Sugerencia

..................................................................................Recomiendo leer mientras se escucha la música que dejo en cada entrada..................................................................................
...................................................................................................................Advierto que tanto escribo elegante como soez....................................................................................................................

lunes, 12 de febrero de 2018

No se ría de nos el tiempo vertiginoso.

Crucemos los dedos esta noche
por si vienen los mirlos
a llevarse cuanto espero.
De mí, de nosotros, de este tiempo
que dice que no se entretiene por nadie,
que nos unamos raudos a sus hilachas
y viajemos apresurados
a ras de suelo y con cuidado,
por si se nos va de las manos y quedamos
compungidos por derramar la vida.

Se dice que plenamente no se vive
en el tiempo en el que se hesita mucho
cuando toca experimentar la vesania
de lo moralmente prohibido.

Yo entrelazaría nuestros dedos
y haría un nudo de ellos,
para así volar unidos y echarle carreras al tiempo;
que no se ría de nosotros, ni nos amenace con la vejez.
Pues a mí no me da miedo,
si hemos sido unos locos transeúntes por esta vida
y nos toca morir arrugados
desternillados y cómplices en una cama
felices de haber vivido.


miércoles, 7 de febrero de 2018

Mi favorita.

-Eres mi mejor cliente. -Me dijo mientras se incorporaba y cogía un cigarrillo. Me invitó. Lo rechacé.- Eres un tío sano, John.

Su voz ronca y su aspecto desgastado delataban una parte importante de su pasado. Le faltaban algunos dientes y tenía poco pelo.

-¿Qué edad tienes, Justine?- Le pregunté, aún desnudo sobre la mugrosa cama.

Llevaba unos años siendo fiel a los servicios de esa misma prostituta, pero pocas veces le había preguntado sobre su vida.

-Tengo quince.- Mascaba el tabaco mientras sonreía burlona. -¿No los aparento?

-Yo te echaba algunos más.- dije sonriéndole.- Unos veinte o así.

-¡Ay, cielo! Ojalá. Tengo cuarenta y tres años mal llevados. No me he tratado muy bien, ¿sabes?- se levantó de la cama y se aproximó al bidé que estaba dentro de la misma habitación. Lo cierto es que el cuchitril daba verdadera lástima.

Miré al techo y suspiré antes de levantarme e ir busca de mis calzoncillos. De reojo miraba a Justine, que se lavaba el coño a la par que fumaba y tarareaba alguna canción que yo desconocía.

-¿Siempre has sido..?

- ¿Puta?- me cortó.- Sí, cielo. Siempre he  sido puta. No tuve madre, y el cabrón de mi padre no hacía otra cosa que zurrarnos a mi hermano y a mí. Una noche, a mis trece o catorce, me largué de casa con un bolso lleno de ropa. Un par de días después, estaba yo sentada en la estación donde dormía y un señor muy refinado y que olía muy bien, me ofreció dinero por chuparle la polla. Y aquí me tienes.

Sacó unas bragas de un cajón, y metió sus escuálidas piernas en cada uno de sus agujeros. Antes de subirlas del todo, se giró hacia mí y me preguntó:

-¿Crees que debería depilármelo?

Me eché a reír. «¡Qué mujer! » pensé. Con el tabaco en los labios, las bragas a medio subir, con aquél cuerpo escuálido y la piel masacrada, preguntándome semejante cosa.

-A mí me gusta así.- Le dije. -Pero si eres más feliz sin tu 'matojo'...

Justine rió.

-Eres mi preferido, John.

lunes, 5 de febrero de 2018

La desnudez real del ser humano.

¿Conoces esa sensación? Todo pasa por delante de ti, y te rodea sin saber que existes. Escuchas los murmullos de la gente, el resonar de los coches, el sonido del viento, que hace que las hojas de los árboles se alboroten, y caigan algunas, rendidas. Esa sensación, cuando ni el olor de un café recién hecho, o el particular aroma del petricor tras una noche de lluvia, provoca en ti el más mínimo estímulo. Cuando el silencio en casa es lo más benévolo de tus días, pues ya ni siquiera escuchas el bisbiseo constante de tus pensamientos. Y al día siguiente, siempre vuelta a empezar. Vuelta a la rutina de la oficina, a la apatía por la vida y a la angustia por cosas que no me concernían ni estaban en mi mano. Llevaba un tiempo sintiéndome así, a diario. Así que un día sin más, me desperté decidida a desconectar del mundo al menos unas horas.

Preparé una mochila con lo justo. Agua, dos manzanas, algo con que hacer fuego, una linterna y un libro. Desempolvé la caseta de campaña y cogí del altillo del armario el saco de dormir. Fui a trabajar esa mañana, y al acabar la jornada, me dirigí al despacho de mi jefe para solicitarle libre el día siguiente. Arranqué con el coche directa hacia el bosque. Me permití disfrutar del camino, deleitándome con el aroma fresco del monte, observando los rayos de sol que se escurrían entre las copas de los árboles, mientras sonaba una mezcla de canciones que acompañaban el ambiente y me hacían el viaje más placentero. Queen, David Bowie, Deep Purple, Pink Floyd... allí sólo estábamos ellos y yo; Yo, tarareando malamente (y destrozando) sus canciones con mi más que pésimo ingles. Una vez arriba, estacioné el vehículo, cogí las cosas y me adentré entre los árboles. 

El sonido de éstos se escuchaba tan diferente allí arriba; los pájaros, el crujir de la madera, el olor del lugar, y el sonido de mis pasos sobre la tierra y las hojas que habían caído. Todo me resultó de repente alentador. Me había cruzado de frente con una pareja de turistas que hacían un sendero y ya descendían. Nos sonreímos y caminamos en sentido opuesto. Al cabo de un rato caminando, de repente vi a Sam. ¿Qué tan descorazonadora coincidencia podría ser aquella? Sam era amigo de mi padre, me llevaba algo de distancia en la edad... quizás unos veinte años. Samuel era un hombre agradable, simple y distante en cierto modo. Era un hombre que desprendía delicadeza tras su mirada abrupta. Y por supuesto, yo me había enamorado de él cuando era adolescente. Dicho enamoramiento me acompañó hasta unos años más tarde, cuando desapareció de mi vida al morir mi padre y mudarme a otra ciudad.

Ya sólo me quedó el Sam de mis pensamientos. Ese señor que a veces se sentaba en la cocina de casa y bebía cerveza negra con mi padre. Reían hasta las tantas de la madrugada tras ver algún partido de fútbol en la televisión. Otras veces salían de pesca al lago, y yo iba con ellos. Me tumbaba bajo los árboles y devoraba algún libro, ausente del mundo. Recuerdo que Sam alguna vez se bromeaba con mi padre sobre mí y mis aficiones "no normales" de una chica de mi edad. Me sonreía a lo lejos a veces, y yo le devolvía la mirada por encima del libro. Era esa clase de persona que de repente, sentado mirando por la ventana, viajaba sin moverse. Le recuerdo abstraído tantas veces, y recuerdo querer irme con él a dondequiera que viajase en su mente.


Era él. Me había reconocido (cómo no), y me dedicó una sonrisa amplia y sincera. Sus ojos tristes se arquearon para mí, y nos apresuramos a darnos un abrazo. Después de unos segundos fugaces de preguntas típicas de reencuentros, y de diversas muestras de cariño, me preguntó que a dónde iba con tanto trasto a las espaldas.


-Voy a acampar por una noche, aún busco el sitio.- Dije sonriendo. Me di cuenta de que seguía sin poder dejar de sonreír cuando le tenía cerca. Era como una droga.

-¿Vas sola? - preguntó sin parecer sorprendido.

-Sí, me apetece desconectar. Si te quieres venir, la tienda es de dos. -Le dije bromeando, con la intención de ver su reacción. Pero para mi sorpresa, asintió emocionado.


Así que el plan había cambiado y, de repente, caminábamos en busca del lugar perfecto. Me sentía tan cómoda con él como años atrás, y en cierto modo, agradecí su compañía. Llegamos casi hasta una ladera, donde las vistas nos dejaron sin respiración. Nos quedamos como idiotas mirando en silencio las montañas, y el hermoso y amplio valle que se formaba entre ellas. La verdosidad y la frescura del lugar era apabullante; era un panorama que deseaba ser contemplado por ojos, que supiesen contemplar.

Colocamos la tienda bajo los árboles que estaban a nuestras espaldas e hicimos un pequeño fuego. Hablamos hasta que oscureció, de la vida, de los años, de mi padre. Me contó que solía venir a caminar por estos lugares a veces, para retirarse de la vida por unas horas. Me contó que nunca llegó a casarse, aunque tiene dos hijas con una mujer maravillosa, con la que tuvo una relación de varios años y de la que, por circunstancias de la vida, se separó. Sus ojos se volvieron aún más tristes, y sentí una fuerte compasión hacia aquél hombre que luchaba por retener el llanto a la par que se agarraba sus propias manos, ásperas por su profesión; rugosas por el paso de los años. Tras un momento de silencio, decidimos entrar en la tienda.

Hacía frío, suficiente para que Sam accediera a meterse conmigo en mi saco de dormir que, por suerte, era lo suficientemente amplio. Nuestros cuerpos estaban pegados, y recuerdo pensar que nunca había tenido su aroma tan cerca. Sentía mi corazón bailar en mi pecho. Me tumbé boca arriba y tomé el libro, que había dejado a mi derecha. Él estaba en silencio, mirando mis movimientos.

-¿Quieres que lea para los dos?- Pregunté con voz suave. Como respuesta obtuve una sonrisa, y empecé a leer. Leía para él. Sam escuchaba, con su cuerpo recostado de lado y su cara, arrugada y afable, apoyada sobre su mano. A las pocas páginas, se acurrucó entre mi hombro y mi pecho, y miraba en silencio las páginas del libro. Le rodeé con el brazo, y mientras seguía leyéndole, acariciaba suavemente su cara.

Al cabo de un rato, me di cuenta de que se había dejado dormir. Y de repente, ahí, dormido sobre mi pecho, le sentí como niño. Indefenso. Vulnerable. Puro. Ya no tenía fachada; sólo era él. Y no tengo palabras para describir lo que sentí por aquél hombre en aquél momento. Pero creo que nunca sentido aquello por nadie. En toda mi vida. Continué acariciándole y disfruté, contemplándole, de aquella fusión de amor, congoja, melancolía y compasión. Sentía que en aquél momento le estaba protegiendo de sus propios fantasmas.

Sketches de anoche.

martes, 19 de diciembre de 2017

.aicnesuA

Qué vacío se ha quedado todo,
qué silencio más roto desprenden 
sin más estas frías paredes.
Te llevaste todo contigo,
la inspiración, las ganas, tu olor.

Y de repente me veo aquí,
sentada en el suelo mirando a la nada,
con los ojos resecos
y la angustia de la resignación
columpiándose en mi pecho.

viernes, 8 de diciembre de 2017

Historias de una mujer loca que imaginaba vidas llenas de amor frustrado.

      Necesito hacerlo ya, mi alma y mi cuerpo me lo piden. Llevo mucho tiempo ignorándoles, a sabiendas que tienen razón. Así que hoy es el mejor día para dejar atrás.


      Me enamoré. Y sabía que no estaba bien, que no era correcto hacerlo así, de alguien sin ningún motivo. Me obsesioné, fui humana, y me dejé llevar por las absurdeces que mi imaginativa mente me susurraba cada vez que le veía. Y ¿quién es él? Ni siquiera le conozco y ya nos imaginaba juntos viviendo millones de experiencias. 


      Lo imaginé todo, lo juro. Hasta el más mínimo detalle, hasta el hilo que sobresalía de tu camisa blanca, esa que mi mente confeccionó para ti. Imaginé el olor de tu piel más de cerca, y sentía erizárseme el vello de mi cuerpo. Te veía en la orilla de la playa mirando el horizonte, mientras tus ojos enfadados se hacían aún más pequeños a medida que tus comisuras se arqueaban felices. Me imaginé hiendo hacia ti y abrazándote por la espalda, me imaginé siendo la persona más feliz del Universo.  Sintiéndome plena, exhausta de tanta felicidad.

      Imaginé los despertares a tu lado bajo unas sábanas blancas,  donde nos refugiábamos desnudos del refrescar de la noche. Te quise tanto mientras dormías. Nos imaginé en la terraza del centro comercial, ese que tiene vistas al auditorio y a ese lugar que tanto me encanta. Te imaginé besándome cuando los pocos transeúntes estaban despistados. Nos imaginé un poco más abajo, sentados en el lugar del que antes hablaba. Mirando el mar romper con bravura en las rocas, mientras yo dibujaba y tú, simplemente estabas. 

      También viví discusiones contigo, oh sí. Y de las fuertes, de las buenas. De las que te dan ganas de marcharte de un portazo; y creo que alguna vez lo hiciste. Te marchaste y yo no quise tan siquiera retenerte. Pero cuando llegaste por la noche encontraste la casa iluminada por velas, y una cena que pedía a gritos tu perdón te esperaba en el comedor. Te recibí con un suave beso en los labios y un abrazo del que siempre me acordaré. En otras ocasiones eras tú quien me pedía disculpas, y también era maravilloso. 

      Nos divisé parando en aquél mirador en una noche de luna llena, y desde allí mirábamos su reflejo en el mar y nos tomábamos alguna foto que jamás compartiríamos.  Te imaginé enamorado. 

      Nos imaginé coincidiendo en algún sendero, y continuándolo juntos. Algo así como la vida, pero bajo las hojas. Reíamos juntos y nos contábamos vivencias mientras ninguno quería llegar al fin del camino. También tomamos fotos esa mañana, y también serían secretas. Nos imaginé acampando de casualidad a los dos solos, en la intemperie. Y por supuesto esa noche la hoguera no fue el único fuego que se encendió entre nosotros.

      Me imaginé en tu sofá tomando vino contigo, mientras hablábamos despreocupadamente de intereses comunes, y el tiempo corría apresurado por separarnos. Nos imaginé haciendo el amor en ese sofá, mientras llovía fuerte y la iluminación de la sala era cortesía de los relámpagos feroces que nos regalaba el cielo. 

      Nos imaginé haciendo arte juntos, en un mismo lienzo, en un mismo tiempo. Te imaginé a mis espaldas besándome el cuello y riendo. Susurrando cual hombre travieso. Y yo reía contigo, ¡vaya si reía! Nunca antes me escuché reír así.

      También nos imaginé en silencio sentados el uno al lado del otro, con lágrimas en los ojos. Hablando de lo imposible de lo nuestro, de que todo era una locura, de que no podía ser; de que debía acabarse. Y nos imaginé estando de acuerdo, llorando. Y yo me levantaba tras un rato en silencio mientras las gotas de lluvia descendían tristes en la ventana, me dirigía a la puerta y me vestía el abrigo que había colgado en tu perchero, a la izquierda de la puerta. Me giré para despedirme, y vi que también en tus ojos quedaban resquicios de lágrimas. Recuerdo abrazarte con todas mis fuerzas, y te sentí gemir de dolor mientras apretabas mi cuerpo entre tus brazos, y un breve y doloroso beso en medio de ese abrazo se convirtió en el último. El más difícil, según dicen. El último.

      Me enamoré de ti. Y lo siento.  Nos imaginé de tantas formas sin que tú lo supieses, que de repente te miro y me siento culpable por imaginarte tan desprotegido ante los sentimientos. Por imaginarte a ti, que no sabes ni que existo, aunque sepas mi nombre y poco más. Lo siento, te imaginé enamorado.

      Me he enamorado, y he sufrido al tiempo que imaginaba, porque sabía que no era real, que yo te era indiferente, que ni siquiera me has contemplado alguna vez. Aunque mi mente dijese que sí, que esa mirada que me habías "echado" era por "algo". He sido víctima de mis propias historias, las he vivido, las he sufrido, y he permitido que manipulen una realidad inexistente. Así que hoy me decido a parar de imaginarte. Y sé que no será fácil, pero también sé que no será imposible.



      Desde aquí te digo adiós, sin que tú lo sepas. A ti, a quien he querido tanto, sin que tú lo supieses.  A ti, a quien yo tampoco conozco, aunque te haya imaginado cada mañana tomando café frente a la ventana de nuestro salón; aunque haya inventado una vida para ti. 


Me despido con lágrimas en los ojos. Y una vez más, lo siento. 



martes, 5 de diciembre de 2017

Ezequiel.

El cielo acechaba negro sin ser más que las seis. El viejo cementerio estaba vacío de vida en aquél momento; o al menos de vida humana. Los pequeños insectos que en su día rasgaban la carne de los cadáveres, con apetito voraz y afán de supervivencia, probablemente también estarían muertos. Y es que allí no había más que óbito, y no es ironía que al viejo vampiro eso le pareciese algo inusitado tratándose de un cementerio. Ezequiel agarró suavemente sus gélidas rodillas y atrajo sus piernas hacia su pecho. Estaba sentado apoyado sobre una tumba cualquiera y escuchaba el apabullante sonido del silencio. Ya ni siquiera se escuchaba el murmullo de las hojas de los árboles y el viento; ahora, si ponía mucha atención, el vampiro podía escuchar el lamento agónico de unos troncos deshojados por el tiempo. Nunca terminaban de morir, pero muertos en vida como él estaban, y Ezequiel sentía una empatía dolorosa por ese anhelo de muerte.




sábado, 18 de noviembre de 2017

v. Abrazar

Me miraron raro cuando la abracé al verla llorar.
No la conocía de nada.

En otra ocasión, abracé a quien se había declarado mi enemiga
cuando la vi romperse. Y no me arrepiento.

Hace días, una de mis personas favoritas se quebró ante mí,
y la envolví hasta que pudo dejar de llorar.

Y es que un abrazo no es sólo tarea de los brazos como tal,
sino también del alma. Especialmente del alma.


Y que, que algo tan natural, tan humano, a veces se considere algo de lo que sorprenderse me parece algo de lo más triste. Es como si se necesitase una excusa para mostrar al mundo que somos seres vivos, "sintientes", naturales. Y, la mayoría de las veces, no somos capaces de expresar lo mucho que lo necesitamos.

Porque yo sé lo que es sentirse rota, y que nadie te abrace.
Yo sé lo que es necesitarlo, y sentirte vacía.
Sé lo que es estar sola a todas horas.


Y hoy vengo a hablar entonces de los abrazos.

Los que llenan
los que acercan
los que reparan
los que están
los que alivian
e incluso los que duelen.



Los que transmiten
los que son mudos
los que serán recordados
cuando más se les necesite de vuelta.



Abrazar, mi verbo preferido.
Y es que cuando me preguntan
"¿besos o abrazos?",
yo no hesito ni un segundo.



Pocas acciones acercan tanto
pocas alivian tanto
pocas se sienten tanto
como un abrazo prolongado
en el momento justo.

Alma con alma
corazones y un dúo de latires
sincero, humano.
Extraordinario.



Y no hace falta querer a alguien para regalarle un momento de paz.
De protección. De alivio.

Ya sea para llenar momentáneamente un vacío,
o para compartir un momento de euforia o alegría...
abraza ahora. No lo dejes nunca para luego.
Porque no hace falta que diga que nada es imperecedero,
y que es mejor llenar el alma, que acumular ganas.