la mirada a mí misma frente al espejo. Me lavé el rostro y decidí pintarme los labios antes de salir del baño.

En la sala cogí mi mochila y me dirigí al dormitorio para despedirme de David. Le vi de espaldas en la terraza, fumando un cigarro en calzoncillos, y decidí marcharme sin decir nada y sin hacer ruido. Poco importaba una despedida en aquél momento.

Caminé casi un kilómetro hasta la parada de autobús y allí esperé cinco minutos hasta subir a mi línea. En el camino me había dado cuenta de que no me había aseado mis partes íntimas después del sexo, y tenía una sensación más que desagradable entre las piernas, y notaba el olor traspasar los pantalones. Deseaba que nadie se diese cuenta de ello. El autobús iba bastante concurrido de gente, pero aún quedaba dos o tres pares de asientos libres, así que escogí el que más al fondo estaba, y me senté junto a la ventanilla. Percibí que una señora mayor me miraba con repugnancia desde el lado opuesto, y pensé que quizás me había olido. Sentí vergüenza y frustración. De repente quise llorar otra vez. Saqué de mi mochila las gafas de sol, aunque el día estaba más bien nublado, y me las puse para llorar tras ellas. Cinco o seis paradas más alante, subió un hombre que decidió sentarse a mi lado. No le puse demasiada atención pero, de repente me dí cuenta de que me miraba por encima del hombro. "Joder, no...", pensé. "Me está oliendo. Está oliéndome". Cerré mis piernas aún más, apretándolas lo máximo posible, para intentar que el olor escapase.

A la par, trataba de disimular que lloraba, y no veía el momento de llegar a casa. El señor no dejaba de mirarme y, de repente, incorporó un poco su pelvis e introdujo la mano en su bolsillo derecho. Yo le miraba de reojo tras las gafas. Sacó un pañuelo de tela, impolutamente doblado, y me lo ofreció. Lo cogí, y vi que tenía bordadas unas iniciales. "A.B.". Le dí las gracias y me sequé las lágrimas. Él no dijo nada y se limitó a mirar hacia adelante todo el trayecto hasta que, tras unas paradas más, tras dedicarme una sonrisa al levantarse del asiento, se bajó del autobús.

Miré el pañuelo. "Debí habérselo devuelto".

Llegué a casa quince minutos después. Ya había empezado a anochecer. Saludé a mi perro y me dirigí al cuarto de baño, desropándome por el camino. Las bragas estaban empapadas. Llené la bañera e incorporé un trozo de bomba de espumas de olor a frutos del bosque. El agua en la bañera se tiñó de azul.  Encendí unas velas y apagué la luz.

La sensación del agua caliente envolviendo mi cuerpo era casi más placentera que el sexo de hacía unas horas. De repente me acordé de David. Ni siquiera me había mandado un mensaje desde que me marché de su casa. ¿Qué podía esperar? Al fin y al cabo, no éramos nada. Sólo follábamos de vez en cuando y discutíamos alguna vez. A veces las discusiones eran mejores que el sexo. A veces iban ambas cosas juntas. "¿Qué más da?", pensé. Y pasé mis manos por mis brazos, frotándolos suavemente. Me sentía un poco menos sucia ahora que no olía a sexo. Las palabras de mi abuela resonaban una y otra vez en mi cabeza... "Una mujer se hace respetar". Si estuviera viva y supiese lo que estoy haciendo, probablemente me diría que soy una zorra. Y no le quitaría la razón.

Pensaba en David, en que quizás él también tenía sus demonios. Pensaba en el hombre del pañuelo, en "A.B.". Pensaba en la señora que me miraba con desaprobación. Pensaba en mi propio reflejo en aquél cuarto de baño deprimente. Y decidí sumergirme y despejar mis pensamientos. Mi perro me miraba desde la puerta del baño con expresión impasible. Empezó a llover, y en la vidriera de la ventana se veían escurrir las gotas.

Me sequé y me vestí con un pijama raído al que tenía mucho cariño. Recogí la ropa que había ido dejando por el suelo, decidiendo firmemente tirar las bragas a la basura. Tal cual estaban. Me dirigí a la nevera y cogí una cerveza, lo cual no iba acorde en absoluto con el ambiente frío que hacía, pero me daba igual. Me apetecía. Me senté en el sofá, junto a mi perro y, mientras pegaba el primer "buche" a la botella, encendí el televisor.

Mi teléfono seguía sin tener notificaciones. Y decidí que, por esa noche, me diese igual.


lunes, 2 de octubre de 2017

«🖤»

Hacen falta tantos corazones a día de hoy, que voy yo y me los invento.

«La batata romántica». J.A.
 
Hoy sólo me apetece pasarme a compartir una foto, bajo un profundo sentimiento de anhelo. Pensaba hacer una reflexión breve sobre la falta de empatía, no a modo de relato, ni de poema.. sino algo crudo y rasgado. Realidad en forma de palabras. 

Pero creo que ni siquiera es necesario, ya que a día de hoy son pocos los corazones que realmente se llenan amando, y no es necesario que yo os lo diga. Y no me refiero únicamente al plano romántico; sino al respetar y querer a casi cualquier persona. Es algo maravilloso, es algo que pocos hacen. Es algo mágico.

Anoche me dormí triste y hoy de repente, en el "cuarto de las papas", me encontré esta maravillosa batata, a la cual una conocida mía bautizó como "la batata romántica". Los que me conocen saben que trato de buscarle el lado artístico a todo pero esta vez no fue necesario buscar nada. 

¡Menuda cosa bonita! 

La vida está llena de estas pequeñas cosas, y ojalá la mayoría fuera consciente de ellas y capaz de mirarlas con los ojos del alma.

Qué distinto sería todo, si todos quisiéramos.

lunes, 25 de septiembre de 2017

«En canal: Dolor.»

Quién me mandaría a mí a guardar nuestro hilo.

No he tenido peor idea esta noche que abrir nuestra conversación, esa que hace tanto que no se actualiza. Esa que lleva ahí desde el comienzo.

Nos he leído, X.

Nos he leído con lágrimas en los ojos y una congoja insoportable en el pecho;
un nudo en la garganta que no me deja gritarte cuánto te echo de menos;
un nudo en los dedos que no me permite escribirte un mensaje a estas horas de la noche.
Uno que diga las cosas que no me atreví a decir, uno que diga cuánta falta me haces aún a día de hoy.
Uno que responda a las preguntas ocultas entre tus líneas, y que no vi en aquél momento.

Pero sé que ya es tarde, X. Sé que ya soy invisible, sé que ya no formo parte de tu pensamiento.
Sé que me esfumé poco a poco cuando nos alejamos. Pero tú sigues aquí, y esta noche he cometido el error de mirar a los ojos nuestro pasado. Y ahora no quiero vivir así.

No puedo acostumbrarme a vivir en un mundo en el que yo ya no existo para ti.

Ahora tengo el corazón encogido, a punto de explotar. Hoy hago honor a mi nombre.
Más que nunca, y malditos seamos, X.

Opto por la vía cobarde, y te escribo aquí algo que nunca leerás. Y que si lo haces, no sabrás que eres tú. Pues para nada tu nombre es X. Ocho fases lunares atrás te encuentras inerte en mi pensamiento, a cuál más bonita crezca en este otoño.

Cuánto me cuesta dejarte ir,
cuánto me duele aferrarme al pasado.

Y es que no sé qué me dolerá más;
si retener o soltar.

Esta noche me embriaga la tristeza de nuevo y, la nostalgia por tus palabras se hace presente apuñalándome el pecho y gritándome lo imposible de nosotros.

Si tan sólo pudieras dejar de doler.