..................................................................................Recomiendo leer mientras se escucha la música que dejo en cada entrada.................................................................................. ...................................................................................................................Advierto que tanto escribo elegante como soez....................................................................................................................
Cuando escribo me gusta poner canciones de fondo. Pero hoy nada me quiere sonar.
He vuelto a verte, he sentido tu tacto. He notado tu entusiasmo al mirarme, he observado de cerca tu sonrisa perfecta. He acariciado tu rostro y he llorado de emoción al ver que nada había cambiado.
De repente tu rostro se escapó de mis manos, tu sonrisa dejó de estar arqueada y tus manos soltaron las mías. Te fundiste con el viento y desapareciste. De repente tu voz se convirtió en un eco que no podía escuchar y mientras intentaba no gritar de desesperación, me preguntaba qué puedo hacer para que regreses. Para que me sostengas un rato más que dure a eternidad. Me pregunto qué resulta en mí tan terrible. Me miro al espejo mientras hago pausas escribiendo esta entrada. Mis ojos están rojos, mis labios apretados, porque no puedo gritar. No puedo llorar. Mientras, siento que me parto en dos.
Ya no sé quién soy. Y, ¿si quien se marchó fui yo y no tú? Y ahora soy ceniza en el aire y no puedo regresar. No puedo ser ceniza. No quiero. Y tampoco quiero que lo seas tú. Pero querer no es suficiente. Nunca fue suficiente nada de mí. Me rompo. Como cuando un cristal cae y es pisado, una y otra vez. Me siento como esos trocitos que nadie se atrevería jamás a armar. ¿Qué hay que armar? ¿Qué hay que amar?
No sé cómo empezar esto. Y ni siquiera sé si es lo que debo hacer.
Hay lugares de donde no te quieres marchar, y personas a las que no quieres alejar de tu vida.
Tú. Quien me otorgó sonrisas, nuevas ilusiones, momentos inolvidables; también lágrimas y frustraciones.
Te has marchado.
He guardado todos y cada uno de aquellos recuerdos que quería recolectar en un diario de viaje, e incluso un pequeño álbum de fotos que mandé a hacer y jamás llegué a enseñarte porque, la videollamada no era posible en ése momento. Lo he guardado todo, tal como estaba, sin ordenar, sin pegar, sin hacerlo bonito tal como quería, y lo he encerrado en una caja en el altillo. No soy capaz de mirar las fotos, los sobres de azúcar de la cafetería de Ronda, los billetes de tren, ni de guagua, ni los mapas, tampoco he podido abrir el álbum de fotos salvo aquél día que me llegó por correo y quise enseñártelo. Juro que era precioso.
Pero no puedo mirar nada de eso sin romper a llorar.
No puedo mirar los imanes que compré, ni la postal que me escribiste. No puedo. Y hasta la bola de nieve que descansa en mi salón, evito mirarla.
Ni siquiera fui capaz de escribir en sucio todas las cosas que hicimos cada día. Cómo nos sentimos. La paz de estar juntos en aquellos momentos ahora se ha convertido en guerra. Duele. Tanto que trato de no acordarme de nada, y a la vez no quiero olvidar un sólo detalle.
Contradictorio, ¿verdad? Odias las contradicciones, al igual que yo, pero sé que esta vez, si algún día llegas a leer esto, lo entenderás.
No soporto recordarnos siendo felices, porque mis ojos se inhundan de nostalgia y de impotencia. Por lo que te quise, por lo que te quiero.Y por lo que ya no puedo expresarte.
Odio aquella música que sonaba mientras me abrazabas frente al teatro romano. Odio a Ludovico Einaudi tras aquél dúo de quitarra mientras contemplábamos la belleza de aquél lugar mágico. Lo odio todo, porque quererte me está prohibido.Y ojalá volviese a recordar algo tan bello con una sonrisa que toque el cielo, pero te has marchado, y ya no puedo.
Sé que soy difícil, soy blanco o negro. No tengo paciencia, no soy perfecta ni un mínimo. Pero te quise. Ni siquiera sabrás jamás cuánto.
Los abrazos, las noches de balcón, los blues, sólo tu mirada , el silencio y las sonrisas.
Fuiste un bálsamo de intensidad, de emoción, de ilusión que se evaporó.
Y aquí estoy, derramando el dolor con letras.
No fuimos para tan poco, amigo mío. O lo que quiera que fueras.
Mis heridas sanarán, y quizá tú llegues a evaporarte también en mis recuerdos. Llegará el día en el que abra esa caja que ahora descansa, llena de momentos felices que ahora son puro dolor, y quizá, sólo quizá, logren sacarme una mínima sonrisa.
Te mentiría si dijese que temo que si vuelves lo hagas tarde. Cuando ya sólo quede alguna sonrisa desganada, incomparable con aquellas ganas de abrazarte al bajar del tren.
Te mentiría si te dijese que no imaginé tantísimas cosas. Las miradas no engañan, y me permití imaginar todo lo bueno que podría suceder a tu lado. Castañas asadas que aventuraban esto.
Te mentiría si no te dijese que me pesa el alma. Que no aguanto esto otra vez. Que me he derrumbado como hacía tiempo que no lo hacía.
Fui tuya. Pero, ¿de qué valdría ser la amada de un fantasma? De alguien que se fue. Que se evaporó como el humo de aquél tabaco en la madrugada. Pero fui tan tuya que ni tú te enteraste.
Decidiste decir adiós, ambos fuimos culpables. Pero así son las cosas.
Y con todo el dolor que me supone, por las risas, los memes, las tonterías, los besos, caricias, abrazos, discusiones, por aquél abrazo en la madrugada tras abrir la puerta, por no soportarnos en muchos momentos, con todo eso, ya no me queda más que velarte sabiendo que existes pero que no quieres estar en mi vida. Pero existes. En tu ciudad, en tu casa, en tu mundo, pero ya no en el mío, no conmigo.
La cabaña era pequeña, pero abarcaba infinitud de posibilidades dentro de distintos tarros. mandrágoras, lavandas, laurel, menta, ruda, verbenas, caléndulas, salvia, romero, e incontables hierbas se hallaban plantadas en una pequeña parcela delimitada por una franja baja de ladrillos. Contiguo a la casa, el jardín de la meiga se encontraba.
En el interior, estantes de madera a juego con el suelo y las paredes, desprendían colores encerrados en cristal. En ellos semillas, hierbas secas, y diferentes mejunjes esperaban ser utilizados en algún ritual. A un lado, extendido sobre el viejo entarimado yacía un saco de patatas sobre el cual la mujer dormía. Un altar con los reinos y los elementos representados; velas consumidas y por consumir por todas partes, y un caldero en el que se cocinaba en aquél momento un guiso que desprendía un olor que envolvía el ambiente de niñez.
La bruja en cuestión, era de apariencia joven y hermosa. Pero así había sido desde hace mucho tiempo. Delicada como las flores que con tanto amor cultivaba. Sus cabellos rubios y rizados ondeaban con la brisa mañanera bajo los fresnos que rodeaban su morada. Sus ojos verdes se tornaban azules frente a las cascadas en las que bailaba bajo la luz de la luna llena. Su cuerpo se tornaba azul grisáceo bajo su plateada Madre, y ella sonreía, feliz de existir.
Se dejaba acompañar por los animales del bosque; les escuchaba pensar y se comunicaba con ellos por medio de su mente. Mediante largos abrazos a los árboles, cargaba su energía a la par que escuchaba los pensamientos de éstos, cuya apariencia era silente y estoica ante el tiempo.
Rara vez tenía contacto con seres humanos, pues hasta su cabaña sólo llegaban aquéllos que cargaban un profundo dolor que requería un sanamiento milagroso. Era como una llamada silenciosa para las almas heridas; aunque algunos lo llamarían casualidad.
Mis disculpas a mis lectores por mi ausencia. Por situaciones personales estoy bastante alejada de aquí. Espero poder ponerme al día poco a poco en cuanto tenga ratitos libres. Me paso a dejarles un saludo y unas líneas que espero os gusten.
Sabía que era mirada traía algo más. Hoy era el día en el que me iban a
dar igual las consecuencias de mi desfachatez y liberación.
Tus ojos se clavaron en los míos con una fiereza que nunca antes nos habíamos permitido. Ahí supe que era real y no imaginación mía. Sentí mi palpitar contra la silla y noté cómo me humedecía. Así es; no te hizo falta tocarme para conseguirlo.
Acaricié mi piel desde mis labios color carmín hasta la apertura de mi escote. Te mordiste sutílmente los labios mientras perseguías la trayectoria de mis dedos juguetones. Yo no dejé de mirarte en ningún momento, ni siquiera cuando decidí ponerme en pie e ir hacia ti. Estabas apoyado en la mesa, así que aproximé mi cuerpo al tuyo lo máximo posible, pero no te dejé tocarme. Apartaba tus manos cada vez que estas trataban de sobar mi cuerpo. Esquivé tus labios en algunas ocasiones mientras te desabrochaba la camisa, sin desclavar mis ojos de los tuyos, que ya estaban perdidos y rebosantes de lujuria.
Dejé al descubierto tu torso, y no pude evitar lanzarme a tu cuello. Empecé a lamerlo y darle ligeros mordiscos a medida que tu cabeza se dejaba caer hacia atrás y te escuchaba gemir. Notaba crecer tu hombría a través de tus pantalones, y en un impulso que no pude contener, posé una de mis manos sobre tu dura bragueta. Te estremeciste. Tus rodillas flaquearon un segundo y luego, trataste de envolverme con tus brazos. Una vez más te detuve, soltando tu miembro te agarré para impedir que me tocases. Esta vez sí que accedí a besarte, pero fui yo quien te mordió la boca, la que dirigió las lenguas, el ritmo, la intensidad. Saboreé tu boca y chupé tu lengua mientras tú luchabas por reprimir de nuevo tus impulsos.
Paré. Me arrodillé ante ti, y empecé a desabrocharte con decisión el cinturón y acto seguido, bajé tu bragueta y saqué de tus bóxers tu pene, enhiesto, firme... apetecible. Te miré a los ojos e introduje tu falo en mi boca, empezando a lamerlo, succionarlo y masturbarlo con la mano, previamente salivada, cuando dirigía mi boca hasta tus testículos. El contacto visual te ponía aún más duro. Yo no podía evitar parar, verte así me excitaba de manera sobrenatural. Abrí un poco mis piernas y, apartando a un lado mi tanga, comencé a introducirme uno de mis dedos. De repente jadeábamos los dos.
Al cabo de unos pocos minutos, me detuve y me puse en pie. Ahora sí tenías mi permiso para tocarme, y te lo hice saber sentándome sobre la mesa y abriendo ligeramente las piernas. Me olías. No lo dudaste un instante. Después de rodearme unos segundos la cintura para besarme, desabrochaste mi camisa con poca delicadeza. Sacaste mis pechos por encima de mi sujetador de encaje, y sumergiste tu cabeza en ellos. Chupaste mis pezones haciéndome gemir de placer y dolor, y estrujabas mis pechos con ambas manos, con deleite y frenesí al mismo tiempo. Luego bajaste hasta mi sexo. Abriste mis piernas y, arrancaste el tanga de un sólo tirón. Sonreí, rabiosa de placer. Comenzaste a lamerme y a saborear mis fluidos, a la par que usabas tu maravillosa mano de hombre rudo. La parte externa de tu dedo índice, acariciaba mi clítoris, tu dedo corazón se introducía casi por completo en mi chorreante vagina, y el anular trataba de acariciar la entrada del ano. Tuve mi primer orgasmo en cuestión de minutos, y tú me mirabas con la satisfacción y seguridad que caracteriza a un hombre que se siente hombre. Subiste a mi boca de nuevo. Agarré tu mano y la llevé a mi pelo, haciéndote ver que quería que me lo agarrases fuerte. Eso hiciste. Inclinaste a la fuerza mi cabeza hacia atrás y comenzaste a penetrarme allí, sobre la mesa. Tu pene estaba caliente y parecía que iba a explotar debido a su tremenda rigidez. Gemimos con las idas y venidas; sentíamos el fluido que nacía de mí empapar la mesa y correr por mis muslos. De repente saliste de mí, y tiraste de mi cuerpo hasta bajarme de la mesa. Me diste la vuelta y subiste mi falda. Me hiciste separar las piernas y reposar mi torso sobre la mesa. Retiraste de tus pantalones el cinturón y lo plegaste a la mitad. Me miraste con una media sonrisa y yo, que te miraba con la cabeza a medio girar, lleve un dedo a mi boca mientras te sonreía y comenzaba a morderlo.
No supe cómo, pero sabías lo que me gustaba, lo que me ponía. Un azote, dos, tres. cuatro. Mis nalgas se enrojecieron, y picaban a la par que dolían. Pero cada vez estaba más y más cachonda. Por el interior de mis muslos bajaban gotas de mi manjar que corroboraban mi disfrute. Me azotaste unas cuantas veces más antes de pegarte a mi cuerpo y embestirme cual semental. Nuestros gemidos inundaron aquél lugar que ahora era nuestro. Luego te recostaste sobre la mesa, y ahora llegaba una de mis partes favoritas. Me puse encima tuyo, y me proclamé tu Hembra mientras te cabalgaba. Mis caderas bailaban sobre las tuyas, y tu pene entraba y salía de mí con la furia con la que yo decidía que lo hiciese. El sudor recorría nuestros cuerpos y nos hacía brillar aún más. Follamos hasta acabar empapados y satisfechos, cuando ya yo había tenido mi segundo orgasmo, saltando sobre tu miembro, sentí tu último empuje de hombría y soltaste tu mayor gemido. Sentí tu caliente líquido salir de mí vagina al tiempo que salía tu pene. Nos sentamos uno al lado del otro, con una respiración acompasada por el cansancio. Nos miramos con una media sonrisa de complacencia y pusimos la vista al frente.
Por supuesto esto no debía volver a repetirse. ¿Verdad?
No me viste ahí mientras te descubría caer
ante sus encantos de mujer. Pero yo estaba ahí.
Observé desmoronarse mi Utopía de ti,
mi mundo lleno de columnas,
de patios sin techo, de enredaderas;
yo estaba allí. Lo vi todo caer.
El polvo del derrumbe tiño el ambiente gris
y dejé de verte mirarla con los ojos intensos,
con los que en mi mundo me mirabas a mí;
en ese lugar que ahora es escombro y vacío.
Pero no podía olvidarte mirarla.
Ante mí paseaban tus ojos en otra dirección
y tú no lo sabes, pero yo te vi.
Y leí en tus ojos poemas cargados de lujuria
y de mí la rabia se hizo dueña,
horadándome por dentro.
En silencio.
De repente no fue poco lo que nos separaba
sino que apareció un núcleo brillante digno de tus ojos.
Un belfo donde querías posarte,
un pecho que querías morder, y una voz que ansiabas escuchar.
Y yo; yo estaba ahí. Pero no me viste.
-Eres mi mejor cliente. -Me dijo mientras se incorporaba y cogía un cigarrillo. Me invitó. Lo rechacé.- Eres un tío sano, John.
Su voz ronca y su aspecto desgastado delataban una parte importante de su pasado. Le faltaban algunos dientes y tenía poco pelo.
-¿Qué edad tienes, Justine?- Le pregunté, aún desnudo sobre la mugrosa cama.
Llevaba unos años siendo fiel a los servicios de esa misma prostituta, pero pocas veces le había preguntado sobre su vida.
-Tengo quince.- Mascaba el tabaco mientras sonreía burlona. -¿No los aparento?
-Yo te echaba algunos más.- dije sonriéndole.- Unos veinte o así.
-¡Ay, cielo! Ojalá. Tengo cuarenta y tres años mal llevados. No me he tratado muy bien, ¿sabes?- se levantó de la cama y se aproximó al bidé que estaba dentro de la misma habitación. Lo cierto es que el cuchitril daba verdadera lástima.
Miré al techo y suspiré antes de levantarme e ir busca de mis calzoncillos. De reojo miraba a Justine, que se lavaba el coño a la par que fumaba y tarareaba alguna canción que yo desconocía.
-¿Siempre has sido..?
- ¿Puta?- me cortó.- Sí, cielo. Siempre he sido puta. No tuve madre, y el cabrón de mi padre no hacía otra cosa que zurrarnos a mi hermano y a mí. Una noche, a mis trece o catorce, me largué de casa con un bolso lleno de ropa. Un par de días después, estaba yo sentada en la estación donde dormía y un señor muy refinado y que olía muy bien, me ofreció dinero por chuparle la polla. Y aquí me tienes.
Sacó unas bragas de un cajón, y metió sus escuálidas piernas en cada uno de sus agujeros. Antes de subirlas del todo, se giró hacia mí y me preguntó:
-¿Crees que debería depilármelo?
Me eché a reír. «¡Qué mujer! » pensé. Con el tabaco en los labios, las bragas a medio subir, con aquél cuerpo escuálido y la piel masacrada, preguntándome semejante cosa.
-A mí me gusta así.- Le dije. -Pero si eres más feliz sin tu 'matojo'...